CRÍTICAS
NACIONAL
Versión insuperable de 'I Lombardi', el Verdi con más gancho
Madrid
Teatro Real
Verdi: I LOMBARDI ALLA PRIMA CROCIATA
En versión de concierto
Lidia Fridman, Francesco Meli, Marko Mimica, Iván Ayón Rivas, Miren Urbeita-Vega, David Lagares, Josep Fadó, Manuel Fuentes, Mercedes Gancedo. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección: Daniel Oren. 6 de julio de 2025.
Para el verdiano auténtico, el enganchado a muerte a la música de Verdi, las obras del maestro joven, las de los años de galera, son lo más fascinante de su obra. No se discute la calidad, la imaginación ni la belleza de lo que vino después. Ahora bien, nunca como en esos años, que van de Oberto (1839) a Stiffelio (1850), Verdi escribiría una música tan inmediatamente atractiva, tan emocionante, de vitalidad tan arrolladora y radical. Entre todas ellas, I Lombardi alla Prima Crociata, escrita justo después de Nabucco y para aprovechar el éxito patriótico de este último tiene a su favor la libertad que al compositor le proporcionó el objetivo desacomplejadamente comercial. Eso debió de ser lo que le permitió dar rienda suelta a una inspiración desbordada, sin límite alguno, a partir de un libreto desquiciado en apariencia (o sin apariencia), de esos que siempre le gustaron al maestro por ir saturados de furia, de lirismo extático, de pasiones incandescentes: los que expresan sin inhibiciones ni intermediarios la humanidad total, en carne viva.
Esto no quiere decir que I Lombardi, como a veces se dice, sea obra tosca o de primerizo. Al contrario, está llena de bellezas tímbricas, de contrastes armónicos, de sorpresas cromáticas, de contrastes dinámicos y, como no podía ser menos, de esa generosidad melódica que nadie ha tenido como Verdi. Opulencia y abundancia, claro está, pero también una capacidad divina para convertir un material aparentemente trivial —las marchas, las bandas de música, unas cuantas notas banales— en melodías sublimes, que de pronto abren a quien escucha sin prejuicios zonas desconocidas, a veces abismales, otras radiantemente luminosas, de su propia condición.
El Verdi joven es tan grande que supera interpretaciones de calidad mediana. Ahora bien, cuando encuentra a intérpretes entregados y grandes de verdad, el efecto resulta único. Es lo que ocurrió en esta velada en el Teatro Real, en particular gracias a ese maestro absoluto que es Daniel Oren: nadie como él conoce y aprecia el milagro de esta música, que hace brillar en todo su esplendor, como en el milagroso terceto “Un breve instante”, en la teatrera escena “Guerra, guerra”, o en “La bella straniera”, tan delicada como cruel. Ante una dirección tan absolutamente comprometida, tan fina y sutil, la Orquesta Titular respondió con una prestación de gala, con cada instrumentista convertido en un solista, sin bajar nunca la guardia ni la intensidad, con matices infinitos y una elegancia y una transparencia prodigiosas. Buena muestra de ello fue Gergana Gergova, que interpretó con emoción contagiosa el espléndido solo de violín del tercer acto. El Coro Titular, al cuidado de José Luis Basso, se convirtió, como es debido, en uno los grandes protagonistas: perfectamente empastado, sin el menor fallo en los ataques, con un control completo en el forte y una gracia excelsa en las medias voces y los piani, estuvo a la altura de un cometido exigente y variado, con momentos de energía desbordada y otros de lirismo contenido, como el famoso “O Signore, dal tetto natio”. Difícil de superar, lo de una tarde como esta.
La soprano Lidia Fridman fue la encargada de dar vida a Giselda, uno de esos papeles imposibles del Verdi joven: lo hizo muy bien, con una voz cristalina, graves suficientes y excelente técnica y sensibilidad para las agilidades expresivas; algún fallo en el agudo no enturbió una prestación magnífica: fabulosa la escena de la locura, de escalofriante intención humanista, del segundo acto. Francesco Meli fue un espléndido Oronte, entregado, de voz bellísima y amplia, proyectada con generosidad y nobleza —como se canta Verdi—, con una línea de canto impecable, tanto que superó con inmensa elegancia una dificultad pasajera en la difícil cabaletta de la famosa “La mia letizia infondere”.
El bajo Marko Mimica fue el sustituto de muy última hora de Alex Esposito, lo que explicó algún pequeño fallo en el arriesgadísimo “Sciagurata! hai tu creduto”; no hubo ningún otro, y Mimica se impuso a partir de ahí con autoridad absoluta y una voz muy bella, juvenil y profunda, que hizo creíble, y atractivo, al atormentado Pagano. El tenor lírico Iván Ayón Rivas tuvo a su cargo a Alvino, personaje algo ingrato, en particular por la imposible tesitura de su magnífica escena “Che vid’io mai?… Qual nuova?”; pues bien, solventó las dificultades de forma magistral y le proporcionó al aria, y a su personaje, toda su conmovedora humanidad.
Magnífica, por otra parte, la Viclinda de la excelente soprano Miren Urbieta-Vega, así como el Pirro de David Lagares. Además estuvieron muy correctos en sus prestaciones Josep Fadó, Manuel Fuentes y Mercedes Gancedo. Éxito de los que se recuerdan, y broche feliz para la temporada. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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