Arte, poder y caos: 'La clemenza' bajo la visión postapocalíptica de Milo Rau

Ginebra

21 / 10 / 2024 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

mozart ginebra La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © GTG / Magali DOUGADOS
mozart ginebra La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © GTG / Magali DOUGADOS
mozart ginebra La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © GTG / Magali DOUGADOS

Grand Théâtre de Genève

Mozart: LA CLEMENZA DI TITO

Bernard Richter, Serena Farnocchia, Maria Kataeva, Yuliia Zasimova, Giuseppina Bridelli, Justin Hopkins. Dirección musical: Tomáš Netopil. Dirección de escena: Milo Rau. 16 de octubre de 2024.

Mozart compuso La clemenza di Tito en un tiempo récord de pocas semanas, como encargo para la coronación de Leopoldo II como Rey de Bohemia en 1791. En un contexto de cambios políticos durante la Revolución Francesa, la obra, estructurada como una opera seria, fue recibida con críticas diversas. La emperatriz María Luisa la calificó de «porquería alemana», mientras otros la consideraron una muestra del ingenio de Mozart para dotar de mayor profundidad y humanidad a un género que estaba perdiendo popularidad. Estas tensiones políticas y estéticas son las que Milo Rau toma como referencia para su reinterpretación en el Grand Théâtre de Genève  (ver crítica de su paso por Viena en este enlace), buscando conectar el pasado con temas actuales sobre el poder y el arte. Sin embargo, su enfoque plantea una serie de desafíos que no siempre encuentran el equilibrio adecuado.

La producción de Rau, aquí dirigida musicalmente por Tomáš Netopil, ofrece una relectura arriesgada y provocadora que sitúa la ópera en un mundo postapocalíptico. Los personajes y figurantes habitan en un campamento de refugiados tras una erupción volcánica, mientras la clase burguesa, representada por los propios cantantes como Bernard Richter (Tito) y Serena Farnocchia (Vitellia), decide montar su propia versión de La clemenza di Tito. Esta metáfora social de la élite burguesa que se apropia del arte para reafirmar su poder es un tema interesante y actual, que Rau explora con cierta contundencia visual.

Uno de los mayores logros de la puesta en escena es el trabajo de vídeo de Moritz von Dungern, que coordina a la perfección las visiones del protagonista y de otros personajes, logrando que ciertos eventos parezcan ocurrir simultáneamente en pantalla, aunque los aludidos no estén físicamente presentes en el escenario. Esta sincronización precisa añade una dimensión intrigante y técnicamente impresionante que complementa la narrativa visual de Rau. Sin embargo, a pesar de estos logros técnicos, la puesta en escena a menudo interfiere con el desarrollo dramático y emocional de la ópera, distrayendo en momentos clave, especialmente en las arias del segundo acto, donde Sesto, Vitellia y Tito deberían estar en el centro del conflicto emocional.

El enfoque de Rau es ambicioso, pero la constante presencia de figurantes y la inserción de vídeos en vivo a veces resta protagonismo a la música de Mozart. Las escenas en las que las personas reales, con nombres propios, narran sus historias personales, en lugar de complementar la trama, terminan diluyendo la intensidad emocional que deberían tener las arias, y esto se hace particularmente evidente en el segundo acto, cuando los conflictos morales y personales alcanzan su clímax. Sin embargo, no todo es negativo. La crítica a la burguesía y el uso del arte como medio de control social están bien logrados en momentos específicos, como en la poderosa imagen final que evoca La libertad guiando al pueblo de Delacroix.

"En cuanto al elenco vocal, destacó especialmente el Sesto de Maria Kataeva, quien ofreció una interpretación técnica y emocionalmente sobresaliente"

Musicalmente, Netopil imprimió una lectura pausada y solemne, que contrastó con la agitación de la puesta en escena; a pesar de los cortes y ajustes propuestos por Rau, el maestro mantuvo el dramatismo y la elegancia característicos de Mozart, logrando momentos de gran belleza, especialmente en los conjuntos corales y las arias más íntimas. El director encontró un equilibrio sutil entre la tensión y la delicadeza de la partitura, demostrando una profunda comprensión del lenguaje mozartiano.

En cuanto al elenco, destacó especialmente el Sesto de Maria Kataeva, quien ofreció una interpretación técnica y emocionalmente sobresaliente: su «Parto, parto» fue un despliegue de virtuosismo, mientras que en el rondó «Deh per questo» mostró su dominio de los matices dramáticos de su personaje. Yuliia Zasimova, como Servilia, ofreció una interpretación llena de dulzura y sensibilidad, perfectamente complementada por el Annio de Giuseppina Bridelli, quien demostró un control vocal impecable en cada una de sus intervenciones. Serena Farnocchia como Vitellia exhibió un desempeño sólido, aunque enfrentó algunos retos en su célebre rondó «Non più di fiori», donde los agudos no siempre alcanzaron la proyección ideal. Bernard Richter, como Tito, estuvo comprometido y entregado, mostrando un buen control en general, aunque su aria final, «Se all’impero, amici Dei», resultó algo accidentada.

El final de la puesta en escena, aunque conceptualmente audaz, refleja tanto los aciertos como las debilidades de la visión de Rau. A través de proyecciones, el director narra en primera persona la desaparición de la humanidad, concluyendo que, tras la autodestrucción, solo quedará el sonido de los pájaros. Este momento, con la música detenida y el escenario en silencio, genera un impacto visual potente, pero también deja una sensación de desconexión emocional. El simbolismo buscado por el regista no siempre encuentra una correspondencia en el flujo dramático que la música de Mozart debería sostener.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL

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