Juan Diego Flórez, caballero de fina estampa

Madrid

14 / 03 / 2026 - Gema PAJARES - Tiempo de lectura: 4 min

Juan Diego Flórez y Vicenzo Scalera © Borja GONZÁLEZ

Auditorio Nacional

Recital de JUAN DIEGO FLÓREZ

Ciclo Impacta

Obras de Mozart, Boieldieu, Rossini, Gounod, Chapí, Serrano y Vives. Vicenzo Scalera, piano. 11 de marzo de 2026.

Tiene cuerda y cuerdas. ¿Qué plaza no se rinde ante Juan Diego Flórez? Todo vendido o, si lo prefieren, un sold out en cada una de las ciudades de su gira española, que ya ha pasado por Zaragoza y Sevilla y que le esperan esta semana en Barcelona y el próximo verano en Cap Roig (Girona). En este regreso a Madrid, ni una butaca libre (grosso modo, cinco) para aplaudir y calentar bien las palmas en esta primavera que está jugando al despiste invernal, la muy creída. El peruano tiene 53 años, una voz muy bien cuidada y una carrera muy bien llevada. Aseado, siempre impoluto, con un traje que le sienta mucho mejor que cuando tenía 20 años menos, de negro de pies a cabeza, el tenor, caballero de fina estampa, dio lo mejor en el Auditorio Nacional de Madrid y lo hizo como acostumbra, con esa técnica suya que parece que no le costaran las notas (aunque hace unos años le costaran menos, sí), como si incluso la pirotecnia más sobresaliente (que aquí exhibió poco) estuviera esperando en la garganta el pistoletazo de salida. Flórez canta como si respirara, aunque en sus agudos, en el fiato marca la diferencia con cualquier mortal y medio universo operístico. Abre la boca y los ojos del respetable se agigantan. Sabe dónde subir y dónde cortar en seco. Es lo que da una carrera bien llevada de 30 años y no hacer experimentos con la gaseosa lírica.

Flórez (Premio ÓPERA ACTUAL 2011), y le honra como a pocos porque juega en primera división, no ha olvidado de dónde procede, ni las noches en Nueva York durmiendo en precario, ni los centavos que podía sacar para llevarse al estómago una sopa caliente. Flórez nunca olvida la guitarra que tanta vida le ha dado y por eso acaricia las cuerdas como un enamorado que requiebra un sueño. Es grande, se le atisba cierta timidez y no es artista de titulares carne de clickbait, y aun así, se le admira, adora, quiere y respeta. Todo de golpe y en pack. Quizá porque siempre ha huido de lo grueso. No lo ha necesitado. Flórez ha mimado su voz, que ha crecido con él y ha tenido y tiene buenos consejeros; su canto es ejemplar y su elegancia, innata. Sabe darle al público lo que espera y es sabedor también de que este le recompensará puesto en pie, mientras él se lleva las manos al pecho y da gracias una y otra vez. Sabe que él hacia el camerino se convertirá en un hervidero cuando caiga el telón (es un decir, porque ya casi no caen en ningún teatro, salvo ese casi tul azul en la bellísima Sueño de una noche de verano de Deborah Warner, con permiso de Britten, en el Teatro Real), que le pedirán firmas (menos) y fotos (sin parar) con una sonrisa fotocopiada y un encuadre forzado. Y que los florezidos, su legión incondicional que le sigue casi desde que vestía pantalón corto y exhibía aún mayor timidez, le hará el paseíllo como a los grandes. Porque Juan Diego Flórez lo es. Será muchas voces en una. Y seguirá tocando la guitarra.

"Flórez ha mimado su voz, que ha crecido con él y ha tenido y tiene buenos consejeros; su canto es ejemplar y su elegancia, innata"

El público salió ayer del Auditorio Nacional hechizado. “Sigue siendo el mejor”, decía un grupo de señoras a mi vera. “Y con lo joven que es”. Bueno, es cincuentón y es un gran y elegantísimo tenor, pero el tiempo pasa para todos. Para Flórez, también. Cantó más de dos horas y debió de acabar reventado. La primera parte fue de calentamiento y enseñó todo lo que tenía dentro con Mozart, Boieldieu y Rossini (ahí ya dio muestras de lo que estaba por llegar). Arrancó la segunda con tres romanzas de zarzuela: no sabe nada el peruano, porque ahí ya se escucharon los primeros bravos por Chapí, Serrano y Vives, que tocan la fibra. Y a todos se le van los pies y los tarareos. De ahí y con un intervalo de piano, de los cuantos que hubo, con Lecuona (Vincenzo Scalera, fidelísimo compañero de carrera, estuvo fantástico en su acompañamiento, tan cerca siempre de Flórez, escuchándole respirar casi, llegó “Pourquoi me réveiller?”, del Werther de Massenet, que el tenor borda y que es uno de sus hits, a qué negarlo, para dar paso a la gema del recital en forma del aria de Fausto de Gounod “Salut! Demeure chaste et pure”, casi impecable. Y cerró Verdi con “La mia letizia infondere… Come poteva un angelo” de I lombardi alla prima crociata.

El concierto había, en teoría, terminado. Pero la cuerda de Flórez no había acabado y sacó la guitarra a pasear. Lluvia de bises. Y un sentarse y levantarse de la butaca que no acababa. Se gustó con una canción napolitana y le hizo guiños al público que le pedía folclore peruano. Se cantó La flor de la canela (con dos grandes señoras en la memoria, María Dolores y Chabuca, eternas) e hizo una versión bien bonita de Cucurrucucú paloma. Pero, ay, faltaba algo. Y derramó, como quien no quiere la cosa, ya más de 120 minutos de concierto, “una furtiva lágrima” de ese Elixir que es puro prodigio donizettiano, y no abandonó a Le fille du régiment, de Donizetti, que cantaba ora mirando al público que tenía enfrente, ora dándose la vuelta en un vuelo para no dar la espalda a los que tenía detrás, simpático, muy suelto y entregado. Aplausos, bravos, más bravos, las palmas en carne viva, el público puesto en pie, un auditorio que le quería y un Juan Diego Flórez que demostró que sigue estando ahí. Con esa fina estampa de caballero y ese pelo azabache. * Gema PAJARES, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL

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