CRÍTICAS
NACIONAL
Un Bartók sin alma en su estreno en el Real
Madrid
Teatro Real
Bártok: EL MANDARÍN MARAVILLOSO / EL CASTILLO DE BARBA AZUL
La (im)posibilidad de amar
Christof Fischesser, Evelyn Herlitzius. Dirección musical: Gustavo Gimeno. Dirección de escena: Christof Loy. 2 de noviembre del 2025.
El Teatro Real presentó en una doble programación dos de las principales obras de Béla Bartók: el ballet pantomima El mandarín maravilloso y la única ópera del compositor húngaro, El castillo de Barba Azul (ver previa en este enlace), conformando el espectáculo titulado La (im)posibilidad de amar. El programa de mano ya advertía que el Leitmotiv que uniría ambas piezas iba a ser la introspección, el indagar en uno mismo y, efectivamente, el espectáculo plantea una interpretación bastante acertada del libreto de Béla Balázs, que modifica sustancialmente el enfoque de la historia original de Charles Perrault por uno mucho más humano y mucho más crudo (ver el análisis literario de esta obra en la sección Música y palabras, en este enlace).
Pero a pesar de la correcta elección del tema que guiaría la propuesta teatral, el resultado en general fue sumamente decepcionante al convertirse este viaje introspectivo en una excusa para que el director de escena Christof Loy presentase en el Teatro Real un montaje alarmantemente pobre que, si bien, pudo funcionar para la parte del ballet, careció completamente de sentido para la ópera, título que, por otra parte, se estrenaba en este escenario.
La producción presenta una escena costera: se aprecia el final de lo que parece ser un muelle, una cabina de teléfono y basura tirada por el suelo —lo que bien podría ser una crítica a la contaminación del litoral— en un ambiente lúgubre, tétrico y tenso, envuelto en niebla, lo que conecta bien con la tensión de la música de Bartók. La coreografía, aunque no muy prolífica y, en ocasiones, repetitiva, se adaptaba correctamente a la música: por ejemplo, los movimientos elásticos maridaban perfectamente con la sinuosidad de los solos de clarinete. Pero la partitura de Bartók está llena de contrastes y, a la decadencia se opone el amor, la esperanza… Pero también la violencia, la cual estuvo perfectamente caracterizada tanto por el cuerpo de baile como por una orquesta muy rítmica, compacta, ágil, que, sin duda, demostró el prodigio de la batuta de Gustavo Gimeno.
El ballet culmina, en esta propuesta, con un añadido de cosecha propia de Loy: una Resurrección planteada por el regista en la que el Mandarín vuelve a la vida mientras se escucha el primer movimiento de la Música para cuerdas, percusión y celesta, partitura de Bartók que completa el espectáculo. Aunque hermoso y bien interpretado, este «Andante tranquilo» rompe con el ritmo narrativo del ballet y no termina de funcionar escénicamente, preludiando el desastre que iba a producirse tras el entreacto con El castillo de Barba Azul.
La escenografía se mantuvo para una obra que, más allá de la firma del compositor, nada tiene que ver con la precedente. La puesta en escena no aportó nada: los intérpretes deambulaban por el escenario como podrían haberlo hecho por cualquier otra ambientación. El movimiento escénico no tenía ningún tipo de relación con la historia que esta maravillosa música contaba y que invita a una gestualidad muy diferente. El trabajo de Loy solamente se puede definir como frustrante —casi se trataba una semiescenificación—, ya que la obra de Bartók, sin duda, merece mucho más, como también lo merecieron los excelentes solistas. Evelyn Herlitzius maravilló con su amplio registro y por el dominio absoluto de sus notas más graves; su voz estaba repleta de emoción y de matices que supo acentuar mediante una articulación musical exquisita: stacatti completamente secos y autoritarios que justificaban, mediante la música, que Barba Azul no pudiera negarse a darle a Judith cada una de las llaves de sus siete puertas.
Christof Fischesser, por su parte, estuvo también sublime: un chorro de voz rico en armónicos que supo moldear con una musicalidad perfecta, adaptándose a las distintas emociones —culpa, orgullo, temor…— que abarrotan la mente de este complejo personaje. Ambas voces encajaron muy bien con una orquesta que estuvo magnífica bajo las órdenes de Gustavo Gimeno, la auténtica estrella de la noche gracias a un uso inteligentísimo de los matices, un buen equilibrio entre las distintas secciones de la sinfónica y los solistas que supieron sobresalir en los momentos adecuados. Fueron maravillosos los efectos de la percusión para representar la cámara de las gemas, la potencia de la orquesta cuando Barba Azul muestra la inmensidad de sus vastos territorios o la emoción que supieron transmitir los violines ante la inminente apertura de la séptima puerta. * David SANTANA CAÑAS, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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