CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Yoncheva, Kaufmann y Terfel, trío de divos para una 'Tosca' de luces y sombras
Zúrich
Opernhaus Zürich
Puccini: TOSCA
Sonya Yoncheva, Jonas Kaufmann, Bryn Terfel, Brent Michael Smith, Valeriy Murga, Johan Krogius, Steffam Lloyd Owen, Nives Rist, Evan Gray. Dirección musical: Marco Armiliato. Dirección de escena: Robert Carsen. 28 de septiembre de 2025.
Semana inaugural en la Opernhaus Zürich, repleta de grandes nombres, que culmina con esta Tosca de tres divos y una dirección de fuerte personalidad, más brillante que medida por momentos. La lectura de Marco Armiliato, expansiva y de gran pulso teatral, hizo cantar a la orquesta con amplitud y fraseo generoso; sin embargo, el volumen resultó excesivo en pasajes clave y el Te Deum del primer acto dejó a Bryn Terfel cubierto en más de una ocasión, rebajando el impacto de la escena. Aun así, el arco dramático estuvo bien sostenido y los clímax llegaron con autoridad, mereciendo una ovación destacada.
El trío protagonista ofreció una velada de fuerte magnetismo escénico, aunque con resultados vocales desiguales. Sonya Yoncheva firmó una Tosca intensísima y verosímil como actriz, de gesto decidido e instinto teatral. Vocalmente, el instrumento acusó falta de homogeneidad: graves a menudo poco audibles y algunos agudos calados, pero con un centro de indudable belleza que le permitió un «Vissi d’arte» dicho con intención, aunque sin la línea ni la suspensión poética que coronan el aria. El dúo del tercer acto con Cavaradossi no terminó de cuajar: ataques abiertos y fraseo forzado restaron vuelo al episodio. El público, no obstante, premió su entrega.
Jonas Kaufmann volvió a firmar un Cavaradossi muy personal. «Recondita armonia» llegó noble y bien sostenida; el dúo del primer acto destiló auténtica química, y el «Vittoria!» del segundo resonó con brillo espectacular. En «E lucevan le stelle» afloró su sello más reconocible —pianissimi, coloraciones sombrías, algún engolamiento—: emocionante para muchos, excesivo para otros. Entre bravos se escuchó alguna protesta aislada. Con todo, su autoridad escénica y la verdad del personaje siguen siendo incuestionables.
Bryn Terfel acusa el paso del tiempo en la inmediatez del ataque y en la proyección del registro alto —la frase inicial «Un tal baccano in chiesa!» no impactó como antaño y el Te Deum quedó desdibujado por balance—; sin embargo, conserva una clase y un oficio que siguen haciendo de su Scarpia un referente: dicción afilada, mezza voce insinuante, ironía venenosa y un segundo acto modélico por cinismo y lascivia, con dominio absoluto del tiempo dramático. Fue, junto al maestro Armiliato, el más ovacionado.
Muy solventes los comprimarios: Brent Michael Smith (Angelotti), con empaque y proyección; Johan Krogius (Spoletta), eficaz; y Valeriy Murga (Sagristano), bien caracterizado.
La reposición de Robert Carsen reafirma su vigencia con una economía de medios que enmarca la acción en un claro teatro dentro del teatro. La iglesia del primer acto —sugerida por filas de sillas y la pasarela del lienzo— convierte a fieles y espectadores en un mismo público; Scarpia irrumpe casi como director-impresario que controla focos, cuerpos y miradas; el Palazzo Farnese se reduce a un escritorio desde el que el poder escenifica su liturgia; y el tercer acto, desnudo, expone el mecanismo teatral sin decorado, confiado a la luz como spot que decide qué vemos y qué no. Los gestos simbólicos —la tiza que reemplaza la carta de Cavaradossi (la ficción escrita a la vista), la rosa que Tosca deposita sobre el cadáver de Scarpia (eco de saludo final)— subrayan esa capa metateatral: la diva que actúa ser diva, el verdugo que dirige la escena, el público que asiste a una ejecución representada que deviene real. Sin buscar efecto nuevo, la propuesta concentra la tensión en los intérpretes y deja que la música termine de escribir la obra ante nuestros ojos. * Albert GARRIGA, corresponsal en Zúrich de ÓPERA ACTUAL
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