Mahler y Puccini bajo el signo del dolor

Oviedo

14 / 09 / 2026 - Jonathan MALLADA - Tiempo de lectura: 3 min

La nueva producción de 'Suor Angelica' de Joan Anton Rechi © Ópera de Oviedo / Iván MARTÍNEZ
Jacques Imbrailo en 'Kindertotenlieder' © Ópera de Oviedo / Iván MARTÍNEZ
La nueva producción de 'Suor Angelica' de Joan Anton Rechi © Ópera de Oviedo / Iván MARTÍNEZ

Ópera de Oviedo

SORROW (Mahler: KINDERTOTENLIEDER y Puccini: SUOR ANGELICA)

Nueva producción

Jacques Imbrailo, Beatriz Díaz, Ana Ibarra, María Heres, Anna Tobella, Marina Pardo, Montserrat Seró, Ángeles Rojas, Anna Cabrera, Andrea Jiménez, Vilma Ramírez. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA). Dirección musical: Diego Martin-Etxebarria. Dirección de escena: Joan Anton Rechi. Teatro Campoamor, 12 de septiembre de 2026.

La Ópera de Oviedo alzó el telón de su 79ª temporada con Sorrow, una propuesta ideada por Joan Anton Rechi que reúne dos obras hasta ahora inéditas en el Teatro Campoamor: Kindertotenlieder, de Gustav Mahler, y Suor Angelica, de Giacomo Puccini (ver previa en este enlace). Pese a pertenecer a universos estilísticos diferentes, ambas partituras confluyen en torno a una experiencia común: el sufrimiento provocado por la pérdida de un hijo, premisa sobre la que se articula un espectáculo que transita entre el dolor, la culpa y la posibilidad de redención.

La escenografía del espectáculo se estructura mediante cuatro elementos móviles que durante los Kindertotenlieder delimitan un espacio abierto y diáfano para transformarse después en los muros y celdas del convento sienés –aquí trasladado al siglo XX– imaginado por Puccini. La iluminación de Alberto Rodríguez adquiere especial relevancia al acompañar los distintos estados anímicos, reforzar el carácter evocador de los poemas de Friedrich Rückert y construir en Suor Angelica imágenes de gran belleza plástica, aspectos en consonancia con el vestuario de Gabriela Salaverri, basado en la contraposición blancos y negros, reforzando la dimensión simbólica de la propuesta y revistiéndola de una austera elegancia. Completaban el espacio algunos elementos de utilería cuyo desplazamiento, a través de una cinta transportadora, podría haberse ejecutado con menor ruido de la maquinaria, si bien, en líneas generales, la propuesta funcionó como un marco eficaz que dirigía el protagonismo hacia la música y a las emociones concentradas en ambas obras.

"Jacques Imbrailo realizó una notable interpretación, desplegando un instrumento flexible y bien proyectado, con un registro grave firme, agudos incisivos y un centro vocal de gran consistencia"

Jacques Imbrailo realizó una notable interpretación de los Kindertotenlieder, desplegando un instrumento flexible y bien proyectado, con un registro grave firme, agudos incisivos y un centro vocal de gran consistencia, al que añadió una destacada capacidad teatral. Situado en el eje del escenario y ataviado con sotana, aparecía frente a diez pequeños ataúdes, configurando una imagen de fuerte impacto visual a la que se añadían, a lo largo de las cinco canciones del ciclo, la presencia de figurantes y bailarines que reforzaban el carácter solemne y ceremonial de la propuesta.

Beatriz Díaz afrontó el personaje de Sor Angélica con una intensidad que fue creciendo conforme avanzaba la representación, con un inicio algo contenido en «Senza mamma» mostrando un dominio total de las dinámicas y supeditando acertadamente los fraseos al lirismo de esta página pucciniana que desbordaría durante el desenlace, con la soprano allerana entregada por completo, vocal y dramáticamente, a su rol, brindando pasajes de un efectismo extraordinario.

Ana Ibarra otorgó a La Tía Princesa una marcada severidad y una poderosa dimensión dramática, especialmente patente en sus graves, profundos y de considerable presencia, acompañados por un convincente trabajo gestual, mientras que María Heres imprimió a la Madre Abadesa una autoridad incuestionable, sustentada en una voz de atractiva tonalidad oscura y amplia proyección.

El resto de voces del elenco femenino mantuvo un nivel homogéneo: Anna Tobella interpretó a la hermana celadora con acierto y profesionalidad, Ángeles Rojas combinó una voz contundente con una apreciable presencia escénica en sus intervenciones y Marina Pardo, como la Maestra de Novicias, se distinguió por una voz de mayor peso que produjo un contraste muy necesario a nivel tímbrico. Vilma Ramírez y Anna Cabrera evidenciaron emisión cuidada y timbre bien definido, al tiempo que Montserrat Seró y Andrea Jiménez aportaron musicalidad y belleza canora. El conjunto, reforzado por el Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo), funcionó con una gran cohesión y permitió disfrutar de unos pasajes colectivos bien ensamblados.

Desde el foso, la OSPA mantuvo un nivel interpretativo muy elevado a lo largo de todo el programa y, bajo la batuta de Diego Martin-Etxebarria, priorizó los equilibrios sonoros y la brillantez tímbrica que subyace en ambas partituras. Asimismo, tanto la banda interna (con integrantes de la Banda de Música Ciudad de Oviedo) como el coro infantil de la Escuela de Música Divertimento resolvieron sus intervenciones con precisión y solvencia.  * Jonathan MALLADA, corresponsal en Oviedo de ÓPERA ACTUAL

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