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ÓA 286: Erika Grimaldi vuelve a España con dos heroínas verdianas
Una de las sopranos más equilibradas de la escuela italiana actual, se presenta en Las Palmas como Desdemona y en Menorca como Amelia de 'Un ballo in maschera'
No es una soprano de éxitos fugaces y pasajeros, sino de sólidas certezas. Su trayectoria, tejida con la paciencia de quien entiende que la voz es un organismo vivo que requiere tiempo y mimo, la sitúan en el epicentro de la lírica internacional. Sus éxitos son unánimes en geografías tan diferentes como Milán, Múnich, Barcelona o Santiago de Chile, la artista ha demostrado que la inteligencia es el mejor aliado del talento. Su regreso a finales de marzo a la temporada de Amigos Canarios de la Ópera en Las Palmas de Gran Canaria para encarnar a Desdemona junto al Otello de Michael Fabiano es la confirmación de un compromiso con una plaza en la que es muy querida. Entre muchos proyectos, como Un ballo in maschera en Menorca en mayo, le espera todo un reto: su debut en el Metropolitan en 2027 de la mano de Mimì, su talismán.
Erika Grimaldi ha sido muchas mujeres, pero una es la que lleva tatuada en la piel. Alterna ópera y conciertos, una dupla con la que disfruta y crece sobre el escenario: “La ópera sacia mi necesidad teatral de habitar las tablas y contar una historia, mientras que el recital enriquece mi faceta más puramente musical”, dice. La soprano italiana se ha mirado en el espejo de las grandes como Maria Callas, Mirella Freni –a quien admiraba especialmente–, Maria Chiara, Leyla Gencer y tantas otras. Y también de los grandes, “de todos aquellos que me precedieron y supieron encarnar un sentido profundo de entrega a la música”, asegura a ÓPERA ACTUAL.
Comenzó estudiando piano. El canto llegó más tarde y se quedó para siempre en su vida. ¿Cómo la conquistó?
Siempre estaré agradecida de que el piano fuera mi primer instrumento, porque me dio una base sólida y me ayudó a comprender la profunda conexión que existe con la partitura. El canto llegó mucho después, casi como una sorpresa, una revelación que se convirtió en el elemento central e indispensable de mi trayectoria. Mi encuentro con la ópera fue más tardío aún. Lo que siempre me ha atraído de ella es su sentido de totalidad. La música es, por supuesto, su esencia, pero nunca un fin en sí misma. En la ópera se convierte en lenguaje, diálogo con otros personajes, gesto y emoción. Cantar un papel y hacer música operística significa adentrarse en el mundo interior de un personaje, vivir sus conflictos, sentir sus fragilidades y pasiones, y, después, devolver todo eso al público a través de la voz. La ópera es una forma de arte que exige gran rigor, estudio constante y disciplina, pero que a la vez permite una extraordinaria libertad expresiva. El equilibrio entre la estructura musical y las emociones es lo que me conquistó y lo que me inspira cada día.
La Bohème fue su carta de presentación y Mimì representó su debut lírico. ¿Qué le debe al personaje?
Mimì siempre deja huella. Para mí significó el primer paso, mi debut en todos los sentidos, y también en el Teatro Regio de Turín [que acogió el estreno absoluto de la ópera de Puccini]. Lo viví como el primer encuentro real entre mi voz y el escenario, por lo que este papel siempre permanecerá cerca de mi corazón y ocupará un lugar especial en mi carrera. Le debo a Mimì el descubrimiento de una forma de cantar profundamente conectada con la emoción y la honestidad. No pide efectos especiales ni despliegue vocal, sino sinceridad. Ella me enseñó el valor de la sencillez, de ser fiel a la palabra. Me enseñó también a confiar plenamente en la música, a entregarme a lo que la partitura contaba. Mimì sigue siendo un referente, una brújula. De ella surgieron todos los demás papeles y personajes.
Mimì, Tosca, con la que debutó en Gran Canaria y ahora Desdemona con la que regresa al curso de ACO. Tres grandes heroínas. ¿Qué le une a estas mujeres y cuál le ha dado más?
Las tres son muy diferentes, tanto por sus historias como por lo que viven. Comparten una extraordinaria intensidad emocional. Cada una vive experiencias que trascienden la época en que fueron escritas y perduran. Y eso es algo que me encanta de los personajes que interpreto: sus vivencias podrían perfectamente suceder hoy, en 2026, y la posibilidad de hacerlas sentir como contemporáneas es lo que más me emociona. Lo que me conecta con las tres, y en general con muchas de las heroínas que he interpretado, es su capacidad de amar sin restricciones ni límites, hasta el sacrificio definitivo. Son mujeres frágiles e increíblemente fuertes al tiempo, que experimentan el amor, el miedo y el sacrificio de manera absoluta y total. No hay medias tintas. Tal como lo haría una mujer en nuestros días. Cada una me ha dado algo. Mimì me hace reflexionar sobre su transformación, su paso de la inocencia a la consciencia, de la niñez a la adultez. De Tosca me conmueve su valentía y fuerza dramática y a Desdemona (Ver reparto ACO), en cambio, la siento con más vida interior, más pura, más introspectiva. Han contribuido a forjarme como artista y como mujer.
