CRÍTICAS
NACIONAL
Una 'Traviata' belcantista y distanciada en el Real
Madrid
Teatro Real
Verdi: LA TRAVIATA
Nadine Sierra, Xabier Anduaga, Luca Salsi, Karina Demurova, Albert Casals, Tomeu Bibiloni, David Lagares, Giacomo Prestia, Joan Laínez, Ihor Voievodin, Athol Farmer. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Henrik Nánási. Dirección de escena: Willy Decker. 24 de junio de 2025.
Tras las memorables funciones de 2020, Violetta Valéry volvió al escenario del Teatro Real, esta vez en la supericónica producción de Willy Decker, que cuenta ya con 20 años a sus espaldas (ver previa en este enlace). En su tiempo resultó rompedora, y como se sigue programando, es de suponer que ha accedido al rango de los clásicos. En realidad, los años la van dejando aún más desarrapada de lo que ya era de por sí, con ese único escenario gris ratón, el omnipresente reloj de Ikea, los sofás de consulta de dentista y, como única concesión a la fantasía, unas telas con horrendos estampados florales. Como es sabido y como sucede en otras propuestas de este título, no hay más mujeres en el escenario aparte de la protagonista, solo Annina, vestida de negro, como una campesina siciliana de luto, y —no podía faltar, por mucho que Verdi detestara estas cosas— de un figurante en travesti en la fiesta del segundo acto. A la pobre Flora Bervoix la visten de hombre, para que no destaque, sin duda.
Seguramente Decker pretendió dar a la descarriada Violetta una dimensión trágica e intemporal, como si se asistiera al nacimiento de un mito eterno, sobrehumano, más allá de la historia, más aún del muy pedestre enredo de la demi mondaine parisina encaprichada de un muchacho resultón y mal educado. Es mucho peso para los hombros sumamente frágiles de Violetta y Alfredo, incluso para los del suegro frustrado. Eso sí, lo que Decker consiguió en su momento, y se va acentuando con el paso de los años, es acabar con la sentimentalidad desbordada y puramente melodramática. Claro que eso es el núcleo incandescente de la historia de Dumas hijo y de la música de Verdi.
Esterilizada y seca la raíz de las emociones, quedan los actores. Condenados a circular sin parar por un escenario desnudo, se dedican a gesticular de lo lindo, sin duda para transmitir la gravedad del dramón que están representando. Hay buenos detalles, como los protagonizados por Giorgio Germont con Violetta y luego con su hijo. Otros, en cambio, resultan poco creíbles, aunque en algún momento se alcanza aquel supremo y sublime ridículo propio de la ópera a la antigua, como cuando Violetta se encara con el dichoso reloj que le marca, cruel, el tiempo de vida, de amor y de ilusión que le resta, o cuando Alfredo entona el “Io vivo quasi in ciel” en calzoncillos y envuelto en una especie de bata o manta estampada de floripondios.
Descartada la actuación, sigue quedando lo propio del arte operístico, que es el canto. Se podía esperar de dos primeros espadas, como son Nadine Sierra y Xabier Anduaga, que se impusieran y pusieran las cosas en su sitio. La verdad es que lo logran solo a medias. Es cierto que la maravillosa voz de Sierra ha ido adquiriendo tintes cada vez más dramáticos y más densos, incluso más oscuros por momentos, sin perder nada de su belleza ni de su prodigiosa —y vertiginosa— capacidad para los embellecimientos y los agudos. Aun así, la suya es una Violetta puramente belcantista, concentrada hasta rozar la monotonía en filados y pianísimos; preciosa y contenida, eso sí, la explosión de “Amami, Alfredo”. Algo parecido le ocurre a Xabier Anduaga: el instrumento no presenta problemas técnicos para cantar Alfredo, pero le falta emotividad y le sobran adornos, ritardandi, cambios de dinámica, como en el “Oh mio sospiro, oh palpito” que parecía uno de esos afectados da capi de algún interminable oratorio barroco. Claro que, como sucede con Sierra, Anduaga tiene una elegancia innata y una voz bellísima que con el tiempo ha ido cobrando matices más aterciopelados y aún más sugestivos, como de una masculinidad a punto de cuajar. Sin contar con que ambos dan perfectamente el tipo de los jóvenes atolondrados y sin vergüenza, convertidos muy a pesar suyo en paladines de autenticidades y sinceridades morales que les vienen grandes y de las que de buena gana prescindirían.
El barítono Luca Salsi transitó un camino similar, con un Giorgio Germont de excelente presencia escénica y voz cálida y convincente, pero demasiado concentrado en las cuestiones canoras, más que en las expresivas, en particular en un distanciado y reticente “Di Provenza il mar”. Apenas se pudo apreciar la hermosa voz de Karina Demurova, con su Flora perdida en medio del coro vestido de negro. Excelente la Annina de Gemma Coma-Albart y muy bien todos los demás, en particular el Doctor Grenvil de Giacomo Prestia, que consiguió, a pesar de todo, lucirse en las escenas finales. Empastado y expresivo el Coro Titular, aunque ajeno a las exigencias de individualización propias de la que es la ópera más intimista de Verdi. Excelente la Orquesta, bien dirigida, con algún exceso de amaneramiento en los contrastes, por Henrik Nánási. Quizás trataba de evitar el aburrimiento… Gran éxito, como era de esperar, en una velada de gala. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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