‘Idomeneo’ en el cruce de todos los caminos

Madrid

27 / 01 / 2025 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

René Jacobs

Teatro Real

Mozart: IDOMENEO

En versión de concierto

Ian Koziara, Kateryna Kasper, Olivia Vermeulen, Polina Pastirchak, Mark Milhofer, Kresimir Spicer. Freiburger Barockorchester. Zürcher Sing-Akademie. Dirección: René Jacobs. 23 de enero de 2025.

Un concierto de René Jacobs es siempre un acontecimiento, más aún cuando presenta una de sus obras predilectas. Su Idomeneo (ver previa en este enlace) en el Teatro Real, efectivamente, no solo alejó a la obra maestra de Mozart de las grandes versiones clásicas, consideradas desde entonces —con bastante injusticia— como demasiado estáticas. También se distanciaba del carácter un poco escuálido, en cuanto al sonido, y algo encogido, en cuanto a la visión de conjunto de otros especialistas de la música antigua. Y es que desde el principio Jacobs optó por intentar recrear la extraordinaria complejidad de una obra que no abandona del todo las convenciones de la opera seria pero se mueve ya en un terreno distinto. Uno que mira a la muy humana solemnidad de Gluck y sobre todo a la tragedia francesa, tan fina en la expresión de las emociones, pero que también anuncia la explosión creativa que vendrá muy poco después. Aquí es donde aparece la orquestación extraordinariamente rica y densa, algo más que prerromántica, y la maravillosa fluidez de un discurso musical en movimiento perpetuo.

"Resultó ejemplar la actuación de Ian Koziara, un papel escrito para un tenor que a Mozart no le gustaba, muy atenido a los antiguos usos, que el tenor moderniza"

Bajo la batuta de Jacobs, por ejemplo, la obertura, sin perder la grandeza que le corresponde como inicio de un drama de dimensiones sobrehumanas y legendarias, se convierte pronto, cuando se hace con el primer plano las cuerdas y las maderas, en una evocación inquietante del turbio enfrentamiento político, extremadamente moderno, entre el rey Idomeneo y su hijo y heredero Idamante. Jacobs conserva las arias más convencionales, como las del consejero Arbace, cantadas con soltura y convicción, sobre todo la segunda, por el tenor Mark Milhofer. Pero sigue sin renunciar a su gusto por el enriquecimiento de los recitativos, las cadenze iniciales en números muy variados y una presencia exuberante del clave y del cello. Mirando, en apariencia, al barroco tardío, el tejido orquestal se adelanta así a lo que va a venir a partir de ahí.

Resultó ejemplar la actuación de Ian Koziara, un papel escrito para un tenor que a Mozart no le gustaba, muy atenido a los antiguos usos, que el tenor moderniza, por así decirlo, gracias a un instrumento amplio y de gran volumen, sin miedo a un pathos naturalista, que bordea, como es conveniente, aunque arriesgado, lo histriónico. También resultó fascinante la Elettra de Kateryna Kasper, que domina las casi imposibles coloraturas y las convierte, apoyada en una orquesta sinuosa, no ya en una evocación de la futura Reina de la noche, sino también en una angustiosa y agobiante pregunta acerca de ese terreno donde se mezclan el amor, o el deseo, por Idamante, y la ambición de poder. Estupenda la Ilia de Polina Pastirchak, que arrancó con una gran interpretación del largo recitativo inicial: desde el inicio, la cantante recuperó sin dificultades el registro noble, claro, articulado con precisión e intención de los grandes intérpretes clásicas de Mozart. Olivia Vermeulen también dio una lección de canto mozartiano, con una preciosa voz clara y matizada. En realidad, da la sensación de que Jacobs, sin ceder en nada en su originalidad, se va acercando a un cierto clasicismo y deja atrás las aceleradas ansiedades modernistas que fueron marca de la casa. Muy bien, y muy teatral, Kresimir Spicer en el doble papel del sacerdote y —ahí es nada— de La Voz.

Fabuloso el Coro de la Zürcher Sing-Akademie, que asumió con gusto y alegría su papel coprotagonista, como no lo volverá a tener en ninguna otra ópera de Mozart. Y extraordinaria la Freiburger Barockorchester, siempre matizada, con intención, con fabulosas variaciones de dinámica y tempi. El público, que llenó el teatro, siguió sin respirar, y con grandes ovaciones finales, una obra con fama de árida, pero que deja siempre el ánimo admirado y suspenso.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL 

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