Es en Le Villi (1884) donde nace el célebre dolce dolore (dulce dolor), concepto que identifica la manera en que sufren varias de las heroínas de Puccini. Madama Butterfly (1904) lo lleva a su punto culminante. Esta nueva producción estrenada en el Teatro Municipal de Santiago, con la que inauguraba su temporada, ese dolor se corporiza en la figura del hijo de Cio-Cio San, a quien la protagonista llama Dolore como reflejo de la ausencia del padre. Resulta verdaderamente notable y conmovedor el trabajo escénico del niño José Pedro Álvarez Escobedo, quien no solo siguió con rigor las indicaciones de regia, sino que además aportó elementos propios, construyendo un personaje participativo y de carácter definido. El niño obedecía las directrices de la dirección de escena de Verónica Villarroel, soprano de amplia trayectoria internacional que posee una experiencia en este título que pocas cantantes pueden exhibir. En su debut como regista en este teatro, su propuesta se aleja de toda tentación de innovación forzada y se apoya en una lectura tradicional, enriquecida con mil detalles sutiles: la construcción del mundo doméstico de Butterfly y Suzuki, el uso de abanicos, el descalzarse al entrar, la vida cotidiana representada por niños, vecinas y trabajadores al inicio… De bello lirismo resulta la escena en que Cio-Cio San, tras el coro a boca cerrada, aparece adormecida en el jardín, contemplando el mar. La conclusión fue abordada con extrema intensidad: el niño se lanza sobre el cuerpo agonizante de su madre, siendo arrancado por un padre al que no conoce.

La noche del estreno, durante el primer acto, al cantar mirando al público, varios intérpretes parecían más preocupados de proyectar la voz que de interactuar, lo que limitó la expresividad y afectó la teatralidad. Algo similar ocurrió, aunque con menor frecuencia, en el segundo acto. Otro problema fue la disposición escenográfica que firmaba Pablo Núñez (al igual que el rico y también detallista vestuario): al ubicar la casa hacia la izquierda y hacer que allí transcurrieran momentos importantes, se restringió la visibilidad para un sector del público. Por otra parte, la aparición de Dolore al inicio del segundo acto se transformó en cierta medida en un spoiler, ya que difumina el efecto dramático que se crea cuando el público descubre junto a Sharpless que Cio-Cio San ha tenido un hijo. Núñez propuso una escenografía sobria y funcional: la colina en Nagasaki, con una casa japonesa de madera, paneles corredizos (fusuma o shoji) y suelo de tatamis; gracias al recurso de proyecciones, pudo verse la llegada de la nave de Pinkerton. Lo conceptual y la creación de atmósferas se vieron apoyadas por la eficaz iluminación de Ricardo Castro.