García-López y Zapico, el virtuosismo como espejo humano

Córdoba

11 / 05 / 2026 - Alejandro FERNÁNDEZ - Tiempo de lectura: 3 min

El tenor Pablo García-López, delante del maestro Aaron Zapico © IMAE Teatros de Córdoba

Gran Teatro

Concierto de PABLO GARCÍA-LÓPEZ

Obras de Vivaldi, Monteverdi y Boccherini. Orquesta de Córdoba. Clave y dirección musical: Aaron Zapico. 7 de abril de 2026.

La recta final de la Temporada Sinergias de la Orquesta de Córdoba recalaba en su décimo abono en el repertorio operístico barroco de la mano de Antonio Vivaldi. Junto a los profesores del conjunto cordobés, el tenor Pablo García-López celebraba sus 20 años de carrera defendiendo un programa poco habitual en las salas de concierto; una propuesta que constituye una firme reivindicación, tanto por intención como por la ambición de un recital ciertamente madurado. El programa supone una vuelta de tuerca a este tipo de celebraciones que, con frecuencia, suelen resolverse mediante una selección convencional de Lied, ópera y zarzuela.

No es la primera colaboración entre la batuta de Aaron Zapico y el tenor cordobés: la última, el disco De Sópitu, hace apenas un año. Este abono, bajo el título Negroni Sbagliato, ha sido el reflejo de la estrecha conexión artística de ambos músicos, quienes para la ocasión seleccionaron 15 números que abarcaron dos siglos de historia, desde Monteverdi hasta Boccherini. En el corazón del programa habitó una selección de arias del todavía desconocido Vivaldi operístico, a menudo eclipsado por su catálogo instrumental y sacro, lo que añadió un interés adicional a esta cita nada convencional.

El programa puso a prueba el músculo artístico de las cuerdas y vientos de la Orquesta de Córdoba. Bajo la dirección de Zapico, se exigió empaste, agilidad y expresión, premisas que quedaron definidas desde el inicio con la Sinfonía N.º 6 de Boccherini y varias sinfonías-oberturas vivaldianas que comparten un mismo ánimo: una sucesión de afectos donde sus protagonistas se presentan atrapados entre el poder, el amor y la traición.

"Rigor técnico, frescura interpretativa y altas dosis de sensibilidad definieron este comprometido recital, plagado de esencias que funcionan como reflejo atemporal de las propias pasiones"

En este punto, García-López supo encarnar a los diversos héroes del catálogo barroco italiano: facetas de una misma alma que oscila entre la furia, el lamento y la resistencia. De igual forma, el reto para los atriles radicó en trasladar el virtuosismo instrumental de los conciertos vivaldianos a la voz, apoyándose en la fuerza rítmica de las arias de bravura. Con fulgor melódico y elegancia en el fraseo, el tenor supo imprimir carácter a las distintas arias seleccionadas de entre los tres periodos creativos del compositor veneciano; un teatro febril y humano como el que destilan los héroes que desfilaron por el particular Teatro Sant’Angelo en el que se transformó el Gran Teatro de Córdoba. Rigor técnico, frescura interpretativa y altas dosis de sensibilidad definieron este comprometido recital, plagado de esencias que funcionan como reflejo atemporal de las propias pasiones. Sirva de ejemplo el aria “Col furor ch’in petto io serbo”, que planteó al cantante retos de agilidad, control del aire y calado dramático, en contraste con la canzonetta de Monteverdi, “Quel sguardo sdegnosetto”, donde frente al virtuosismo vocal se antepuso la sensibilidad artística.

Cabe destacar dos momentos cumbre: el Lamento d’Arianna, que abría la segunda parte, en el cual García-López demostró un absoluto dominio de la línea de canto y de las inflexiones del texto —cada frase atesoraba una explosión de sentimientos encontrados sostenida por un altísimo rigor técnico—; y, finalmente, el aria de cierre, “Alme perfide, insegnatemi”, de gran complejidad por sus exigencias en la coloratura y el control del fiato despidiendo un concierto de altura para una propuesta que supo trasladar las luchas y afectos de los personajes con el brillo y el virtuosismo de dos grandes músicos del panorama nacional e internacional. Una cita que recordó que la ópera es, por encima de todo, el espejo de las pasiones humanas.  * Alejandro FERNÁNDEZ, crítico de ÓPERA ACTUAL

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