Deslumbrante debut liceísta de Berzhanskaya con 'Semiramide'

Barcelona

15 / 05 / 2026 - Ferran VILA I RIERA - Tiempo de lectura: 3 min

Franco Fagioli y Vasilisa Berzhanskaya en 'Semiramide' © Gran Teatre del Liceu / David RUANO
Franco Fagioli y Vasilisa Berzhanskaya en 'Semiramide' © Gran Teatre del Liceu / David RUANO
'Semiramide' en versión de concierto © Gran Teatre del Liceu / David RUANO
Vasilisa Berzhanskaya en 'Semiramide' Vasilisa Berzhanskaya en 'Semiramide' © Gran Teatre del Liceu / David RUANO

Gran Teatre del Liceu

Rossini: SEMIRAMIDE

En versión de concierto

Vasilisa Berzhanskaya, Franco Fagioli, Maxim Mironov, Mirco Palazzi, Antonio di Matteo, Patricia Calvache, Carlos Cosías, Marc Pujol. Dirección: Paolo Arrivabeni. 13 de mayo de 2026.

Breve pero intensa dosis rossiniana en el Liceu con una Semiramide que triunfó con un elenco equilibrado y extraordinariamente liderado por la protagonista, a pesar de ejecutarse en versión de concierto, algo recortada, y en una única audición que no consiguió llenar el teatro (ver previa en este enlace). Los elementos de ese triunfo radicaron, por un lado, en el magnetismo belcantista de una partitura genial, repleta de perlas y atravesada por ese electrizante nervio dramático tan característico en Rossini cuando se pone serio y del cual tomaría buena nota Verdi unos años más tarde; y por el otro, en la azarosa fortuna de contar con una Semiramide de libro en Vasilisa Berzhanskaya, que sustituía a la inicialmente prevista Adela Zaharia.

Con un soberbio instrumento anfibio, forjado a caballo entre el amplio rango que va desde el repertorio de mezzo al de soprano de coloratura, la cantante rusa construyó una reina babilónica imperial en toda la tesitura, digna heredera de la extinta estirpe de la soprano sfogato para el cual se compuso el rol. En el transcurso del largo y polivalente catálogo de arias, cabalettas, dúos y concertados demostró competencia vocal y técnica en el legato, ornamentos y agilidades (coronadas con una punta envidiable en los sobreagudos), así como en las líneas más amplias y abisales de la partitura, en las que emitió ecos de Abigaille (papel que ya tiene en la agenda para un futuro próximo). Por todo ello, fue extensamente ovacionada tras sus arias, dúos y al final de la función, en un debut liceísta de los que dejan huella.

"Con un soberbio instrumento anfibio, forjado a caballo entre el repertorio de mezzo y el de soprano de coloratura, Vasilisa Berzhanskaya construyó una reina babilónica imperial en toda la tesitura"

La dirección artística optó por ofrecer el papel de Arsace a un contratenor —frente a lo que indica la tradición—, en lugar de una mezzosoprano o contralto, eligiendo para la ocasión el argentino Franco Fagioli, uno de los primeros espadas de la actualidad y que se impuso por carisma interpretativo y porque fue la suya una lección belcantista inapelable auspiciada por un dominio magistral del legato; Fagioli transitó las páginas de lucimiento rossinianas con tablas de verdadero virtuoso. Hay que hacer notar, a pesar de todo ello, las inevitable carencias en términos dramáticos que acusó un instrumento de por si limitado de proyección, que por instantes fue fagocitado por la masa orquestal y por alguno de sus partenaires, como la propia Berzhanskaya, con la que, por otra parte, firmó su par de bellísimos dúos en según qué frases marcadas por el desequilibrio vocal y por un contraste tímbrico frustrado, pese a una loable complicidad artística entre ambos.

A su vez, el tenor Maxim Mironov, cumplió su parte con una técnica adecentada y un instrumento fiable a pesar de un sobreagudo algo destimbrado; suya era el aria más célebre de la ópera «Ah dov’è, dov’è il cimento», que resolvió a la altura de las expectativas, al igual que la (no tan habitual) del segundo acto, y por lo que fue justamente reconocido por el público. La nómina de bajos estuvo bien liderada por Mirco Palazzi, que ofreció un Assur de buen instinto y maneras, junto a un esforzado Oroe de Antonio di Matteo. La soprano Patricia Calvache asumió con más que corrección el desagradecido papel de Azema, del mismo modo que el catalán Carlos Cosías como Mitriane. Completó el cast Marc Pujol con un digno espectro de Nino.

El maestro Paolo Arrivabeni dirigió la Simfònica del Liceu en una versión que primó la dimensión dramática de la obra más que la ligereza belcantista y que no dudó en cargar las tintas (por momentos en exceso), pero en la cual no falló el nervio rossiniano, salvando una obertura más bien pesada. Magnífico y alentador trabajo del Cor del Gran Teatre en todas sus intervenciones.  * Ferran VILA I RIERA, corresponsal en Barcelona de ÓPERA ACTUAL

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