CRÍTICAS
NACIONAL
Retrato de una tragedia con bohemios al fondo
A Coruña
Asociación de Amigos de la Ópera de A Coruña
Puccini: LA BOHÈME
Inauguración de la temporada
Miren Urbieta-Vega, Celso Albelo, Massimo Cavalletti, Helena Abad, Manuel Mas, Simón Orfila, Matteo Peirone, Pablo Carballido. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos. Coro infantil Cantabile. Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra. Dirección de escena: Danilo Coppola. Palacio de la Ópera, 8 de septiembre de 2024.
Una golondrina no hace verano, pero en ocasiones una intérprete puede remendar una función de ópera desigual como La Bohème (ver previa en este enlace) que el domingo inauguró la temporada lírica coruñesa. Las andanzas de los bohemios puccinianos, programadas para sumarse a la conmemoración por el centenario del fallecimiento del compositor, quedaron en un segundo plano ante la irrupción en su relato de la gaia fioraia compuesta por Miren Urbieta-Vega. La soprano vasca se llevó la función y así fue reconocida por el público que llenó el Palacio de la Ópera herculino. La suya fue una interpretación sensible —pero sin caer en el vicio de la excesiva fragilidad—, exhibiendo un instrumento bien timbrado, con cuerpo en el centro y grave, brillante en el extremo agudo y con la proyección suficiente para hacerse escuchar en una sala de acústica tan compleja. Las medias voces en su aria y los dúos con Rodolfo en el tercer y cuarto actos fueron, de largo, lo mejor del espectáculo, que tuvo algunas luces y bastantes sombras.
Volvía a la ciudad un cantante muy querido por la afición local, el tenor canario Celso Albelo. Aquí, en A Coruña, fue acogido en los años en que iba despegando su carrera y protagonizó funciones para el recuerdo. La Asociación de Amigos de la Ópera le concedió su insignia de oro y brillantes en 2016, pero desde entonces estaba ausente de las programaciones coruñesas; este regreso venía de la mano de una ampliación de repertorio, ahora centrado en roles más líricos y casi dramáticos, marcando distancia paulatinamente del ámbito belcantista por el que era conocido en A Coruña. Este es un Albelo más maduro, y su Rodolfo, ya visto hace pocos meses en Bilbao, mantiene una de sus señas de identidad, como es el cuidado de la frase y la palabra, con intención y la sonoridad necesaria. La química con Urbieta-Vega, con la que compartió reparto en ABAO, funcionó a la perfección.
Y más allá de la pareja protagonista hubo pocas cosas destacables. El Marcello de Massimo Cavalletti se escuchó con rotundidad, pero escasos matices; Simón Orfila no tuvo problema alguno para componer un correcto Colline, luciéndose en su Vecchia zimarra. La Musetta de la soprano local Helena Abad pasó desapercibida en la función, por una falta de medios que la hizo prácticamente inaudible en el vals y en cualquier parte del rol que exigiera acompañamiento orquestal o de otro intérprete; no es voz de ópera, y ha sido una apuesta de la Asociación asumida por la dirección artística. Manuel Mas resultó un intrascendente Schaunard, también con dificultades para hacerse escuchar cuando la orquesta se elevaba.
Al menos los bohemios sí encontraron el punto cómico adecuado en el primer acto, con el funcional Benoît de Matteo Peirone. Simpático el coro infantil Cantabile, dirigido por Pablo Carballido —que volvería a vestirse de Parpignol, después de hacerlo en la última Bohème, 17 años atrás—, y en su línea habitual de suficiencia el Coro Gaos.
A la Sinfónica de Galicia le sienta de cine este repertorio, porque le permite desplegar toda la gama de colores que contiene la partitura pucciniana. Lo hizo con naturalidad, solvencia y una sonoridad que debía ser controlada por José Miguel Pérez-Sierra para no sepultar a los cantantes; la batuta se decantó por una lectura sencilla, sin grandes alardes, cuidando a los intérpretes y con un rico sonido en las páginas más orquestales. Lástima que la OSG esté a dieta y tenga restringido su consumo operístico: el conjunto atraviesa una turbulenta situación presupuestaria por la desidia de las instituciones que lo sostienen, pero en esta función fue recompensada por su resultado con una larga ovación por parte de un público consciente del difícil momento que atraviesan los músicos.
La escenografía de esta producción de Danilo Coppola resultó de lo más convencional; procedente del Luglio Trapanese, donde se representó all’aperto, consistía en una semicúpula en cuyo interior se iba desarrollando la acción. La idea intentaba evocar los domos de nieve, pero por momentos sus dimensiones se hacían escasas para las amplitudes del escenario del Palacio. Tampoco es que hubiera ninguna idea rompedora: ahí estaban la buhardilla, un café parisino, un parque nevado con su banco y su farola… Convencionalismos amontonados y una dirección de actores pobre que, al menos, no dificultaba el canto, eso sí que hay que reconocerlo.
Hacía 17 años que no se escuchaba La Bohème en la ciudad, y la respuesta del público ha sido agotar las localidades para las dos funciones programadas. Lo que no quita para preguntarse si en una temporada con solo dos títulos podría haberse evitado caer en lo recurrente y enseñar alguna obra menos conocida —pero igualmente canónica— del maestro de Lucca, alguna de las cuales nunca ha llegado a estrenarse en A Coruña. Y no sería porque no hubiera propuestas sobre la mesa, algunas de notable atractivo. * José Luis JIMÉNEZ, corresponsal en A Coruña de ÓPERA ACTUAL
CRÍTICAS RELACIONADAS





