Reportajes

Estudio 285. Barbieri, o el latido de un nuevo espíritu

Francisco Asenjo Barbieri está en plena vigencia gracias a un Barberillo de Lavapiés que ha enamorado a Suiza y que en febrero inaugura el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo, a la espera de ese Jugar con fuego que en marzo regresa al Teatro de La Zarzuela.

01 / 01 / 2026 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 6 min

basilea barbieri La nueva producción de Christof Loy de 'El barberillo de Lavapiés' © Theater Basel / Cingo HOEHN
Zarzuela 2025-2026 'Jugar con fuego' © La Zarzuela
'El barberillo de Lavapiés' en su estreno en Basilea (Suiza) dirigida por Christof Loy y José M. Pérez-Sierra

Francisco Asenjo Barbieri es una de esas figuras capaces de condensar las tensiones, aspiraciones y contradicciones del siglo XIX. Ensayista, gestor, musicólogo, polemista y bibliófilo, tal vez sea su faceta como renovador del género lírico la que lo eleve a mayor altura. Su nombre está en plena vigencia hoy incluso a nivel internacional, gracias a un Barberillo de Lavapiés que ha enamorado a Suiza y que en febrero inaugura el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo, a la espera de ese Jugar con fuego que en marzo se anuncia en el Teatro de La Zarzuela de Madrid. Ello después del rescate de la zarzuela en un acto El Vizconde que, junto a su entremés lírico-cómico Gato por liebre, se recuperaban en la Fundación Juan March.

 

 

La figura de Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894) está intrínsecamente ligada a la temporada madrileña. Una revisión de la prensa de finales del siglo XIX y principios del XX (La Época, El Liberal) demuestra que sus zarzuelas más famosas, como El Barberillo de Lavapiés, Jugar con fuego o Pan y Toros se reprogramaban con frecuencia cada invierno tras el parón navideño. Eran garantía de llenar teatros. Y lo siguen siendo.
Más que un rey de la taquilla –y esto, ahora, también a nivel internacional tras el reciente triunfo de su Barberillo en Suiza–, en torno a su figura se articula todo un género capaz de servir como espejo de la sociedad española y vehículo exquisito para sus inquietudes. En una conferencia impartida el 25 de abril de 1869 en una universidad madrileña —La música y la mujer—, reflexionaba Barbieri sobre la importancia de la voz en el desarrollo de la humanidad: “El canto es instintivo en la humanidad, y a la revelación divina se debe lo que hoy llamamos melodía, que no fue en su origen otra cosa que una rústica sucesión de sonidos de la que el hombre se valía para expresar sus tristezas, sus alegrías y hasta sus necesidades, llegando por este camino a la formación de la palabra y del lenguaje hablado. Con lo cual se prueba la mayor antigüedad de la música sobre la literatura y las demás artes y ciencias”. Era su reivindicación del ámbito artístico al que se dedicó durante toda su vida en cualquiera de sus variantes, en su intento denodado por acompasar el desarrollo musical español al del resto de Europa. Su ubicuidad musical esconde, como tan habitualmente en España, una precariedad endémica vinculada al mundo artístico y contra la que luchó durante toda su carrera sobre la base de reinventar los modelos empresariales.

"Para Barbieri el género lírico se va a convertir en la representación más clara del poder ético y estético de la música"

