CRÍTICAS
INTERNACIONAL
De la batuta al escenario, un 'Ballo' sin tensión ni emoción
Zúrich
Opernhaus Zürich
Verdi: UN BALLO IN MASCHERA
Nueva producción
Charles Castronovo, George Petean, Erika Grimaldi, Agnieszka Rehlis, Katharina Konradi, Brent Michael Smith, Stanislav Vorobyov, Steffan Lloyd Owen, Martin Zysset. Dirección musical: Gianandrea Noseda. Dirección de escena: Adele Thomas. 8 de diciembre de 2024.
Con el eco del reciente estreno verdiano en La Scala aún resonando, la Opernhaus Zürich alzó el telón con una de las producciones más esperadas de la temporada: Un ballo in maschera. Con dirección escénica de Adele Thomas —conocida por un desigual Trovatore— y bajo la batuta de Gianandrea Noseda, esta propuesta dejó más indiferencia que emoción, en una velada carente de la fuerza dramática y musical que exige Verdi. La promesa de una relectura teatral ambiciosa quedó reducida a una propuesta inconsistente y superficial, que no logró dar sentido pleno ni teatralidad convincente a su planteamiento inicial.
Thomas apostó por una puesta en escena que oscilaba entre lo macabro y lo carnavalesco, explorando las máscaras literales y metafóricas en un contexto de poder y relaciones personales. Su enfoque jugaba visualmente con el blanco y negro fotográfico, situando la acción en el momento histórico del estreno de la obra, mientras coqueteaba con el panfleto político. La escenografía de Hannah Clark, dominada por un escenario circular giratorio que sugería distintas localizaciones, aportaba cierta fluidez visual, pero su funcionalidad no compensó una lectura escénica confusa. El inicio, con una autopsia de Riccardo durante la obertura, parecía marcar una línea estética provocadora, pero terminó diluyendo el dramatismo inherente a la obra. La ambientación del segundo acto en un callejón urbano —sustituyendo el campo desolado original— subrayó las limitaciones de esta propuesta, que al intentar actualizar la narrativa acabó desdibujando el equilibrio entre el drama y la ligereza característicos de Verdi.
El trabajo de Thomas mostró una preocupante superficialidad en la construcción teatral de los personajes. Aunque hubo momentos interesantes, como la tensión final entre Amelia y Renato, la dirección no profundizó en la psicología de los protagonistas ni supo extraer todo el potencial emocional de las escenas clave. La gran escena del baile, con una cuidada coreografía de Emma Woods y una visualidad que recordaba los fastuosos bailes parisinos de la época de Napoleón III, fue efectiva desde el punto de vista estético, pero careció del peso dramático necesario para cerrar la obra con verdadero impacto. En conjunto, el montaje quedó atrapado entre la provocación y una ejecución que, lejos de reinventar la obra, resultó insustancial.
En el ámbito musical, Noseda tuvo una noche menos inspirada de lo habitual: su lectura verdiana fue desigual, con tempi excesivamente lentos que lastraron fluidez dramática a varios momentos clave. Los desajustes entre la orquesta y el escenario, especialmente en las intervenciones de la banda interna, fueron evidentes, lo que afectó la cohesión del conjunto. Aunque la cuerda mantuvo el alto nivel habitual de la Philharmonia Zürich, la dirección careció de esa tensión dramática que convierte a Verdi en un autor de intensidad inigualable. Noseda, que en otras ocasiones ha brillado en este repertorio, pareció perdido en una interpretación más funcional que emocionante.
En el reparto, Charles Castronovo ofreció un Riccardo que osciló entre el encanto y el esfuerzo; con reminiscencias del estilo corelliano, destacó por un fraseo elegante, aunque en algunos momentos forzó su emisión, comprometiendo la naturalidad de su canto. Erika Grimaldi, como Amelia, mostró una línea de canto refinada y un timbre de gran belleza, pero este papel exige un peso spinto que no tiene y sus agudos, a menudo abiertos, evidenciaron las limitaciones de su voz para afrontar este repertorio. Por su parte, George Petean volvió a demostrar su solvencia como Renato, entregando una versión sólida de “Eri tu” y dominando la escena con autoridad vocal y actoral. Agnieszka Rehlis fue una Ulrica correcta, aunque algo contenida, mientras que Katharina Konrad brilló como Oscar, aportando frescura y energía al conjunto.
Entre los notables comprimarios, destacó Brent Michael Smith como Samuel, mostrando una voz prometedora para roles de mayor envergadura. El coro, dirigido por Ernst Raffelsberger, cumplió con su cometido, aunque la interacción con la dirección escénica dejó algunos momentos de desconexión. * Albert GARRIGA, corresponsal en Zúrich de ÓPERA ACTUAL





