CRÍTICAS
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Manfred Honeck redime el fiasco escénico de ‘Ariadne auf Naxos’
Salzburgo
Festival de Salzburgo
Strauss: ARIADNE AUF NAXOS
Nueva producción
Kate Lindsey, Christina Nilsson, Eric Cutler, Ziyi Dai, Christoph Pohl, Johannes Silberschneider. Dirección musical: Manfred Honeck. Dirección de escena: Ersan Mondtag. Haus für Mozart, 10 de agosto de 2026.
Con mirada retrospectiva, un pasaje a telón cerrado puede convertirse en un oasis de calma, un refugio al cual regresar mentalmente. Es lo que sucedió en la obertura de la ópera propiamente dicha que conforma la segunda parte de Ariadne auf Naxos, un pasaje de contenida melancolía en que los sortilegios sonoros de la Filarmónica de Viena, dirigida con tacto exquisito por Manfred Honeck, no vaticinaban los dislates escénicos una vez se abrió el telón. El prólogo, aunque ya ofrecía algunas pistas, no fue aviso suficiente.
En su debut en el Festival de Salzburgo, Ersan Mondtag partía de una premisa asumible, convertir el hombre más rico de Viena que ordena que la ópera seria y la bufa se interpreten al mismo tiempo en un tecno-oligarca que vive en un refugio en Marte. Aparte del vuelo continuo de naves espaciales en los vídeos de fondo, el prólogo contrapone con acierto los dos mundos estéticos opuestos, así como el acercamiento entre el Compositor y Zerbinetta. En la ópera, sin embargo, el director de escena alemán, responsable también de la escenografía y del vestuario –con múltiples referencias al cine fantástico–, se preocupa más en saturar la vista y presentar giros continuos de guion que de explicar una historia coherente. Así, Ariadne se lamenta rodeada de las figuras petrificadas de un león, un elefante y un mono, acompañada de un cansino cuarteto de bailarines escapados del Cirque du Soleil. Zerbinetta no dirige su gran aria a la protagonista, sino al Compositor (aquí, hecho nada sorprendente, una mujer) con quien comparte un momento de intimidad. Retorciendo hasta el absurdo la idea de teatro dentro del teatro que exploraron Strauss y Hofmannsthal, Bacchus no es otro que el potentado organizador del evento, llevándose a Ariadne hacia las estrellas. La última vuelta de tuerca, el Mayordomo haciendo explotar la nave, sugiere que a Mondtag la obra no le interesaba mucho.
Suerte hubo de que en el foso Honeck se tomó Ariadne auf Naxos mucho más en serio. El director austriaco, un músico formidable sin la repercusión mediática merecida, hizo la mejor defensa posible del carácter camerístico de la partitura, la primera ópera de Strauss que, hace 100 años, representó el festival. La transparencia de las texturas, el refinamiento del diálogo instrumental, la delicadeza del trazo fueron una maravilla, y en el dúo final, en manos menos sabias bien farragoso, Honeck dosificó con maestría la tensión. Fue en este pasaje donde la Ariande de Christina Nilsson brilló con más fuerza, con un tercio superior expansivo y un fraseo generoso, junto al Bacchus valiente de Eric Cutler. La voz clara de mezzo aguda de Kate Lindsey brindó un Compositor todo fervor, mientras que un barítono de extrema elegancia como Christoph Pohl hace lamentar que el Maestro de Música no tenga un papel más extenso. La Zerbinetta de Ziyi Dai tuvo toda la pirotecnia necesaria, no tanto la picardía, el rudo Harlekin de Leon Košavić lideró un correcto grupo de comediantes, Johannes Silberschneider fue un Mayordomo falto de ironía y Jonas Hacker descolló como Maestro de Danza. * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL
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