CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El grito abstracto de Wernicke con ‘Elektra’
Múnich
Bayerische Staatsoper
Strauss: ELEKTRA
Elena Pankratova, Violeta Urmana, Vida Miknevičiūtė, John Daszak, Károly Szemerédy. Dirección musical: Vladimir Jurowsky. Dirección de escena: Herbert Wernicke. 27 de noviembre de 2022.
Rescatar producciones míticas del fondo de armario es algo que se espera de los grandes teatros alemanes. Y la Bayerische Staatsoper, a pesar de su apuesta convencida por lo moderno, es un fiel representante de esta tendencia. Para cumplir con las expectativas el coliseo bávaro ha sacado a relucir la Elektra de Herbert Wernicke estrenada hace 25 años.
Esta producción y la inmortal Zauberflöte de August Everding se turnan este mes para dar la bienvenida al tiempo de Adviento, y lo hacen, desde sus pasados respectivos, de formas muy diferentes. Porque el teatro conceptual de Wernicke no tiene nada que ver con el esteticismo de Everding. Si bien concebida también desde lo visual, esta Elektra muniqués quiere ir mucho más allá de lo placentero. El montaje tensiona al máximo las posibilidades de la sala con un gran plafón que preside el escenario en el que se dibuja un marco de dimensiones colosales –tan grande es la estructura que impide la proyección de sobretítulos, una incomodidad para el espectador–; el cuadrado interior se mueve de forma inesperada sobre el eje diagonal invadiendo parte de la platea. Dos estructuras adicionales, una escalera para Orest y un plano inclinado para Elektra, se proyectan igualmente amenazadores sobre el foso y hacia uno de los palcos.
Lejos de quedarse en lo estéticamente satisfactorio, lo visual en la Elektra de Wernicke es incómodo e invasivo, pero por lo demás la propuesta es más bien conservadora: los intérpretes se mueven sobre el escenario como hieráticas esculturas arcaicas recuperando aquello tan pre-wagneriano de darse la réplica sin mirarse a la cara. Está también el problema del símbolo, concretado en el hacha y el manto: ¿estorba la presencia de los dos objetos claves en escena en una propuesta tan marcadamente abstracta?
Con su juego de luces y su extraña regie, sin embargo, Wernicke consigue lanzar preguntas al público que tienen que ver con el funcionamiento y la vigencia de ciertos lenguajes teatrales. Y ahí da en el clavo, porque tras el velo arcaizante de Elektra se esconde la misma inquietud fundamental que gobierna todas y cada una de las obras teatrales de Hugo von Hoffmanstahl; la inquietud por la crisis del lenguaje.
Parece que Strauss entendió esa idea y quiso jugar con ella, produciendo una partitura autónoma y rebelde que, en lugar de acompañar y aclarar el texto, lo contradice y lo entorpece. Vladimir Jurowsky se enfrenta a esta música desde el control filológico que le caracteriza, con una dirección precisa que resalta cada timbre sin renunciar a la intensidad que le permiten la orquesta y el teatro. Una excepcional Elena Pankratova supo aclimatarse a la densidad sonora de la obra a la perfección, con un timbre penetrante que deriva sin miedo en grito. Sus compañeras, Violeta Urmana (Klytämnestra) y Vida Miknevičiūtė (Chrysothemis), cantaron como lo prevé Strauss, apuntalando a la protagonista desde sus estilos respectivos. Y también, claro está, triplicando en potencia una rendición de la histeria femenina que deja el espectador contemporáneo con una acidez incómoda en el estómago. * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL
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