Barbieri era el producto inesperado de una sociedad intelectualmente polarizada y herida con reiteración en su orgullo cultural, y esas insuficiencias monopolizarán su mirada durante décadas. Nacido prácticamente entre bambalinas, fue el Teatro de la Cruz —gestionado por su abuelo— su primer jardín de infancia y uno de los responsables germinales de su marcada intuición compositiva. No se trataba solo de un deslumbramiento puramente musical a cuenta de los arcos melódicos belcantistas de Bellini o Donizetti. Era más bien la certeza de que en el teatro musical se encontraba la largamente buscada solución a la dicotomía entre arte y entretenimiento. Para Barbieri el género lírico se va a convertir en la representación más clara del poder ético y estético de la música. Allí donde Monteverdi propuso el triángulo operístico perfecto entre música, amor y muerte (L’Orfeo, 1607), Barbieri actualiza los códigos dos siglos y medio más tarde para que sean la música, la palabra y la cercanía de la emoción los nuevos protagonistas del crecimiento cultural de la segunda mitad del XIX.
Dentro de su novelesca peripecia vital temprana, entre los hábitos religiosos y las aulas de disección, será su ingreso en el Conservatorio de Madrid el paso más relevante. Quedará marcado en sus años de estudiante por la influencia de su profesor de composición, Ramón Carnicer, el afamado autor de Adele di Lusignano (1819) o Elena e Costantino (1821). Aquella formación le permitió aprender a estructurar las óperas de forma privilegiada y reaccionar, en un futuro no muy lejano, al melodismo de profunda raíz italiana con el que creció en el conservatorio. La dureza de aquellos años, marcados por la precariedad económica, conformaron parte del espíritu reivindicativo que mostró cuando accedió a espacios institucionalmente más estables, aunque será el éxito rotundo de Jugar con fuego el que le otorgue no solo independencia económica sino autoridad intelectual.
Uno de los ejes de pensamiento que emergieron de aquellos años de peregrinaje y madurez forzosa fue combatir el complejo de inferioridad artística que, a su juicio, arrastraba el creador español desde el final del Siglo de Oro. Para Barbieri las nuevas formas de música nacional —a la postre, la zarzuela grande— debían basarse en la lengua, la historia y las costumbres propias, pero sin renunciar a la modernidad europea. Su concepción del teatro lírico se alejaba tanto de la tragedia solemne como del mimetismo operístico: aspiraba a un género ameno, popular, donde lo cómico y lo maravilloso convivieran con lo social y lo histórico. Obras como Gloria y Peluca (1850), Jugar con fuego (1851) o Los diamantes de la corona (1854) marcaron el nacimiento de esa nueva concepción del espectáculo moderno: rentable, socialmente reconocible y donde la la prosodia del castellano aportaba sentido de pertenencia a los personajes.
No jugará solo a los nuevos entretenimientos: Gaztambide, Hernando y Arrieta, entre otros, se sumarán a esta búsqueda de una voz vanguardista coloreada de acentos asimilados y requiebros regionales. Barbieri construye una dialéctica abierta y flexible, que toma del bel canto italiano la melodía, de Francia las estructuras dramáticas, de Alemania la solidez armónica y del folclore español los ritmos y giros populares. Su mayor genialidad está precisamente en la naturalidad del relato resultante, que huye del pastiche para anclar un nuevo estilo en el imaginario cultural español. Desde su perspectiva, obras consideradas cumbre como Pan y toros (1864) o El barberillo de Lavapiés (1874) demostraban ese talento histórico injustamente menospreciado. Y no hablaba, claro está, desde una perspectiva personal, sino eminentemente generacional.
Casi 80 obras líricas creadas y un vasto legado investigador asimilan su figura con la de un hombre capaz de hacer trascender su punto de vista hasta convertirse en portavoz de una época y principal revulsivo contra los estereotipos hispanos. Casi como una cruel ironía, mientras el mundo descubría en 1875 la España más rancia y arquetípica representada por la Carmen de Bizet, Barbieri rompía los tópicos saliendo de paseo con el estreno de La vuelta al mundo, su viaje inverosímil en tres actos. Porque, como defendía en sus clases magistrales, la música ha de repartirse “por el mundo, infiltrándose más y más en el corazón humano”.

De Basilea a Oviedo

Barbieri es el séptimo compositor lírico más programado este año en los teatros españoles, pero su nombre y su obra trascienden fronteras. La historia entre Paloma y Lamparilla, los protagonistas de El Barberillo de Lavapiés, ha recorrido desde 2022 todo el país tras el estreno en el Teatro de La Zarzuela de la producción de Alfredo Sanzol, montaje que se vio incluso en Bogotá (Colombia, diciembre de 2024). Este curso, otra propuesta escénica del mismo título nacida del ingenio de Christof Loy y estrenada en septiembre alcanzó un éxito incontestable en la Ópera de Basilea (Suiza, ver crítica en este enlace), con todas las funciones agotadas incluso en sus réplicas de finales de diciembre. Todo ello después del rescate de la zarzuela en un acto El Vizconde que, junto a su entremés lírico-cómico Gato por liebre, firmaba también en septiembre para el Teatro de La Zarzuela y la Fundación Juan March el regista Alfonso Romero.
Queda claro que Barbieri sigue despertando fascinación en pleno siglo XXI. En marzo regresa al Teatro de La Zarzuela uno de sus primeros triunfos que, a su vez, consolidaría el formato de la zarzuela grande, Jugar con fuego, en una nueva producción con dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra y escénica de Marina Bollaín (más información en este enlace). Antes, sin embargo, El Barberillo de Lavapiés suizo inaugurará el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo con dos funciones (26 y 28 de febrero), dirección musical de Óliver Díaz y con Carmen Artaza, David Oller, Cristina Toledo y Santiago Sánchez en el reparto.– ÓA

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