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Lear desata su furia inaugurando la temporada en el hangar de Tempelhof con Barrie Kosky
Berlín
Komische Oper
Reimann: LEAR
Nueva producción. Inauguración de la temporada
Scott Hendricks, Dimitry Ivashchenko, Philipp Meierhöfer, Günter Papendell, Aryeh Nussbaum Cohen, Brenton Ryan (Rosie Aldridge Nicole Chevalier y Dagmar Manzel (Bufón). Dirección de escena: Barrie Kosky. Dirección musical: Nicholas Carter. 16 de septiembre de 2026.
La Komische Oper de Berlín inauguró el miércoles su temporada 2026-27 en el Hangar 4 del antiguo aeropuerto de Tempelhof, un espacio que ha convertido sus espectáculos en auténticos acontecimientos. Esta vez, además, parecía concebido para la obra: Lear, de Aribert Reimann, exige amplitud, distancia y una potencia sonora difícil de contener en un teatro convencional. Barrie Kosky, intendente de la Komische Oper entre 2012 y 2022, aprovechó esa escala para construir, paradójicamente, un montaje de extrema austeridad visual. La escenografía de Rebecca Ringst llevó esa economía de medios al límite: una superficie casi vacía, atravesada por una plataforma negra que puede ser mesa, trono o pasarela, hasta convertirse finalmente en territorio de desolación. Kosky no sitúa el drama de Shakespeare en una actualidad reconocible. Cuanto más vasto es el espacio, más aislados parecen sus personajes.
Si Kosky vacía la escena, el director australiano Nicholas Carter llenaba el hangar de sonido. Al frente de la Orquesta de la Komische Oper, explotó las dimensiones de un recinto capaz de sostener la descomunal percusión de Reimann. La amplificación restaba quizá algo de precisión, pero por otra parte produjo una experiencia física extraordinaria. Durante la tormenta, metales, gongs y percusión hicieron vibrar el edificio: la música no acompañaba la locura de Lear, parecía brotar de su interior.
En el centro, el barítono estadounidense Scott Hendricks compone un Lear de gran tensión y claridad: conserva durante buena parte de la obra la potencia vocal y parece oponerse, también con la voz, a su propia decadencia. Solo en las escenas finales emerge el hombre quebrado.
Sus hijas se distinguen por tres colores muy contrastados. La mezzosoprano británica Rosie Aldridge lleva a Goneril hacia una expresión casi febril; la soprano estadounidense Nicole Chevalier convierte a Regan en una presencia vocal arrolladora; ambas pasan de la adulación a la crueldad mediante coloraturas endiabladas. Frente a ellas, Penny Sofroniadou encuentra en Cordelia las líneas más líricas de la partitura: un canto claro y vulnerable que abre pequeñas islas de calma en medio de la disonancia.
La segunda tragedia familiar mantiene el nivel. Günter Papendell confiere gravedad a Gloucester; Brenton Ryan despliega como Edmund un tenor brillante y un encanto escénico agresivo, mientras el contratenor Aryeh Nussbaum Cohen presta a Edgar una fragilidad casi irreal, capaz de transformarse después en determinación. La actriz y cantante Dagmar Manzel, figura de larga trayectoria en la escena berlinesa y antigua cómplice artística de Kosky, encarna al Bufón con una calidez casi compasiva, más melancólica que burlona.
Estrenada en 1978, Lear es una de las pocas óperas alemanas de posguerra plenamente asentadas en el repertorio. Kosky no intenta suavizarla con esta propuesta: la deja ser áspera, disonante y despiadada. Al final, en la inmensidad oscura de Tempelhof, quedaban apenas los cuerpos y un padre ante la hija a la que expulsó por decirle la verdad. El hangar agranda la tragedia y, extrañamente, la vuelve más íntima. * Coco RODEMANN, corresponsal en Berlín de ÓPERA ACTUAL
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