CRÍTICAS
NACIONAL
Flórez en recital, 'déjà vu' de un aristócrata del canto
Barcelona
Gran Teatre del Liceu
Recital de JUAN DIEGO FLÓREZ
Obras de Mozart, Rossini, Chapí, Vives, Serrano. Vincenzo Scalera, piano. 19 de marzo de 2026.
Juan Diego Flórez regresó al Liceu con el formato acostumbrado de los últimos años en el coliseo catalán, esto es, el del recital solitario a piano (con el concurso final de su inseparable guitarra en la tanda de propinas). En esta ocasión, no solo el formato desprendía un cierto aire de déjà vu, puesto que su contenido también obedecía un patrón ya habitual: un repaso inicial del repertorio estrella del tenor peruano, fundado eminentemente sobre el inescrutable opus rossiniano, aliñado siempre con un toque exótico (en esta ocasión: Boieldieu) y acompañado de una visita consuetudinaria al repertorio francés (y esta vez a la zarzuela); rematando todo ello con una excursión intrépida a los confines de su vocalidad, de lleno ya en el terreno de las aspiraciones: en el reino de Verdi.
Así pues, en la senda de lo previsible, Flórez abrió con Mozart (con el aria de concierto «Aura che intorno spiri» y las dos arias del papel protagonista de La clemenza di Tito) más con el objetivo de calentar la voz que de dejar verdadera huella con esas interpretaciones, dado que ninguna de ellas pasó de la fina y discreta corrección. Siguió después con su querido Rossini, con una selección sumamente sabia que recogía el nervio más lírico del genio de Pésaro, alejada de agilidades, consistente en la nostálgica romanza «Le Sylvain» y en la introspectiva aria «Quell’alme pupille» de La pietra del paragone, exhibiendo en ambas una dicción immaculada tanto francesa como italiana, y por encima de todo, la que aún es la línea de canto más aristocrática del mundo de la ópera, sostenida por un aliento de estricta pureza belcantista y perfilada con admirable legato. Con todo, una ligera pérdida de lustre tímbrico, especialmente apreciable en el centro vocal y consecuencia natural del paso del tiempo, no fue capaz de ensombrecer una emisión soberbia, homogénea y siempre bien proyectada, faro todavía de la lírica planetaria. Para cerrar la primera parte, el tenor peruano, Premio ÓPERA ACTUAL 2011, escogió un aria de opéra-comique, de la ópera La dame blanche de Boieldieu, en la que destacó una interpretación acertadamente idiomática.
La segunda parte empezó con zarzuela, siendo Chapí, Vives y Serrano los elegidos, en unas versiones en que volvieron a sobresalir domino técnico (¡magistrales portamenti!) y un estilo cuidado, pero se echó en falta cierta garra interpretativa, como se evidenció en «Te quiero morena» de El trust de los tenorios, falto del carácter zalamero necesario y con el agudo final negociado. Viró drásticamente el tono del recital con lo que siguió, que fue ni más ni menos que el aria del Werther de Massenet, ejecutada a la perfección por parte de Flórez; sin embargo, no dispuso de la enjundia vocal ni de los acentos adecuados para llegar a conmover con su versión del héroe romántico más célebre de la ópera francesa. Otra cosa fue su Gounod, porque con la bellísima aria del Faust «Salut! demeure chaste et pure» tanto la vocalidad como el temperamento del tenor peruano encajaron a la perfección con la partitura, firmando con ello la mejor interpretación de la velada. Flórez concluyó con un Verdi primerizo: el aria «La mia letizia infondere» de I Lombardi con cabaletta incluida, que de poco sirvió que estuviera maravillosamente cantada: el instrumento del peruano sigue siendo, a sus 53 años, manifiestamente insuficiente para embridar como Dios manda a los héroes verdianos.
En la tanda de propinas hubo la ya imprescindible aria de La fille du régiment, con sus nueve do de pecho que estuvieron allí, sí, pero que ya no refulgen ni deslumbran como antaño. Le siguió un generoso surtido de canciones latinoamericanas, guitarra en mano. No falló el veterano Vincenzo Scalera acompañando el tenor al piano y con un variado surtido de intervenciones solistas. * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL
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