Han nacido una Leonora y un Manrico, Rebeka y Beczala

Zúrich

19 / 11 / 2021 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

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iltrovatore-rebeka-beczala-zurich-operaactual 3 Una escena de la producción de Adele Thomas © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
iltrovatore-rebeka-beczala-zurich-operaactual 2 Piotr Beczala (Manrico) y Marina Rebeka (Leonora) © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
iltrovatore-rebeka-beczala-zurich-operaactual 2 El Manrico de Beczala junto a la Azucena de Agnieszka Rehlis © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS

Züricn Opernhaus

Verdi: IL TROVATORE

Nueva producción

Piotr Beczala, Marina Rebeka, Agnieszka Rehlis, Quinn Kelsey, Robert Pomakov, Bozena Bujnicka, Andrei Skliarenko, Jeremy Bowes. Dirección musical: Gianandrea Noseda. Dirección de escena: Adele Thomas. 17 de noviembre de 2021.

Había mucha expectación por esta nueva producción de Il Trovatore en Zúrich porque significaba el debut en el rol de uno de los astros de la casa, Piotr Beczala, y de la cada vez más consolidada soprano letona Marina Rebeka, además de ser la primera ópera que dirigiría Gianandrea Noseda como flamante director musical de la Opernhaus. Y lo cierto es que el dúo protagonista y el maestro milanés no defraudaron.

"La línea de Beczala es depuradísima y su instrumento se ha engrosado, pudiendo ofrecer la rica amalgama de un tenor lírico-'spinto"

Beczala, que ya había dejado constancia de su evolución vocal en sus últimas apariciones, se podría decir que es hoy el Manrico ideal. La línea es depuradísima y su instrumento se ha engrosado, pudiendo ofrecer la rica amalgama de un tenor lírico-spinto, con agudos brillantes –aunque no todos–, de poderoso squillo, centro generoso y contundencia vocal. “Ah! si, ben mio,” fue resuelta con pureza absoluta y con esa elegancia natural y ese maravilloso fraseo que caracterizan al tenor polaco. Además, en “Di quella pira” regaló un interminable Do natural que se alargó hasta finalizar la orquesta. Y es que Beczala estuvo entregado durante toda la obra, culminando los dúos de la escena final con una musicalidad arrolladora.

Marina Rebeka fue una Leonora de gran calibre de escuela belcantista, más lírica que spinto, de preciosa línea y exquisita musicalidad, que dejó patente ya en “Tacea la notte placida”. Mostrando casi siempre un timbre homogéneo, se impuso definitivamente en “D’amor sull’ali rosee”, quizá lo mejor de la velada, gracias a una preciosas messe di voce y a un delicioso fraseo, culminando la cabaletta “Tu vedrai che amore in terra” con apabullante seguridad. Agnieszka Rehlis (Azucena) cumplió con nota gracias también a un timbre homogéneo y de carnosa belleza, además de una notable intencionalidad dramática, aunque mostró una dicción bastante ininteligible.

Totalmente incomprensible resultó el papelón que jugó Quinn Kelsey como Luna; poseedor de un instrumento privilegiado, de soberbio color aterciopelado, que lo hace ideal para los roles verdianos, el barítono hawaiano tuvo serios problemas de afinación, desajustada en muchas ocasiones y en un canto desmañado y exento de elegancia. Y con todo esto, incomprensible resultó también que de repente hallara el estilo y el fraseo en “Il balen del suo sorriso”; pero duraría poco, ya que en la cabaletta volvió a emitir sonidos forzados.

Por su parte, Gianandrea Noseda, seguidor de la escuela de Serafin, consiguió sacar de la Philarmonia Zürich un sonido muy italianizante en el cual mantuvo en todo momento el pulso dramático-musical de la obra. Ya se sabe que Il Trovatore en según qué batuta puede sonar muy basto, pero en las manos de Noseda todo fue excelencia. El maestro italiano consiguió crear magníficamente esa atmósfera lúgubre y oscura tan característica de la obra verdiana y, pese a algún desajuste entre foso y escenario, sobre todo en escenas con el coro, el conjunto resultó portentoso y marcó su espléndido debut en la casa como máximo responsable musical.

La producción firmada por la joven directora de escena galesa Adele Thomas tomó otro rumbo al del musical. Bajo el concepto de lo bueno y lo malo y del cielo y del infierno, dejó de lado la atmósfera romántica y lóbrega –todas las escenas de la ópera transcurren de noche y Thomas se esforzó por una iluminación blanca casi cegadora– para enfatizar la presencia del mal y el triunfo del infierno en el devenir de los personajes. Aunque resultó un acierto remarcar la evolución de Luna como un personaje que pasa de la entrega amorosa a la crueldad vengativa o, incluso, la dicotomía de Manrico entre dos mujeres (Leonora y Azucena), fue del todo ridículo crear comprimarios y coro convertidos en personajes a caballo entre los goblins de Labyrinth (1986) y los esqueletos de The Nightmare Before Christmas (1993) que desdibujaban el relato dramático verdiano.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Zúrich de ÓPERA ACTUAL