CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Una ‘Traviata’ que dinamita la emoción y traiciona a Verdi
Ginebra
Grand Théâtre de Genève
Verdi: LA TRAVIATA
Nueva producción
Ruzam Mantashyan, Martina Russomanno, Sabine Molenaar, Enea Scala, Luca Micheletti, Emanuel Tomljenovic, Yuliaa Zasimova, Elise Bédènes, Raphaël Hardmeyer, Mark Kurmanbayev, David Ireland. Dirección musical: Paolo Carignani. Dirección de escena: Karin Henkel. 18 de juny de 2025.
Hay decisiones escénicas que, lejos de ofrecer nuevas lecturas, dinamitan los cimientos de una obra. Es el caso de la nueva producción de La traviata vista en el Grand Théâtre de Genève, firmada por la directora alemana Karin Henkel, que —en su segunda incursión en el mundo operístico— presenta un ejercicio de deconstrucción escénica y musical que desfigura profundamente la obra maestra de Verdi.
Con la bendición de la dirección artística de Aviel Cahn, al frente del teatro desde 2019, y cuya línea ha oscilado entre producciones memorables como Les Huguenots, Pelléas et Mélisande, Salome o Einstein on the Beach, y otras claramente fallidas como La clemenza di Tito o Die Entführung aus dem Serail, esta nueva Traviata se alinea, por desgracia, con las segundas.
La directora opta por plantear toda la ópera como un gran flashback desde el lecho de muerte de Violetta, una idea que no sería inaceptable si no fuera por su ejecución torpe y desmedida. La protagonista se disgrega en cuatro figuras simultáneas: la soprano principal (Ruzan Mantashyan), una segunda voz (Martina Russomanno), una figura danzante (Sabine Molenaar) y una niña muda con un cartel al cuello que reza A vendre, que abre el espectáculo recitando en francés la carta de Germont. El preludio del tercer acto se adelanta para sustituir la introducción habitual, y el aria “Addio del passato” aparece descontextualizada en una rara versión (segunda estrofa) al inicio de la obra.
Otros momentos clave se reparten entre las diferentes Violettas —como “È strano”, “Ah fors’è lui”— rompiendo toda coherencia dramática y vocal. La fragmentación no solo interfiere en la progresión del personaje, sino que también confunde al espectador, sobre todo cuando fragmentos orquestales se interrumpen para sonar en reproducción grabada o cuando el “Brindisi” se repite tres veces, incluyendo una versión murmurada por la niña frente a un micrófono. Son intervenciones que no construyen una lectura, sino que añaden ruido y dispersión.
La dirección escénica evita cualquier tipo de contacto emocional entre los personajes. En el dúo del primer acto, Violetta y Alfredo se hallan separados por varios metros, y en el segundo, el desgarrador “Amami Alfredo!” se lanza desde una silla, sin contacto visual ni físico. La escena final se representa en una tarima lateral, como un acto observado por el resto de personajes, desactivando por completo el clímax emocional de la obra. Estos dispositivos escénicos, que podrían haber tenido un valor simbólico si se usaran con mesura, se convierten en gestos vacíos que solo refuerzan la distancia.
El decorado es una mezcla entre sala de autopsias, nave industrial y quirófano: tubos, baldosas, ataúdes metálicos y bolsas de sangre. Incluso la fiesta de Flora se convierte en un combate de boxeo literal, mientras el coro, vestido con túnicas fluorescentes sin referencia ni contexto, permanece inmóvil, como parte de una coreografía inexplicablemente deshumanizada.
En medio del caos, el único que logra imponerse con una propuesta vocal y dramática coherente es el barítono Luca Micheletti, que construye un Giorgio Germont de gran nobleza, con timbre cálido, fraseo elegante y autoridad sin artificios. Su “Di Provenza il mar” fue uno de los pocos momentos de autenticidad, incluso teniendo que cantarlo con Alfredo atado y amordazado con cinta adhesiva, en una escena que remite más a un thriller criminal que a un drama familiar.
Ruzan Mantashyan aportó entrega y presencia, y tuvo su mejor momento en el dúo con Germont, aunque el registro agudo sonó en varias ocasiones forzado. Enea Scala, como Alfredo, demostró potencia y compromiso, pero su timbre metálico y la falta de legato no ayudaron a dar profundidad a su personaje, tratado en escena como un elemento accesorio, casi invisible. La Orchestre de la Suisse Romande, dirigida por Paolo Carignani, ofreció una lectura técnicamente solvente, con cuerda pulida y detalles cuidados. Sin embargo, la dirección pareció más pendiente de encajar las excentricidades escénicas que de construir un arco verdiano con tensión y respiro. Se echó en falta urgencia, empuje y verdad.
Esta producción ejemplifica un problema cada vez más frecuente en cierto teatro de regie: convertir la ópera en un campo de pruebas estéticas donde la música, el libreto y el espectador son lo de menos. La traviata no necesita de burdos experimentos músico-teatrales que alteran su estructura y fracturan su lógica interna. A diferencia de otras propuestas escénicas contemporáneas que reelaboran el drama desde una mirada crítica pero respetuosa con la partitura, esta producción impone una manipulación arbitraria que no revela nada nuevo y, en cambio, destruye lo esencial. * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL
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