Milo Rau deconstruye ‘La clemenza’ para reflexionar sobre el arte comprometido

Viena

28 / 05 / 2024 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

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mozart viena La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © Wiener Festwochen / Nurith WAGNER-STRAUSS
mozart viena La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © Wiener Festwochen / Nurith WAGNER-STRAUSS
mozart viena La producción de 'La clemenza di Tito' de Milo Rau © Wiener Festwochen / Nurith WAGNER-STRAUSS

Wiener Festwochen

Mozart: LA CLEMENZA DI TITO

Anna Goryachova, Anna Malesza-Kutny, Jeremy Ovenden, Maria Warenberg, Sarah Yang. Camerata Salzburg, Arnold Schönberg Chor. Dirección musical: Thomas Hengelbrock. Dirección de escena: Milo Rau. 25 de mayo de 2024.

En su primer año como director artístico de las Wiener Festwochen, el festival primaveral de artes escénicas de Viena, el controvertido dramaturgo suizo Milo Rau ha reciclado la producción con la que debutó como regista de ópera. Su Clemenza di Tito, estrenada en tiempos pandémicos en Ginebra sin público (ver crítica en este enlace), ha encontrado en Viena la centralidad que se merece. En ella, Rau repiensa de cabo a rabo un puñado de convenciones sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer con un texto operístico.

En el programa de mano, que ofrece una especie de defensa de su forma de proceder, el regista admite haber chocado con la «complejidad del medio operístico». Con ello se refiere sobre todo a la presencia de la dimensión musical, cuya realización requiere obligatoriamente de intérpretes profesionales (interesante asunción, dicho sea de paso). «Por respeto a la música, a los cantantes y a los músicos», declara el director, «me he reprimido en comparación con lo que suelo hacer en el teatro». Efectivamente, su lectura de La clemenza respeta los cánones de la ópera y contiene momentos sorprendentemente despojados de cualquier gesto interpretativo. Sin embargo, en esencia, la producción hace valer su carácter deconstructivo y acaba siendo mucho más M. Rau que W. A. Mozart.

La propuesta radical del director suizo parte de su sincero acercamiento al teatro político como lugar de reflexión sobre la relación entre arte y vida. Rau lee en la figura del emperador-monarca ilustrado Tito, celebrado por su tolerancia y su defensa de los nobles ideales de la Ilustración, una alegoría del artista comprometido, quien como él estetiza y así domestica hipócritamente las fuerzas revolucionarias del pueblo, inmerso en una realidad atravesada por todo tipo de violencias. En un ejercicio de teatro-ensayo muy característico de su pluma, Rau invita al espectador a reflexionar sobre la capacidad del arte de cambiar el mundo. Lo arriesgado, genial y necesario de su Clemenza es que, en ella, el director se somete a sí mismo y a su visión para las Wiener Festwochen –mucho más políticas, con lecturas públicas de manifiestos, debates y juicios escenificados– a su propia crítica. ¿Qué poder de transformación real tienen, realmente, sus producciones? ¿Cuánto hay en ellas de puro esteticismo?

"La propuesta radical del director suizo parte de su sincero acercamiento al teatro político como lugar de reflexión sobre la relación entre arte y vida"

No para dar respuesta a semejantes preguntas, pero sí para poner en crisis la condición de refugio de los productos del arte frente a una realidad desgarradora, Rau lleva esta última a escena de dos formas distintas. De un lado, analiza críticamente la placidez idealista y esteticista del medio aristocrático que describe el libreto e introduce los elementos más crudos de la realidad, como asesinatos, violaciones o ejecuciones. Por otro lado, reflexiona sobre la mundanidad del propio mester, explicando las historias personales de cada uno de los intérpretes, profesionales y no profesionales, implicados en la producción. El pueblo, reunido al final de la pieza para asistir a la ejecución de Sesto, lo conforman además del coro un grupo de ciudadanos vieneses, cuyas historias se proyectan, en forma de cortos párrafos, una detrás de la otra sobre los vaivenes de las arias mozartianas.

Quizás sea este último el gesto más rudo y provocativo de Milo Rau. Buena parte de los números más esperados de la ópera, como el “Parto, parto” de Sesto, se convierten en mero acompañamiento musical del texto del autor suizo, cuya voz interpela constantemente al espectador. El trabajo de Jeremy Ovenden como Tito, Anna Malesza-Kutny como Vitellia, Maria Warenberg como Annio, Sarah Yang como Servilia y, especialmente, de Anna Goryachova como Sesto, tiene que reivindicado: ha sido, precisamente, la profesionalidad y delicadeza de sus interpretaciones, junto a la de Thomas Hengelbrock al mando de la Camerata Salzburg, lo que permite a Milo Rau poner el público en jaque; la mezcla entre placer estético-sensorial y confrontación racional con la crudeza del mundo es escalofriante. El programático apunte proyectado al inicio de la función parece evidente al salir de la sala: toda belleza tiene origen en la violencia, al igual que toda clemencia tiene origen en la culpa.  * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL