CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Un gran 'Tancredi' lastrado por una discutible escena
Roma
Teatro dell'Opera
Rossini: TANCREDI
Nueva producción
Carlo Vistoli, Martina Russomanno, Ekaterine Buachidze, Maria Elena Pepi, Enea Scala, Luca Tittoto. Dirección musical: Michele Mariotti. Dirección de escena: Emma Dante. 29 de mayo de 2026.
La particularidad de esta producción del Teatro dell’Opera de Tancredi fue confiar el papel protagonista no a una contralto, sino a un contratenor. Fue una elección en línea con cierta tendencia que devuelve a intérpretes masculinos roles creados para mezzos o contraltos in travesti. Es cierto que en el siglo XVIII los papeles concebidos originalmente para un «músico» (como se denominaba entonces a los cantantes castrados) eran a menudo interpretados por sopranos o contraltos femeninas: incluso algunos estaban pensados para cantantes femaninas. Pero no ocurría lo contrario. Además, en el siglo XIX las cosas habían cambiado: los castrados estaban en vías de desaparición y a Rossini no le agradaba ese tipo de voz, principal valedor de roles heroicos masculinos asignados a mujeres. Confiar el papel de Tancredi a una voz masculina no es en absoluto una decisión filológica, aunque, por otra parte, en tiempos de Rossini a nadie se le habría ocurrido aplicar criterios filológicos a una representación operística. Así pues, apartarse de la filología es perfectamente legítimo.
En este caso, esta elección se justificó por la disponibilidad de un cantante excepcional como Carlo Vistoli, capaz de interpretar con una voz natural (aunque seguramente haya sido necesario mucho estudio para alcanzar esa naturalidad) una papel escrito para contralto: su Tancredi resultó perfecto en los momentos de efusión amorosa y lirismo, aunque en otros pasajes el volumen se mostró algo escaso y carecía del impulso heroico y dramático que el papel exige. Martina Russomanno, como Amenaide, exhibió una voz dulce y homogénea en todos los registros, además de una técnica impecable en las agilidades; esta joven soprano ya no es una promesa, sino una magnífica realidad. El tenor Enea Scala cantó de manera sobresaliente el momento culminante del papel de Argirio, cuya estructura formal es la misma que Giuseppe Verdi emplearía 40 años más tarde en «Ah! sì, ben mio… Di quella pira», uno de los momentos más arrebatadores de Il trovatore.
El bajo Luca Tittoto estuvo impecable en el papel del villano Orbazzano. También destacaron las jóvenes Ekaterine Buachidze y Maria Elena Pepi, intérpretes respectivamente de Isaura y Roggiero, dos personajes secundarios a los que Rossini, sin embargo, confía amplias arias.
Michele Mariotti es actualmente el mejor director para el Rossini serio. No es casualidad que haya nacido en Pésaro, ciudad natal del compositor y sede del Rossini Opera Festival que en ha recuperado numerosas óperas olvidadas del compositor en ediciones críticas. Su dirección fue perfecta, otorgando a la orquesta toda la belleza apolínea de Tancredi, pero captando también los estremecimientos dramáticos y sombríos que afloran ocasionalmente en la partitura. Sin duda, a él se debe la elección del final trágico escrito por Rossini como alternativa al habitual desenlace feliz.
Dado que la trama se desarrolla en Sicilia, la directora de escena Emma Dante se inspiró en un antiguo género popular siciliano de espectáculo, en el que los héroes de las guerras seculares entre cristianos y musulmanes son representados de forma tragicómica mediante marionetas. Sin embargo, el libreto de Gaetano Rossi está basado en una tragedia de Voltaire, y es probable que ni Rossini, ni Rossi, ni Voltaire conocían la llamada «opera dei pupi». Y, de haberla conocido, quizás la habrían despreciado como una forma rudimentaria de teatro popular. Que los personajes de Tancredi —solistas, coro y un numeroso grupo de mimos— se muevan como marionetas manejadas por cuerdas que cuelgan desde lo alto resultó molesto e incluso grotesco, ajeno a la noble belleza de esta música. * Mauro MARIANI, corresponsal en Roma de ÓPERA ACTUAL
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