Una tercera 'Aida' liceísta con luces y sombras

Barcelona

01 / 10 / 2026 - Ferran VILA I RIERA - Tiempo de lectura: 2 min

El tercer reparto de la 'Aida' inaugural del Liceu © Gran Teatre del Liceu / Sergi PANIZO
Arsen Soghomonyan como Radamès y Fiorenza Cedolins como Amneris © Gran Teatre del Liceu / Sergi PANIZO
Olga Maslova como Aida © Gran Teatre del Liceu / Sergi PANIZO

Gran Teratre del Liceu

Verdi: AIDA

Reparto alternativo

Olga Maslova, Arsen Soghomonyan, Fiorenza Cedolins, Àngel Òdena, Simón Orfila, Vittorio de Campo, Núria Vilà, Josep Gil. Direcció musical: Antonello Manacorda. Dirección de escena: Shirin Neshat. 29 de septiembre de 2026.

El tercer reparto de Aida estuvo encabezado por dos debutantes en el Liceu (ver crítica del estreno en este enlace). La soprano rusa Olga Maslova cimentó una Aida sólida en el legato y holgada en proyección, sugerente en las dinámicas, con unos reguladores de intensidad de buena factura al servicio de un refinamiento lírico a menudo frustrado por mor de un timbre irregular, poco homogéneo y de colores ásperos, con una presencia excesiva de sonidos fijos; si en «O patria mia» adoleció de ello, añadiéndose además un sobreagudo calante, en los dos exigentes dúos del tercer acto y en la escena final logró imponerse por su acertada intención lírica. A su lado, el tenor armenio Arsen Soghomonyan fue un Radamès indiscutiblemente spinto, de instrumento más que interesante por riqueza tímbrica (de apariencia oscura) y por la robustez de un tercio agudo squillante. En su ejecución del papel —claramente de menos a más— acusó cierta fatiga, debida probablemente a concatenar esa función con la del día anterior, aspecto constatable en una pérdida ocasional de nitidez en la emisión; firmó su mejor versión en una escena de la tumba cuando por fin aparecieron ciertas sutilezas líricas, con unas medias voces sugerentes para cerrar una prestación con potencial en el fraseo y en el desenvolvimiento actoral.

La otrora soprano italiana Fiorenza Cedolins cinceló una Amneris suficiente en el registro agudo —a pesar de los rasgos perceptibles de una laringe cansada—, pero completamente ausente en el grave, donde la línea de canto se desvanecía y la emisión prácticamente enmudecía para dejar paso a un declamado que al menos ofreció el único vestigio de italianidad de la velada. Su prestación escénica, efectista y algo demodé, fue la única con cierta entidad en medio de una producción actoralmente gris. Àngel Òdena firmó un Amonasro sin fisuras en lo vocal y fraseado con gran intención dramática, que hubiera podido redondearse interpretativamente con una emisión más maleable y matizada en el bello dúo con Aida. Por su parte, Simón Orfila supo concederle la presencia y autoridad necesarias al gran sacerdote Ramfis, con el único pero de un agudo excesivamente oscilante. Cumplió con creces el rey de Vittorio de Campo, con una columna sonora digna de un verdadero monarca. Cerró el reparto alternativo la soprano Núria Vilà, con una Sacerdotisa que no logró imponerse en la escena de la invocación.

El maestro asistente de la casa, Josep Gil, recogió el testigo a Antonello Manacorda en estas funciones, sacando provecho con buen instinto teatral de una Simfònica liceísta de rendimiento formidable; no obstante, faltó cierto control dinámico en las partes más explosivas de la partitura y algunos números con entradas nerviosas revelaron la falta de ensayos a fondo con todos los repartos.  * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL

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