Ingela Brimberg, ignífuga e imponente Valquiria

Barcelona

01 / 06 / 2026 - Ferran VILA I RIERA - Tiempo de lectura: 3 min

Ingela Brimberg, Iván Fischer y Hanno Müller-Brachmann © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL

Palau de la Música Catalana

Wagner: LA VALQUÍRIA (Selecciones)

Escena final

Ingela Brimberg, Hanno Müller-Brachmann. Dirección: Iván Fischer. 27 de mayo de 2026.

La última cita del ciclo Palau 100 esta temporada ha sido con la Orquesta del Festival de Budapest y ha convocado a dos gigantes del Romanticismo alemán como son Schumann y Wagner, con el Rin como hilo conductor en un programa sin duda algo más corto que este, con apenas una hora de música y en un formato híbrido sinfónico-operístico. Con todo, dos Rins bien distintos se interpelaron la noche del miércoles en el Palau puesto que la elegida en la parte de Schumann era la Sinfonía Renana (N.°3), rebosante de jovialidad campestre, mientras la elección wagneriana era ni más ni menos que la escena final de La Valquíria, una de las páginas más grandiosas, con más carga mitológica y musical de la historia de la ópera.

Sea quizás por esto, la Renana se sintió como algo parecido a un agradable aperitivo antes de la vianda, a pesar de una interpretación destacable de la formación húngara, marcada por unos metales expresivos y unas cuerdas vivaces (frente a unas maderas algo ensombrecidas), en manos de su experto maestro y fundador, Iván Fischer, que paradójicamente fue en la parte menos arrebatada y representativa de la sinfonía dónde consiguió embridar mejor el discurso, con la solemnidad litúrgica del cuarto movimiento.

"Ingela Brimberg mantiene un instrumento admirable a su edad, apoyado en una gran técnica para sustentar una columna sonora digna de una gran valquiria"

Luego fue el turno para las deidades del Valhalla y todo cogió otro aire, el agente catalizador del cuál fue la imponente soprano sueca Ingela Brimberg, que mantiene un instrumento simplemente admirable a sus más de 60 años, apoyado en una gran técnica para sustentar una columna sonora digna de una gran valquiria. La soprano sueca posee un timbre terso en toda la tesitura y de agudo opulento, sin apenas oscilaciones, capaz de plegarse en majestuosos armónicos al momento de revelar al padre su estremecedora humanidad, a la vez que de afilar el láser —auténtico material escandinavo— para invocar el fuego mágico. Su abismal encarnación de Brünnhilde consiguió transportar al público a las rocosas alturas wagnerianas a pesar de no contar con soporte escénico, exigiendo a Brimberg (animal escénico por naturaleza) a transmitir solamente con el gesto y el rostro.

A su lado, el Wotan del alemán Hanno Müller-Brachmann quedó algo desdibujado: fraseó con autoridad, pero con partitura; mostró un centro vocal robusto, pero un agudo enganchado y en la célebre página del despido le faltó morbidez en las frases más tiernas, a causa de una emisión poco flexible y de un timbre ausente de terciopelo. Desde el podio, Fischer dirigió todo ello con oficio, con el solo pero de unas dinámicas no del todo asentadas en los pianísimos, debido quizás a las limitaciones acústicas del recinto.  * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL

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