Netrebko sostiene el debut de Villalobos en la Staatsoper con 'Un ballo in maschera'

Berlín

31 / 03 / 2026 - Coco RODEMANN - Tiempo de lectura: 4 min

La producción de 'Un ballo in maschera' de Rafael R. Villalobos © Staatsoper Unter den Linden / Stephan RABOLD
Anna Netrebko como Amelia y Amartuvshin Enkhbat como Renato © Staatsoper Unter den Linden / Stephan RABOLD
Charles Castronovo (Riccardo) y Anna Netrebko (Amelia) © Staatsoper Unter den Linden / Stephan RABOLD

Staatsoper Unter den Linden

Verdi: UN BALLO IN MASCHERA

Anna Netrebko, Charles Castronovo, Amartuvshin Enkhbat, Katharina Konradi, Okka von der Damerau. Dirección de escena: Rafael R. Villalobos. Dirección musical: Enrique Mazzola. 29 de marzo de 2026.

El director de escena sevillano Rafael R. Villalobos debutó en la Staatsoper Unter den Linden con Un ballo in maschera, una producción estrenada hace dos años en Valencia cuyas debilidades quedaron parcialmente disimuladas por un cartel de lujo encabezado por la mismísima Anna Netrebko. El contexto no era neutro. La función estuvo acompañada de protestas en el exterior del teatro, donde unas cincuenta personas, con banderas ucranianas, se concentraron contra la presencia de la soprano rusa coreando consignas como «Ningún escenario para los partidarios de Putin» o «Rusia es un Estado terrorista». Dentro, sin embargo, la respuesta fue inequívoca: Netrebko fue ovacionada y la música se impuso con rotundidad. La primera recepción en la prensa alemana confirma este contraste: celebración del resultado musical y protestas tanto fuera del teatro como, en menor medida, en la sala.

"Netrebko fue la gran protagonista. Su Amelia desplegó una voz de enorme densidad y riqueza tímbrica, con un centro amplio y homogéneo y un agudo firme"

Lo dicho, Anna Netrebko fue la gran protagonista de la noche: con su Amelia desplegó una voz de enorme densidad y riqueza tímbrica, con un centro amplio y homogéneo y un agudo firme, bien proyectado y sin pérdida de cuerpo. A ello se sumó un fraseo sólido y una presencia escénica que sostuvo el personaje con autoridad. A su lado, el barítono mongol Amartuvshin Enkhbat, como Renato, firmó una interpretación de gran empaque, con un timbre oscuro y homogéneo, bien apoyado en toda la tesitura y una proyección amplia que llenó la sala con naturalidad. El tenor estadounidense Charles Castronovo, en el papel de Riccardo, cumplió con solvencia, manteniendo una línea de canto clara y un estilo correcto, sosteniendo el papel con oficio en un contexto de altísimo nivel vocal. El reparto se completó con intervenciones especialmente celebradas. Katharina Konradi, como Oscar, destacó por su frescura vocal, agilidad y precisión, recibiendo una de las ovaciones más cálidas de la noche. Por su parte, Okka von der Damerau, en el papel de Ulrica, aportó un canto de gran peso, con graves bien asentados y color oscuro.

Desde el foso, la Staatskapelle Berlin, bajo la dirección de Enrique Mazzola, sostuvo el conjunto con pulso dramático y equilibrio, permitiendo que las voces respiraran sin perder tensión. En una orquesta de gran tradición, con presencia de varios músicos españoles —entre ellos el violinista granadino David Delgado y la jienense Cristina Gómez Godoy, primer oboe—, la lectura de Mazzola mantuvo cohesión y claridad, contribuyendo decisivamente al alto nivel musical de la velada.

En contraste, la propuesta escénica de Rafael R. Villalobos volvió a generar una recepción desigual, con aplausos y abucheos en el saludo final. Su acumulación de referencias contemporáneas y la relectura de personajes como Oscar configuran una narrativa de base sólida, pero atravesada por excesivos dislates que terminan por comprometer su claridad dramática. Se trata de la producción que vio la luz en Valencia en abril de 2024, con vestuario de Lorenzo Caprile, escenografía de Emanuele Sinisi e iluminación de Felipe Ramos. Entonces, la crítica fue más bien tibia y coincidió en señalar una acumulación de ideas que termina por sobrecargar al espectador: supuestas referencias, según la explicación del director, al expresidente estadounidense Ronald Reagan, a la irrupción de la televisión por cable o al narcisismo del liderazgo contemporáneo, en un juego de máscaras —del poder, de la identidad, de la intimidad— que acaba resultando excesivo. Sin embargo, muchas de estas capas no encuentran una traducción escénica clara, quedando más enunciadas que verdaderamente desarrolladas o perceptibles en escena.

En esa misma línea, el regista se suma a un paradigma de lectura de corte decolonial al desdoblar el personaje de Ulrica —en la voz de Von der Damerau— mediante la presencia escénica de una actriz de origen africano, en una operación que añade otra capa de significado, otra máscara, a un conjunto ya saturado. No es irrelevante recordar que Boston, ciudad en la que Verdi situó la acción para eludir la censura, fue escenario del Motín del té de Boston, uno de los primeros levantamientos anticolonialistas de la historia. Sin embargo, la acumulación de estos niveles de lectura —incluida la caracterización de Oscar como identidad en transición— exige del espectador un esfuerzo excesivo, dificultando el seguimiento de la acción sin el apoyo del programa de mano.

El regista no regresó a saludar tras los abucheos, a diferencia del reparto, que fue ovacionado. Con todo, y pese a la división en la recepción, el debut de Villalobos en la Unter den Linden, con Netrebko al frente del reparto, supone en sí mismo un paso muy importante en su trayectoria.  * Coco RODEMANN, corresponsal en Berlín de ÓPERA ACTUAL

.wt-cli-cookie-bar-container { display: none !important; } #etiquetas_noticias_relacionadas, #pf-src-icon, #cabecera_noticia { display: none !important; } #pf-content #pf-header-img { max-height: 100px !important; margin-bottom: 40px !important; } #pf-content img { width: 100% !important; height: auto !important; } #printfriendly img { width: 100% !important; height: auto !important; }