CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Macbeth, las brujas y el acento verdiano
Busseto
Festival Verdi
Verdi: MACBETH
Nueva producción
Vito Priante, Marily Santoro, Adolfo Corrado, Matteo Roma, Melissa D’Ottavi, Francesco Congiu, Emil Abdullaiev, Matteo Pietrapiana, Caterina Premori. Orquesta Giovanile Italiana. Coro del Teatro Regio di Parma. Dirección de escena: Manuel Renga. Dirección musical: Francesco Lanzillota. Teatro Giuseppe Verdi de Busseto, 9 de octubre de 2025.
Cuando en 1846 Verdi comunica al empresario florentino Lanari su intención de adaptar el Macbeth shakespeariano ya introduce la idea de que será una ópera «del género fantástico». Es esa atmósfera sobrenatural, nocturna, onírica, la que da forma a una partitura que tiene algo de punto de inflexión en la producción verdiana: no busca la belleza como fin último, sino la expresividad. «Antes de nada, el carácter de la parte es violento, orgulloso, extremamente dramático», dejó escrito el compositor en una de sus cartas. En la que fue su primera aproximación a la obra de Shakespeare la música no se limita a acompañar o dibujar una melodía grácil, sino que funciona como elemento descriptor del carácter del personaje. Y sobre Macbeth y su Lady se podría escribir un tratado psicológico.
Sobre el elemento sobrenatural se construye, de principio a fin, la propuesta de Manuel Renga presentada en el Festival Verdi de Parma y Busseto, condicionada por las reducidísimas dimensiones del Teatro Verdi. Tanto tiene de coqueto y entrañable como de imposible para desarrollar una dramaturgia algo compleja. Y la dificultad se eleva si, además, el regista se descuelga con una plataforma que alarga el escenario sobre el foso y el patio de butacas, reduciendo la boca del foso y condicionando el sonido que va a salir de ella. Renga plantea el desarrollo de la acción como el cumplimiento del vaticinio de las brujas, que aquí beben de referencias como las nornas nórdicas —se las ve tejiendo el hilo del destino de Macbeth y enhebrando las páginas de su vida— o el folk-horror británico, con espíritus con cabezas de animales o máscaras de ramas.
A lo largo de la ópera, las brujas están siempre presentes de uno u otro modo, con aciertos de la producción, como los juegos de sombras y las visiones del protagonista. Pero de uno u otro modo, todo se fía al elemento fantástico, y se abandona la vertiente política de Macbeth: las brujas no inoculan la ambición del señor de Glamis, sino que son su catalizador. Es más, la maldad de Lady Macbeth siempre estuvo ahí, no se detona tras la carta que le relata el vaticinio. Hay detalles cuidados, como la suciedad progresiva en las manos de los dos protagonistas conforme se suceden los asesinatos; pero otros fallan, como el espantoso vestuario de Aurelio Columbo. Sí acierta Emanuele Agliati con su iluminación tenebrosa, siguiendo la indicación del maestro de que la escena debía ser «extremadamente oscura».
El reto de Francesco Lanzillota en el foso era doble: no solo debía hacer sonar una de las partituras más complejas de Verdi en un foso de dimensiones muy reducidas, sino que, además, tenía que sortear el obstáculo añadido de la producción. Pese a todo, la batuta emergió como la principal triunfadora de la noche, logrando una lectura viva e intensa de la obra, siempre con el ritmo adecuado y ofreciendo el juego de claroscuros que contiene. Obtuvo un notable resultado de la Orquesta Giovanile Italiana, con un sonido compacto, aunque, obviamente, falto de la densidad y profundidad que le brindaría un foso con más recursos.
Los repartos de Busseto se confían a cantantes jóvenes o a apuestas del director artístico, Alessio Vlad. No ha tenido demasiada fortuna en esta ocasión. Vito Priante, barítono de larga y reconocible trayectoria (sobre todo en Barroco y bel canto romántico) se asoma al Macbeth entendiendo que todo debe estar apoyado sobre la palabra, siguiendo al pie de la letra aquello que decía Verdi de que los intérpretes debían honrar «primero al poeta y después al músico». No se le puede negar un fraseo con intención, mejor en los recitativos que en las arias, ni tampoco que posea una técnica para que el rol no le suponga dificultades en el plano vocal. Pero Verdi es también acento, carácter, y aquí faltó.
A Marily Santoro le faltaron más cosas que el acento; con un instrumento interesante a priori, con potencial para afrontar la parte, su Lady adolece de recursos técnicos más que evidente. Las agilidades la sobrepasaron en todo momento, y tampoco consiguió construir una atmósfera embriagadora en la escena del sonambulismo. Mejor el Banquo de Corrado, una voz noble de bajo aunque con algún pero en el registro grave, poco sonoro. Cantó con gusto. El resto del reparto cumplió, y eso no es un elogio cuando el tenor deja escapar «La paterna mano» sin una media voz, incapaz de conmover. En un teatro tan recoleto como el de Busseto no se entiende el empeño por el forte. No es necesario. Los matices, el mestiere del canto italiano, están en otro sitio. Competente el coro, mejor en el «Patria oppressa» que las voces femeninas por separado en los pasajes de las brujas.
La versión representada fue la original de 1847, que a pesar de ser repudiada por el propio Verdi cuando recibió el encargo de adaptarla para el estreno parisino de 1865, sigue teniendo puntos de interés. Sí, se echa de menos «La luce langue» —¡cómo no!—, pero la furibunda «Trionfai! secura alfine» devuelve a las heroínas verdianas de Attila o Nabucco y sus poderosas arias de dramática de agilidad. Flaquea el final, donde «Mal per me» no alcanza la redondez de la reescritura de la segunda versión; pero a cambio Macbeth culmina el tercer acto con la curiosa «Vada in fiamme». A Verdi no le entusiasmaría, pero hoy se sigue escuchando con gusto. * José Luis JIMÉNEZ, crítico de ÓPERA ACTUAL





