‘Aida’ galáctica y útil para conquistar nuevas audiencias

Sevilla

22 / 06 / 2026 - Ismael G. CABRAL - Tiempo de lectura: 4 min

La nueva producción de 'Aida' de Paco Azorín © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
La nueva producción de 'Aida' de Paco Azorín © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
La nueva producción de 'Aida' del Maestranza que viaja a Granada en versión de concierto © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO

Teatro de La Maestranza

Verdi: AIDA

Nueva producción

Marigona Querkezi, Alejandro Roy, Ketevan Kemoklidze, Ernesto Pretti, Manuel Fuentes, Insung Sim, Néstor Galván, Patricia Calvache. Dirección musical: Daniele Callegari. Dirección de escena: Paco Azorín. Coro del Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. 20 de junio de 2026.

Cuando en 2019 el director de escena Paco Azorín presentó en el Maestranza su visión de Sansón y Dalila (ver crítica en este enlace) se valoró enormemente su relectura del clásico pero, entonces, no se pudo vaticinar cuánto de actualidad iba a cobrar aquella revisión en su traslación del telón de fondo del conflicto a la franja de Gaza. Con Aida, en una nueva coproducción que ha involucrado a cinco teatros (Sevilla, Bilbao, Tenerife, Lisboa y Santiago de Chile) y el Festival Perelada el arrojo ha sido menor porque, con el argumento, se ha ceñido a una exposición clásica del relato a la que, sin embargo, ha dotado de un envoltorio galáctico muy atractivo para nuevas audiencias y muy asequible por públicos amplios.

Vagamente esta Aida, que prescinde de toda la farfolla egipcia con la que durante décadas se ha arropado el título, recuerda a aquella Tetralogía wagneriana que enjaretó La Fura dels Baus y que se ofreció en este mismo coliseo. Es decir, los referentes épicos e históricos están –iconizados y sublimados, pero presentes– y la narración propone un viaje de miles desde años desde un futuro desconocido en el que se hubieran cumplido las profecías del socorrido Libro de los Muertos egipcios. Es así que Odiseo, encarnado por el acróbata circense David Marco, hace las veces de observador mudo de este viaje por el tiempo que deja por el camino –este peaje sí se ha de pagar– todas las deslumbrantes posibilidades de desmelene escenográfico para abrazar un inesperado intimismo. La representación se sigue con interés y, durante la marcha triunfal, Azorín aprieta las tuercas del buen teatro contemporáneo con una escena en la que mientras se escucha el archiconocido pasaje, en la escena se tortura a prisioneros enjaulados con espadas laser propiciando un potente efecto contradictorio entre lo que se oye y se ve.

"Ketevan Kemoklidze combinó ambas facetas, la actoral y la musical, llevando de menos a más a su personaje de Amneris (más cargado si cabe de ambigüedad en este montaje)"

El problema (y no pequeño) de la soprano Marigona Qerkezi (Aida) fue su muy deficiente actuación: sencillamente el público no la percibió e incluso pareció desorientada en el escenario, aquejada de una gestualidad dramática muy primaria. Otra cosa fue su voz, con ejemplares reguladores en “Ritorna vincitor” y un volumen caudaloso que hizo de cada aportación canora una impactante lección; su “O patria mia” fue un dechado de buen legato y expresión emocional. Por su parte, Ketevan Kemoklidze combinó ambas facetas, la actoral y la musical, llevando de menos a más a su personaje de Amneris (más cargado si cabe de ambigüedad en este montaje). Sus agudos golpearon en cada esquina del teatro; posee, y así lució, un timbre de brillante esmalte y una voz centrada y segura, bordando su gran papel dramático alcanzando su cenit en el dúo con Aida del segundo acto, “Fu la sorte dell’armi a tuoi funesta”. Alejandro Roy, como Radamès, comenzó con una “Celeste Aida” ofrecida con brillantez, pero fue más leída que interpretada, algo enverada; tiene todavía la tarea de profundizar aún más en el difícil rol, pero salvó con suficiencia la función aunque acusando una monocromía pronunciada.

En el resto del elenco hubo profesionalidad a raudales, ya en el sugerente canto de Ernesto Petti (Amonasro), un barítono de perfil vocal interesante, diferente de lo común, así como en la breve pero apreciada aportación del tenor Néstor Galván como Mensajero, o ese Rey egipcio de Manuel Fuentes, quizás con exceso de vibrato. El sumo sacerdote Ramfis encontró en Insumg Sim a un gran actor, además de mostrarse como un bajo impecable –de clasiquísimo canto– y profusamente inquietante. La sacerdotisa Patricia Calvache paladeó con gusto su pequeña pero eficaz contribución. El Coro del Maestranza, bajo la dirección de Íñigo Sampil, sigue desarrollándose a un nivel sobresaliente.

En el podio Daniele Callegari fue un director verdino escolástico, gran especialista como es en el repertorio verdiano, se entregó a las voces y consiguió una excelente calibración de las fuerzas instrumentales de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que no avasalló a ningún cantante. Durante la marcha triunfal, y con las trompetas divididas en dos grupos a ambos lados del escenario, hubo una concertación muy esmerada, nada decibélica, persiguiendo en todos los pasajes sacar a relucir los colores de una orquestación sensacional que no precisa decibelios, si no claridad y un aire muchas veces marcial, ritualístico.  * Ismael G. CABRAL, corresponsal en Sevilla de ÓPERA ACTUAL

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