Reportajes
El Met de Nueva York vuelve a programar una ópera en español
Carlos Álvarez e Isabel Leonard serán los protagonistas de 'El último sueño de Frida y Diego', primera ópera de la compositora estadounidense Gabriela Lena Frank
El barítono malagueño Carlos Álvarez regresa a la Metropolitan Opera House convertido en el pintor muralista mexicano Diago Rivera. Compartirá escenario con la mezzosoprano argentina Isabel Leonard metida en la piel de la fascinante Frida Khalo. Ambos, bajo la dirección del titular del coliseo neoyorquino, Yannick Nézet-Séguin, serán los protagonistas de El último sueño de Frida y Diego, primera ópera de la compositora estadounidense Gabriela Lena Frank —con libreto en castellano del dramaturgo ganador del Premio Pulitzer Nilo Cruz— estrenada en San Diego en 2022 y repuesta al año siguiente en San Fracisco.
En el umbral entre la vida y la muerte, entre el arte y la memoria, se sitúa El último sueño de Frida y Diego, la ópera de la compositora Gabriela Lena Frank con libreto de Nilo Cruz que en mayo llegará al escenario de la Metropolitan Opera House. Tras su estreno en la Ópera de San Diego y su aplaudido paso por la Ópera de San Francisco, se presenta ahora como uno de los acontecimientos más esperados de la temporada neoyorquina, tanto por su ambición estética como por la potencia simbólica de sus protagonistas: los artistas mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera. La obra nació de un encargo de la San Diego Opera, la Fort Worth Opera de Texas y la De Pauw University School of Music, entidades coproductoras de la obra a las que posteriormente se sumó la San Francisco Opera.
Lejos de una aproximación biográfica convencional, El último sueño de Frida y Diego propone una relectura poética del mito de Orfeo y Eurídice. “Una biografía al uso no habría servido bien a esta obra”, afirma Gabriela Lena Frank a ÓPERA ACTUAL al evocar los primeros encuentros con el libretista Nilo Cruz. Fue precisamente a partir de una música inspirada en el Día de Muertos cuando surgió la clave conceptual: un Orfeo invertido, donde el amor no solo desciende a los infiernos, sino que busca redención en un territorio liminal. “Nilo encontró desde el inicio esa estructura, y fue un gesto de auténtico genio”, recuerda la compositora.
Ese territorio liminal —el Día de Muertos— no es aquí mero decorado, sino eje dramático. En él, los vivos y los muertos conviven, el tiempo se suspende y la memoria adquiere corporeidad. Para Cruz, este contexto permite “suspender el tiempo lineal y entrar en una dimensión cercana al sueño”, en el cual la reconciliación y el conflicto se entrelazan. La ópera transcurre en apenas 24 horas, pero su densidad emocional abarca toda una vida compartida. La figura de La Catrina, guardiana de ese umbral, articula el tránsito entre mundos. Presente en el imaginario mexicano y en la obra pictórica de Rivera, actúa como mediadora y recordatorio de la fugacidad. Su inclusión refuerza la dimensión teatral de una partitura que, en palabras de Frank, aspira a diferenciar musicalmente los tres planos de la obra: el mundo de los vivos, el de los muertos y el del arte.
