CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Un vacuo ejercicio teatral de Peter Sellars une Schönberg con Mahler
Salzburgo
Festival de Salzburgo
Schönberg: ERWÄRTUNG / Maher: DER ABSCHIED
Nueva producción
Ausrine Stundyte, Fleur Barron. Dirección musical: Esa-Pekka Salonen. Dirección de escena: Peter Sellars. Felsenreitschule, 15 de agosto de 2025
La programación diseñada por Makus Hinterhäuser, intendente del Festival de Salzburgo, para la edición de 2025 no estaba exenta de riesgos, al menos en el capítulo de la ópera escenificada: dos propuestas barrocas, un título contemporáneo, una muestra —inusual en estas latitudes— de bel canto, una reposición de un título de gran repertorio (Macbeth), un espectáculo inclasificable y ningún Mozart (aunque sí en concierto). Sea por esta selección artística, por el elevado precio de las localidades o por la suma de estas u otras razones (el calor infernal durante algunos días de festival), lo cierto es que Salzburgo no ha colgado el cartel de entradas agotadas en ninguna función lírica, y en las representaciones reseñadas no se vislumbraba el típico cartel de Suche Karte. Una señal preocupante ahora que el festival ha iniciado un ambicioso período de obras de renovación y ampliación de sus sedes que deberá culminar en 2030 y que comportará el cierre durante un par de años del escenario principal, el Grosses Festspielhaus.
El espectáculo inclasificable llevaba la firma de Peter Sellars, intento fútil bajo el título de One Morning Turns Into An Eternity de unir el monodrama Erwartung de Schönberg con Der Abschied, último movimiento de Das Lied von der Erde de Mahler. Más allá de las conexiones (también las diferencias) entre ambos compositores, el esfuerzo era arduo, porque si la pieza de Schönberg al menos sigue un curso dramático por la mente de una mujer en búsqueda de su amante, la obra de Mahler es poesía contemplativa y evocadora que se resiste a la escena. Al menos, Sellars no lo consiguió.
El resumen argumental que el director norteamericano publica en el programa de mano empeora las cosas, no tanto por el contenido político que intenta imponer a Erwartung, sino porque en la práctica casi nada de lo que explica se refleja en el escenario. En la amplitud de la Felsenreitschule el diseñador George Tsypin ha plantado diversos tubos metálicos giratorios con adherencias negras que evocan el bosque donde penetra la protagonista de Schönberg, en un espacio delimitado por alambres y con diversas rocas redondeadas. La iluminación de James F. Ingalls combina el rojo sangriento con el blanco lunar.
Después de un inicio prosaico (dos operarios entregando la bolsa con un cadáver a la protagonista), la acción se concentra en Ausrine Stundyte, con los colores raucos de la voz, la mirada alucinada y la presencia escénica avasalladora que la caracterizan. La soprano navegó con intensidad por la montaña rusa de emociones divergentes y traumáticas de Erwartung. Las Cinco piezas para orquesta opus 10 de Webern sirvieron de enlace con la partitura de Mahler, en la que todo dramatismo se evaporó. Fleur Barron hizo lo que pudo, moviéndose por el escenario en medio de un vacío teatral absoluto que ni los fundidos a negro ni la imagen, solitaria, del flauta solista en uno de los arcos de la sala, compensaron. El timbre denso y la musicalidad exquisita de la mezzosoprano garantizaron, al menos, la calidad musical.
Porque si esta velada de poco más de una hora de duración tuvo sentido fue por el apartado musical, en especial por la dirección magistral de Esa-Pekka Salonen. Con una Filarmónica de Viena siempre alerta, el director finlandés gestionó las explosiones y retractaciones sonoras de Erwartung exacerbando la modernidad sin concesiones de la partitura. El paréntesis weberniano fue objeto de una disección reveladora de sus elementos constitutivos, mientras que en Mahler Salonen evitó endulzar la nostalgia de la obra, con un discurso fluido, de contenida nobleza, que supo sacar provecho de las sonoridades envolventes de la orquesta. * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL
Fleur Barron reemplazaba poco antes del estreno de One Morning Turns Into An Eternity a Wiebke Lehmkuhl, baja por razones familiaries que sí pudo participar en la imponente lectura de la Misa en fa menor de Bruckner que, horas antes de la función reseñada, ofrecía uno de los directores favoritos del festival, Riccardo Muti, al frente de una Filarmónica de Viena que reserva sus mejores efluvios dorados al músico italiano. Una orquesta que continúa siendo uno de los pilares básicos de Salzburgo- Xavier Cester.
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