CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Feliz debut de Diana Damrau como Mariscala
Berlín
Staatsoper Unter den Linden
Strauss: DER ROSENKAVALIER
Diana Damrau, Emily D’Angelo, Regula Mühlemann, David Steffens, Roman Trekel, Adriane Keiroz, Karl-Michael Ebner, Katarina Kammerloher. Dirección musical: Axel Kober. Dirección de escena: André Heller (revisión a cargo de Katharina Lang). 25 de enero de 2025.
Había cierta expectación por esta reposición del Rosenkavalier pandémico de André Heller, estrenado en febrero de 2020 en la Staatsoper Unter den Linden, ya que suponía el debut de la gran diva germánica de las últimas décadas, Diana Damrau, en el icónico papel de la Mariscala. La que otrora fuera una deliciosa Sophie ha hecho su debut en un momento quizá un tanto tardío de su carrera, si bien es cierto que no por ello ha sido menos afortunado. En lo interpretativo, Damrau perfila una Mariscala sui generis, efusiva y dicharachera, alejada de la contención y la retenue a las que marcan el canon; noble a su manera, más cercana quizá a la alegría franca de la campiña bávara que a la sobriedad aristocrática de la Viena del siglo XVIII. No obstante, su Mariscala sabe encontrar el punto justo de nostalgia cuando el libretto se pone serio —imperial en el monólogo del primer acto— y acaba imponiéndose porque desprende ese magnetismo reservado solo a las más grandes. Más allá de esto, su prestación es un verdadero gozo estilístico: fraseo cristalino, articulado siempre sobre la palabra —genuinamente straussiano en esto—, apoyado siempre sobre una línea de canto impecable, de muchos quilates vocales todavía, generosa en reguladores y redondeada en toda la extensión. El único pero que podría atribuírsele es cierto vibrato que delata su centro en las expansiones líricas.
La soprano alemana contó con una acompañante de lujo en la canadiense Emily D’Angelo; mezzo, esta, de una personalidad tímbrica interesante, de línea elegante, sin una voz grande pero que sabe proyectar con aplomo cuando la densidad orquestal lo requiere, firmó un Octavian de fraseo sobrio, convincente asimismo en los tintes cómicos de Mariandel en el tercer acto. Además, en lo actoral cumplió a la perfección con el aspecto andrógino que reclama el papel. Lo único: un registro de pecho un tanto débil. Por su parte, deslumbró Regula Mühlemann encarnando una sensual Sophie, a la que la soprano suiza supo honrar con los etéreos pianissimi de la presentación de la rosa en el segundo acto. El bajo bávaro David Steffens, de instrumento mate y poderoso, caracterizó un Baron Ochs más que solvente, quizá demasiado solemne para hacer creíble al crápula libertino que entraña el personaje.
Axel Kober concertó con maestría la Staatskapelle de Berlín, una formación entrenadísima —de las que puede decirse que prácticamente tocan solas— que lució en los solos pedigrí straussiano (¡refulgentes metales!). Se echó de menos, no obstante, una lectura un poco más atenta al escenario por parte del maestro alemán: ciertos excesos decibélicos (sobre todo en el primer acto), así como unos tempi ocasionalmente acelerados (como en el segundo dúo de Octavian y Sophie, en el segundo acto) ensombrecieron la magnífica prestación de los cantantes.
Excelente el trabajo de Katharina Lang, que ha sabido otorgar mayor teatralidad —sobre todo en el cómico tercer acto, con sus aires de opereta— en esta revisión de la producción original de André Heller, la cual entraña su gran virtud en la propuesta estética. Ambientar el Rosenkavalier en la Viena de la Sezession (con cameo del propio Gustav Klimt incluido) es un hallazgo mayúsculo. Existe un lazo entre el timbre plateado de Strauss y los dorados de Klimt, y es exactamente el mismo lazo que conecta sensibilidades y constituye las grandes épocas de florecimiento artístico. * Ferran VILA I RIERA, crítico de ÓPERA ACTUAL
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