Diez mil años... ¡Que viva nuestro Puccini!

Valencia

06 / 06 / 2026 - Jerahy GARCÍA - Tiempo de lectura: 3 min

La producción de 'Turandot' de Àlex Ollé © Palau de Les Arts / Miguel LORENZO & Mikel PONCE
La producción de 'Turandot' de Àlex Ollé © Palau de Les Arts / Miguel LORENZO & Mikel PONCE
La producción de 'Turandot' de Àlex Ollé © Palau de Les Arts / Miguel LORENZO & Mikel PONCE

Palau de Les Arts

Puccini: TURANDOT

Ekaterina Semenchuk, Gregory Kunde, Carolina López Moreno, Liang Li, Josep Fadó, Jan Antem, Pablo García-López, Mikeldi Atxalandabaso. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats. Escola Coral Veus Juntes. Dirección musical: Mark Elder. Dirección de escena: Àlex Ollé. 3 de junio de 2026.

 

El último título de la temporada llenó el millar de localidades de la Sala Principal de Les Arts y arrancó con gran puntualidad, como pide un título mayor del repertorio: Turandot regresaba al teatro valenciano en una producción del New National Theatre de Tokio y el Tokyo Bunka Kaikan, que jubila el orientalismo decorativo de antaño por una abstracción severa (ver previa en este enlace). Firmada por Àlex Ollé (La Fura dels Baus), con escenografía del gran Alfons Flores, el regista catalán encierra la acción en una caja monumental y opresiva de escaleras que se cruzan sin destino, como ilusión óptica a lo Penrose o El juego del calamar; y, como en la serie, acertar o morir es la única regla.

El claroscuro de la iluminación de Urs Schönebaum esculpe ese laberinto con una plasticidad mineral, casi de ciencia-ficción, en la que parece la estela de moda durante esta temporada, como el Faust de octubre, la Salome de abril o el Giulio Cesare in Egitto de marzo, mientras antidisturbios, figuras espectrales y las cabezas de los pretendientes ajusticiados, en pértigas, traducen el reino de la princesa en aparato represor. La China imaginaria deviene así juego de eliminación en la cual perder cuesta la cabeza, con la Princesa de hielo de implacable maestra de ceremonias. La Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats, integrada con acierto, dibujaba con sus cuerpos las aspas que clausuran el recinto como una prohibición de paso.

Ollé reservó su decisión más discutible para el desenlace: en lugar del deshielo amoroso que Franco Alfano cosió sobre los esbozos de Puccini, su Turandot se quita la vida antes que rendirse al vencedor, como ideara Núria Espert en su ya mítica producción de finales del pasado siglo. En esta nueva visión, al proclamarse que el nombre del extranjero es Amor, la princesa parece comprender que el amor verdadero fue el de Liù, no el suyo, y prefiere morir a usurparlo… O prefiere mantener intacta su divinidad (y virginidad) lejos de una huella humana… El giro, como pasa tanto con esta ópera, demuestra que un mismo libreto consiente lecturas opuestas: ahí late la vigencia de una partitura que el maestro dejó en suspenso y que nunca cerró del todo.

"Gregory Kunde abordó a Calaf en plena veteranía, tras cuatro décadas de carrera reorientadas al repertorio dramático. La longevidad del tenor estadounidense raya en lo insólito"

En el podio, Mark Elder confirmó por qué Les Arts lo nombró director musical: optó por tempi anchos, reteniendo a la Orquestra de la Comunitat Valenciana sin soltarla hasta que la tensión espesó el sonido. La formación titular respondió con articulación nítida, entradas y cortes precisos y unos contrastes dinámicos muy gobernados; metales y percusión —protagonistas casi inéditos en el catálogo pucciniano— relumbraron sobre todo en el segundo acto, sin que se resintieran los pasajes a cappella del Emperador o del coro. En efecto, el Cor de la Generalitat Valenciana sumó potencia, empaste y densidad, soldado a la orquesta con cohesión ejemplar.

Ekaterina Semenchuk encarnó a la princesa desde la cuerda de mezzosoprano, lo que oscurece un papel propio de soprano spinto: caudal amplio y color cálido y gélido a un tiempo, a tono con el hielo del personaje, resolvió “In questa reggia” con autoridad. Con todo, la noche encontró su voz en Carolina López Moreno; su Liù, de línea delicada y dulzura jamás empalagosa, hilvanó un “Signore, ascolta” que mereció la primera gran ovación y creció hacia un tercer acto sobrecogedor —recortada sobre la pasarela de luz que la aislaba del laberinto—, con un “Tu, che di gel sei cinta” de hondura dramática que por sí solo justificó la velada.

Gregory Kunde abordó a Calaf en plena veteranía, tras cuatro décadas de carrera reorientadas al repertorio dramático; la longevidad del tenor estadounidense raya en lo insólito, y si arias tan transitadas como “Nessun dorma” imponen una vara altísima, la salvó con canto noble y bien proyectado, suplido cierto desgaste en el timbre con la inteligencia de quien dosifica como pocos. Liang Li dibujó un Timur de bronce, conmovedor en el concertante “Ah! Per l’ultima volta” y en el duelo final por Liù, mientras que el trío de ministros —Jan Antem, Premio ÓPERA ACTUAL 2023, junto a Pablo García-López y Mikeldi Atxalandabaso— conjugaba empaste y solvencia teatral, sin el chiste fácil que la tradición les reserva. Josep Fadó cumplió como Altoum y Príncipe de Persia.

Cuando el coro de Puccini entona su antiguo “diez mil años a nuestro emperador”, el abarrotado Palau, en pie, se lo transfirió sin saberlo a quien de verdad reinaba en la sala. Diez mil años viva, pues, nuestro Puccini.  * Jerahy GARCÍA, corresponsal de ÓPERA ACTUAL en Valencia

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