Se ha forjado una carrera respetada por la crítica y elogiada por el público. ¿Cómo ha sido el trayecto, ese viaje hasta llegar hasta donde está hoy?
Ha sido un camino que he construido sobre la base de tiempo y de paciencia. Desde el principio me enseñaron que tenía que respetar profundamente mi voz, de ahí que diga que ha sido un proceso lento porque construir una voz lleva tiempo, no se puede acelerar ni se debe correr. Nunca he dejado de estudiar y esa disciplina de cada día me ha acompañado desde el comienzo y hasta hoy. También he tenido que tomar decisiones muy pensadas en cada etapa a medida que iba creciendo artísticamente. Mi voz, mi musicalidad, mi repertorio, todo ha evolucionado a la par.
© Teatro Regio / Roberto RICCI Como Floria Tosca en el Teatro Regio de Parma
Y en ese camino no ha estado sola…
Afortunadamente, no. He tenido la suerte de encontrar maestros que me han guiado y enseñado la importancia de la técnica y la expresión. He procurado siempre escuchar a mi voz, no forzarla nunca y dejarla madurar de forma natural, paso a paso, asumiendo nuevos retos en el momento oportuno. La experiencia escénica es esencial y es en un teatro donde te das cuenta de que cantar no es únicamente un tema de perfección vocal, que es algo que puedes practicar en casa, sola, sin público. Cantar es presencia, es lenguaje, es narración y es entregarse. Llegar a ese punto significa poner en práctica todo lo aprendido con el estudio, llevarlo al escenario y compartirlo con el público. Esta carrera es un viaje largo y el viaje continúa. Creo firmemente que un artista nunca llega a alcanzar una meta definitiva y que en este oficio la perfección no existe. Hay que seguir evolucionando, cuestionando y comenzando de cero cada vez que pisas las tablas, incluso con los personajes que ya has cantado muchas veces y llevas pegados a la piel.
Cuando la definen como una de las sopranos más destacadas del momento, ¿siente presión o lo considera un reto?
Presión, no; nunca lo he vivido así, porque me parece que esa etiqueta es algo subjetivo. Para unos será así, pero no para todo el mundo, claro. Saber que estás bajo la mirada de todos y que el público tiene grandes expectativas puestas en ti podría generar tensión, pero en mi caso nunca ha sido así. Al contrario, lo veo como un estímulo, un incentivo, como un reto para tratar de superarme, no una carga. Cada vez que subo al escenario siento como si fuera la primera vez.
En su carrera hay dos compositores clave, Verdi y Puccini. ¿Dónde sitúa a ambos dentro de su repertorio?
Ambos son muy diferentes, al menos para mí, y requieren enfoques distintos. En el caso de Verdi, estamos ante un compositor que no admite atajos: siempre exige una voz plena y centrada y una atención constante a la palabra, que debe ser articulada, moldeada y, sobre todo, vivida con profundidad. Con Verdi percibo un mundo de gran sobriedad y equilibrio en el que la técnica se fusiona de un modo natural con la verdad teatral y la interpretación. Puccini, en cambio, exige un enfoque más instintivo y visceral, pide al artista que se entregue directamente a la emoción, al tiempo que juega con el color, el fraseo y el rubato. A simple vista, podría parecer que Puccini ofrece mayor libertad al cantante, pero no nos engañemos, es pura ilusión: incluso los momentos más expansivos se deben medir bien y controlar mejor. Si el lenguaje de Verdi se basa en el control, la consciencia y la construcción, Puccini es el canto más inmediato y empático en el que todo surge también de una sensación física, casi corporal. No son dos músicos opuestos, sino complementarios.
En la Ópera de Gran Canaria cantó Tosca junto a Piotr Beczala en unas funciones que fueron muy elogiadas. ¿Qué significa este regreso para usted como un personaje como la heroína de Otello?
Me alegra tanto volver a la Ópera de Gran Canaria, una compañía que quiero, que llevo en mi corazón y que tiene un significado muy especial. Con el tiempo he forjado un vínculo con el público, y la idea de volver y sentirlo cerca me reconforta mucho, me ilusiona. La Tosca que canté en Las Palmas (Ver crítica) la viví como una experiencia muy intensa a la que estoy profundamente agradecida. Sin embargo, regresar y hacerlo con Desdemona es diferente porque es un personaje más íntimo que impresiona por su pureza y su forma contenida, casi susurrante, de expresarse. Es una mujer que transmite una verdad que cautiva.