En este sentido, la orquestación juega un papel fundamental. La compositora optó desde el inicio por trabajar directamente sobre el tejido orquestal, sin reducción previa, consciente de que el color sería clave para construir la atmósfera onírica. “Mi objetivo era que, incluso sin voces, el oyente pudiera reconocer en qué escena se encuentra”, explica. El resultado es un lenguaje rico en matices, en el que instrumentos como la marimba —con una presencia constante, aunque a veces casi imperceptible— actúan como hilo conductor, evocando una identidad cultural sin caer en clichés folklóricos. Esa voluntad de evitar lo evidente atraviesa toda la obra. “No quería recurrir a lo superficial del folclore mexicano, sino a algo más profundo, más enterrado”, subraya Frank. Apenas algunos ecos lejanos de trompetas tradicionales aparecen en la partitura, integrados en un discurso contemporáneo. Tanto en la concepción musical de Gabriela Lena Frank como en la arquitectura poética de Nilo Cruz, el arte no aparece como simple contexto, sino como una fuerza activa que modela la realidad. En la ópera, pintar, cantar o recordar son gestos equivalentes: todos ellos permiten atravesar el tiempo y reconstruir lo perdido. El libreto, escrito íntegramente en español, se construye como un espacio de resonancia poética. Para Cruz, la palabra no describe, sino que invoca. Inspirado inicialmente por El abrazo del universo, de Kahlo, el texto se adentra en los silencios de la controvertida pareja, en aquello que nunca fue dicho. “La poesía no es un adorno —afirma—, es la sustancia misma de la obra”. En ese diálogo constante entre música y palabra, la ópera encuentra su equilibrio entre lo histórico y lo imaginado.
La complejidad emocional de Frida y Diego constituye, sin duda, el núcleo de la obra. Amor, dolor, dependencia, traición; lejos de simplificar, la ópera habita esas contradicciones. “El amor no es unívoco, sino un territorio de tensiones”, señala Cruz. Frank coincide: “Como compositora, me resulta más fácil trabajar en la complejidad emocional; si se simplifica, la música se resiente”. Así, ambos personajes se presentan como figuras poliédricas, alejadas de cualquier arquetipo.
En el escenario del Metropolitan, en una nueva producción de Deborah Colker dirigida musicalmente por Yannick Nézet-Séguin, esta densidad dramática cobrará vida a través de un reparto encabezado por la mezzosoprano neoyorquina de origen argentino Isabel Leonard como Frida y el barítono español Carlos Álvarez como Diego. Para este último, Premio ÓPERA ACTUAL 2015, el papel supone un desafío tanto vocal como interpretativo. “La partitura exige una línea de canto elegante y, al mismo tiempo, profundamente rítmica”, explica el cantante, que destaca el carácter dialogante de la escritura musical. Álvarez subraya también la riqueza de su personaje, un Diego en declive físico y emocional, pero aún marcado por su fuerza creativa y su complejidad ideológica. “El libreto y la música ya contienen todos los matices necesarios; mi trabajo consiste en darles forma y profundidad”, asegura. Para interpretar a Diego, el barítono comenta que debe sostener una línea de canto “elegante sin renunciar a una marcada dimensión rítmica” característica de la música contemporánea. A diferencia de otros repertorios, aquí la voz “no se impone sobre la orquesta, sino que dialoga constantemente con ella”, en un tejido sonoro en el cual timbre y ritmo adquieren un papel estructural. Carlos Álvarez subraya que este proceso no es estático. La interacción escénica, especialmente con el personaje de Frida, y el trabajo con la dirección escénica, es determinante para acabar de perfilar el personaje. “Veré de qué modo habrá que resaltar alguna característica u otra”, apunta, destacando el carácter orgánico y evolutivo de la creación operística. Uno de los aspectos que el cantante considera clave es la dimensión física del rol. La experiencia de verse caracterizado como Diego Rivera —un cuerpo rotundo, reconocible, cargado de significado— tiene un impacto directo en su interpretación: “Un físico característico obliga a que la acción del intérprete se adecue, también psicológicamente”.
La recepción del público se perfila como un elemento clave. La obra, con su lenguaje contemporáneo y su estructura no lineal, invita a una escucha activa y a una implicación emocional que trasciende la narración tradicional. Así mismo, la llegada de El último sueño de Frida y Diego al Met adquiere un significado particular por su lengua. En un contexto cultural y político donde el español no siempre ocupa el lugar que merece, la presencia de una gran producción en este idioma tiene un evidente valor simbólico que sigue una línea marcada por las recientes Ainadamar del argentino Osvaldo Golijov (2024) y Florencia en el Amazonas del mexicano Daniel Catán (2023). – ÓA





