Hasselhorn y Bushakevitz redescubren el Schubert maduro en la Schubertíada

Vilabertran

20 / 08 / 2025 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

schubert vilabertran El barítono Samuel Hasselhorn y el pianista Ammiel Bushakevitz © Schubertíada / David BORRAT
schubert vilabertran El barítono Samuel Hasselhorn y el pianista Ammiel Bushakevitz © Schubertíada / David BORRAT

Schubertíada de Vilabertran

Recital de SAMUEL HASSELHORN

Proyecto Schubert 200 y Homenaje a Dietrich Fischer-Dieskau

Lieder de Schubert. Ammiel Bushakevitz, piano. Canónica de Vilabertran, 18 de agosto de 2025.

El pasado lunes, la Schubertíada de Vilabertran recibió al barítono Samuel Hasselhorn y al pianista Ammiel Bushakevitz, quienes presentaban en concierto la segunda edición de su ambicioso Schubert 200: un proyecto discográfico dedicado a los Lieder compuestos por Franz Schubert durante los últimos cinco años de su vida (1823-1828) que culminará en 2028 con la celebración, en Viena, de los dos siglos de la muerte del compositor.

La aventura, muy bien acogida por la crítica hasta el momento –el disco Licht und Schatten presentado el lunes ha ganado el premio Diapason d’or y el de la Deutschen Schallplatten-Kritik– repasará no solo los tres famosos ciclos de madurez del compositor vienés, Die schöne Müllerin, Winterreise y Schwanengesang, sino también toda una serie de composiciones tardías que tienden a pasar desapercibidas. Todas las canciones de Licht und Schatten son ejemplos de este Schubert esporádico, desmarcado de la completitud del ciclo, más cercano a la cotidianeidad una vez característica del género, pero no por ello falto de profundidad.

Hasselhorn y Bushakevitz dividieron el concierto en dos partes organizadas de forma muy similar, con un inicio dominado por Lieder energéticos y dramáticos, un pequeño interludio de piano solo y un final con canciones estróficas de carácter mucho más íntimo. Compuestas sobre poemas de literatos casi siempre menores –con la excepción de los hermanos Schlegel–, todos los Lieder escogidos funcionan de una forma similar, ofreciendo metáforas diversas para un yo poético atormentado que se mueve entre estados de ánimo extremos (de ahí el sobretítulo, Luz y sombras): la joven religiosa en “Die junge Nonne”, el solitario en “Der Einsame”, el jinete en “Auf der Bruck”. Esta dramaturgia del cambio constante parece interesar especialmente a Schubert, que experimenta a nivel formal para dar cabida al juego dramático entre estados de ánimo en la estructura a priori rígida de la canción.

"Su interpretación, ante un público especialmente atento, casi desbordó el marco reducido de la Canónica de Vilabertran"

Hasselhorn entiende perfectamente este funcionamiento. Su interpretación, ante un público especialmente atento, casi desbordó el marco reducido de la Canónica de Vilabertran. Su voz torrencial y su presencia escénica, obligatorios en los teatros de ópera donde suele actuar –actualmente forma parte del ensemble del Staatstheater Nürnberg, aunque inició sus andadas en Viena–, pudieron disfrutarse sin filtros y sin distancia alguna en la capilla. El Lied de Hasselhorn, como el de Christian Gerhaher, remite directamente al teatro de ópera sin por ello desmerecer en precisión.

La otra gran virtud del alemán –acompañado con fidelidad por Bushakevitz, experto en el dialecto pianístico schubertiano– fue su forma de ceder el protagonismo a los giros de la lengua alemana. Especialmente en los Lieder interpretados al final de las dos partes, formalmente más sencillos y más obviamente piezas líricas, Hasselhorn supo cambiar de registro, encontrando un timbre menos grueso que fue apagándose lentamente con el delicadísimo “Wiedersehn”, sobre un poema de A. W. Schlegel, para reemerger momentáneamente, despojado, sobrio y calmo, en el conclusivo “Urlicht” de Gustav Mahler, que sirvió de bis.  * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL

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