Y Será Mimì, un papel emblemático en su carrera, en 2027 en la Metropolitan Opera de Nueva York, donde debutará.
Sí, es un hito importantísimo, no solo por el prestigio del teatro, sino también por el significado simbólico que esta ópera y este papel tienen en mi carrera. Siento una enorme responsabilidad. Ver a Mimì en un escenario como el Met es muy especial. Hemos crecido a la par. Volver al personaje pucciniano es redescubrirla para interpretarla con más experiencia y una voz más madura.
¿Cómo cuida su voz?
No hago nada extraordinario. Me escucho y respeto mis propios límites. La técnica es la base del día a día: trabajar la respiración, el apoyo y el equilibrio, y mantener el instrumento siempre listo, sano y fresco, incluso en los periodos en que no tengo compromisos inmediatos. Es algo que intento hacer a diario, aunque solo sea con una simple vocalización que me ayuda a limpiar las cuerdas vocales. El estilo de vida influye y el mío es muy disciplinado: me alimento bien, descanso lo que debo e intento gestionar mi energía con cuidado durante los periodos de más trabajo. La voz es un reflejo de nuestro estado físico y emocional: cuando algo no va bien, es la primera en hacérnoslo saber.
El cantante de ópera debe tener voz, eso está claro, pero también debe dar vida a un personaje desde el punto de vista teatral. ¿Cree que el aspecto físico hoy importa casi tanto como la propia voz?
Es un tema sobre el que se ha debatido mucho, y no es sencillo responder, ya que la ópera es una forma de arte en su conjunto. La dimensión visual y teatral siempre ha desempeñado un papel importante en la historia lírica, no solo en la actualidad. Vivir en una época de mayor exposición mediática hace que el aspecto físico y estético sea más visible, y probablemente por eso hoy el tema está tan vivo. El riesgo en el que se puede caer es confundir los medios con el fin. La voz y la capacidad interpretativa siguen siendo la base de nuestra profesión. Está bien que un cantante sea consciente de su cuerpo y de su presencia escénica para dar lo mejor a su personaje y a la historia que vive y me parece esencial hallar el equilibrio: la apariencia física puede y debe apoyar la interpretación, pero nunca reemplazarla porque lo que le llega a cada espectador es la emoción que tú transmites. Y esa emoción proviene de la voz.
Ha trabajado con importantes registas. Durante mucho tiempo se habló de la dictadura del director de escena, de su enorme poder en la industria. ¿Ha tenido algún problema en los montajes en que ha participado?
He tenido la suerte de trabajar con directores de escena muy diferentes que en la mayoría de los casos me han estimulado y aportado. El papel de un regista cobra su verdadera dimensión cuando existe un trabajo en equipo, cuando se da un diálogo real entre su visión, la música, el libreto, los cantantes y todos los artistas que participan en la creación de una producción. En este sentido, la ópera es un esfuerzo colectivo: cada uno que sube al escenario aporta su propia experiencia, compartiéndola dentro de una visión más amplia que, en última instancia, moldea la experiencia del público. Es cierto que se ha hablado, y quizás todavía se hable, de una dictadura, pero no creo que sea una cuestión de ejercer poder. Un buen director de escena es alguien que expresa con claridad sus ideas, guía a los artistas, hace propuestas e incluso provoca con ellas, aunque sin traicionar jamás la música ni poner en riesgo la voz. Incluso en montajes atrevidos y menos convencionales lo importante es confiar en el equipo. Creo que es la única manera de crecer.
¿Cree en la buena salud de la ópera?
Sin duda creo que está a prueba, pero no diría que goza de mala salud. Es una forma de arte que, con el paso de los años, percibo como profundamente viva y en constante transformación, sobre todo hoy, que atraviesa fases de crisis y renovación. Las generaciones de artistas, cantantes y directores se suceden, los planteamientos cambian, también los gustos y la perspectiva, y existe un claro deseo de renovar el lenguaje de la ópera, de llegar a un nuevo público y de contar historias y presentar libretos que puedan hablar en el lenguaje del presente.
Entonces, ¿cuál cree que es su mayor desafío?
Cuando la ópera se presenta con honestidad, calidad y respeto por la música, el público responde de manera positiva. El mayor desafío es renovarse manteniendo un alto nivel artístico, sin distorsionar la identidad de la ópera.
¿Le interesa la ópera contemporánea? ¿Le han ofrecido cantar alguna?
Sí me han ofrecido papeles, pero no operísticos. He interpretado las sinfonías de Penderecki y también música contemporánea en concierto. Me fascina y la disfruto, pero creo que ciertos tipos de escritura requieren una aptitud particular y habilidades específicas. No es un lenguaje musical fácil de abordar para mí, aunque estoy abierta a asumir nuevos retos.
¿Quedan divas en el mundo de la ópera?
La figura de la diva, como la hemos imaginado tradicionalmente, me atrae enormemente; sin embargo, creo que pertenece a una época que está ligada a un sistema teatral y mediático muy diferente al actual. El mundo lírico vive ahora mucho más expuesto a los medios y las redes, y todo sucede con bastante más rapidez y se tiene una percepción diferente de lo que significa un mito. La idea no ha desaparecido, sino que ha evolucionado. Una verdadera diva hoy podría ser una artista que combina la excelencia vocal con una gran inteligencia interpretativa y una marcada identidad personal.
¿Qué papeles le esperan en su agenda?
Algunos no los puedo revelar aún porque las temporadas no se han presentado, pero sí puedo decir que hay otros a los que regresaré, debuts relativamente recientes que ya siento como propios, como Madama Butterfly que debuté en Chile (Ver crítica), o Aida, que canté en Turín. En un futuro inmediato, además de esta Desdemona, volveré a ser Amelia en Un ballo in maschera en el Festival de Edimburgo y en el Teatre Principal de Maó, y debutaré Giorgetta en Il tabarro y como Suor Angelica con la Orquesta Sinfónica Nacional en el Kennedy Center de Washington, y en el Carnegie Hall. Además, a principios de la próxima temporada, habrá un papel precioso, un debut importante para mí, que, por ahora, no puedo desvelar. Y como ya he mencionado, será mi debut en el Met en 2027 como protagonista de La Bohème. – ÓA
Heroínas de fábula
© Comunale di Bologna / Andrea RANZI Como Maddalena de 'Andrea Chénier' de Giordano, en el Comunale de Bolonia
Erika Grimaldi no es solo una voz; es presencia. Nacida en Asti, muy cerca de Turín, en el noroeste de Italia, y formada bajo la disciplina del piano, su salto al canto supuso la llegada al escenario de una de las sopranos más equilibradas de la escuela italiana actual. Su depurada técnica le permite transitar por el repertorio lírico con una solvencia que la acerca a las divas de la época dorada de la ópera, pero con una sensibilidad dramática totalmente moderna. Entre los premios que ha ganado destaca el Concurso Internacional de Canto de Orvieto. Desde su triunfo inicial como Mimì en La Bohème en el Teatro Regio de Turín, Grimaldi ha ido conquistando los principales escenarios del mundo. Su vinculación con teatros como La Scala de Milán, la Bayerische Staatsoper de Múnich, la Ópera de San Francisco o la Arena de Verona, la sitúan en la élite de su cuerda. La han dirigido maestros como Abbado, Armiliato, Battistoni, Callegari, Chailly, Gamba, Lyniv, Muti, Noseda, Oren, Palumbo, Penderecki, Renzetti y Steinberg, y ha trabajado con directores de escena de la talla de Pier’Alli, Bieito, Bussotti, Del Monaco, Hampe, Lavia, Montaldo, Patroni Griffi o Scola.
Tras su debut el pasado otoño como Abigaille de Nabucco en Bonn, rol al que regresó en febrero, y de su Leonora de Il trovatore en Génova a comienzos de año, entre sus próximos compromisos destacan su Giorgetta en Il tabarro y su Suor Angelica con la National Symphony Orchestra en Washington y en el Carnegie Hall de Nueva York, su Amelia de Un ballo in maschera en el Festival de Edimburgo y en el Teatre Principal de Maó y su debut como Iris en el Regio de Turín el próximo otoño, así como conciertos en Malmö y Rebild.
Su repertorio se antoja un viaje a través de la columna vertebral de la ópera italiana. Verdi y Puccini son sus pilares, pero su curiosidad la lleva a explorar constantemente nuevos matices en personajes que ya ha hecho suyos. Amelia de Ballo, Aida, Abigaille, Cio-Cio San, con la que triunfó en Chile, o esta Desdemona, con la que regresa a Canarias, son peldaños que apuntan a lo más alto de la ópera. Con su debut en el Metropolitan en 2027, Grimaldi alcanzará una cumbre que, sin embargo, ella encara con la sencillez de quien sabe que la música siempre está por encima del artista. Y que ella, soprano, es voz.
En el Otello con el que regresa a la temporada de ACO, con funciones los días 24, 27 y 29 de marzo, compartirá escenario con el tenor Michael Fabiano en el papel titular y con el Yago de Amartuvshin Enkhbat, con Carlo Montanaro en el podio y dirección de escena de Carlo Antonio De Lucia. G. P.





