CRÍTICAS
NACIONAL
Con Ollé y 'Lady Macbeth' en la ciénaga del Liceu
Barcelona
Gran Teatre del Liceu
Shostakóvich: LADY MACBETH DE MTSENSK (1934)
Inauguración de la Temporada y segundo reparto
Sara Jakubiak / Ángeles Blancas, Pavel Černoch / Ladislav Elgr, Alexei Botnarciuc, Ilya Selivanov, Núria Vilà, José Manuel Montero, Javier Agudo, Luis López Navarro, Albert Casals, Facundo Muñoz, Marc Sala, Goran Jurić, Scott Wilde, Jeroboám Tejera, Mireia Pintó, Paata Burchuladze, Alejandro López, Dimitar Darlev / Plamen Papzikov, Plamen Papazikov, Igor Tsenkman / Pau Bordas, Pau Bordas, Alexandra Zabala, Raquel Lucena / Alexandra Zabala. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Josep Pons. Dirección de escena: Àlex Ollé. 25 y 27 de septiembre de 2024.
El reflejo de los 10.000 litros de agua que ocupaban el escenario del Gran Teatre del Liceu con esta nueva producción de Lady Macbeth de Mtsensk (ver previa en este enlace) iluminaban los óculos y rosetones del proscenio y el techo, obra de Perejaume, que hacen alusión a las antiguas pinturas destruidas en el incendio y al abrupto paisaje de butacas rojas ideado por el artista. Un efecto que recordaba el fatídico incendio de 1994 y el 25º aniversario de la reinauguración del coliseo de La Rambla que se conmemoraba en esta inauguración de temporada con un escueto vídeo con imágenes del desastre de hace tres décadas y de la reconstrucción previo a este nuevo montaje de la ópera de Shostakóvich muy alejado de la grandilocuencia y de la belleza de la exitosa Turandot con dirección de escena de Nuria Espert que levantó el nuevo telón liceísta en 1999.
Con el director musical de la casa Josep Pons en el podio, la apuesta de Àlex Ollé para esta obra maestra del repertorio del siglo XX juega con una dirección de escena todavía más brutal, descarnada y explícita, si cabe, que el propio libreto de esta tragedia rusa. Toda la producción se sustenta en una gran ciénaga que recuerda las últimas palabra de la protagonista, Katerina Ismailova, en referencia a un lago en medio del bosque, profundo y negro, como su conciencia, representado por los miles de litros de agua que inundan el escenario por los que deben moverse y actuar los numerosos personajes y el coro, en un esfuerzo extraordinario si se tiene en cuenta la longitud de la obra (más los ensayos y las diferentes funciones). El efecto que provoca el agua es sorprendente –a pesar de que llega a molestar por el ruido que producía cuando los intérpretes se movían– arropado por una propuesta escénica minimalista pero grandiosa, en la cual la cama matrimonial preside la obra y se multiplica en el onírico último acto planteado por Ollé; solo se apoyaba con algunas mesas y una serie de paneles movibles y telones de color herrumbroso del escenógrafo Alfons Flores que funcionan perfectamente, una iluminación muy destacada de Urs Schönebaum y un vestuario de Lluc Castells atemporal y sin definir su procedencia –a pesar de los uniformes de policía muy españoles–, que en en una gran parte de la obra no va más allá de la ropa interior para los protagonistas y el coro.
Cruda, impactante, grosera y espectacular resulta la dirección de actores de Ollé, cuidada en todos los detalles, desde las recurrentes escenas de sexo y violencia, pasando por las opresivas y descarnadas relaciones entre los protagonistas y hasta la corrupción desmadrada de policías y autoridades eclesiásticas. La preeminencia de la regia se convierte en protagonista gracias a la genial e impactante partitura de Shostakóvich en esta Lady que Josep Pons, al frente de una muy destacada Simfònica del Liceu, ofrece toda la carga emotiva, brutal y expresiva ideada por el compositor en una muestra más del camino hacia la excelencia del director, de la orquesta y del coro, ya que este último ofreció también una gran interpretación tanto en la afinación como en la conjunción sonora en los pasajes más delicados y en los muchos decididamente explosivos.
Pero el éxito alcanzado, a pesar de que una parte del público invitado a la première no volvió a sus butacas tras el descanso, no se hubiese producido sin un elenco protagonista excelente a nivel canoro y muy especialmente actoral. La gran triunfadora fue la soprano protagonista, Sara Jakubiak, una gran actriz que dibujó a una Katerina explosiva, que deslumbró por su amplitud de registro y de proyección una vez superado ese timbre un punto áspero del inicio. El tenor Pavel Černoch ofreció un Serguei extraordinario en su desempeño dramático, muy solvente también en el apartado vocal. Además de la pareja principal sobresalieron especialmente el Boris Ismailov de un homogéneo y timbrado Alexei Botnarciuc, la destacada Aksinia de Núria Vilà y la muy cuidada actoralmente Sonietka de Mireia Pintó, a la que le faltó un punto de proyección canora, junto a los muy destacados Goran Jurić como Pope y Scott Wilde como Jefe de policía. Correctos Ilya Selivanov como Zinovi y José Manuel Montero como el Campesino borracho –a pesar de sucumbir a los tiempos extremos de su compleja aria– junto a los numerosos personajes secundarios del amplísimo elenco.
Esta nueva Lady Macbeth de Mtsensk liceísta ha resultado ser de primer nivel, con una apuesta escénica potente y descarnada que solo se vio desmerecida por el onírico cuarto acto, en el que la protagonista sueña con presidiarios caminando por la estepa siberiana y con la infidelidad de Serguei y que culmina con Katerina degollando a Sonietka y suicidándose en lugar de representar la difícil escena original, en la que la protagonista empuja y ahoga a su rival en un río helado. La licencia escénica dificultó su comprensión y no aportó nada especial a una producción que fue recibida con numerosos aplausos. Sorprendió que Ollé, en los saludos finales, se apuntase a las botas de agua tras exigirle a solistas, coro y figurantes lidiar con el agua durante semanas.
Segundo reparto
En el estreno del segundo reparto no cambiaron mucho las cosas a nivel musical y escénico, quizás se suavizaron un tanto las escenas de sexo, con menos luz en algunas de ellas, y con una Katerina Ismailova de la española Ángeles Blancas más matizada y expresiva a nivel actoral y canoro. La soprano ofreció un personaje más humano, de timbre más cálido y bien contrastado, con unos pasajes más rotundos y agudos en forte, que son bastante numerosos. El instrumento no tiene la amplitud y la proyección con la que deslumbró al público barcelonés Sara Jakubiak en el estreno, pero Blancas, entregada por entero, recibió una gran ovación por su muy creíble y destacada actuación al finalizar la función.
El Serguei de Ladislav Elgr fue algo más discreto a nivel canoro y actoral que su antecesor, con menor proyección y calidad en el instrumento en un papel muy complejo a todos los niveles, que consiguió llevar a buen puerto a lo largo de toda la partitura, en una actuación bastante lograda. Meritoria nuevamente la labor de los Simfònica del Liceu con un muy inspirado Josep Pons en el podio en esta partitura compleja, llena de matices, cambios de ritmo y explosiones sonoras que supieron dar el máximo de relevancia gracias a unos metales y vientos muy cuidados, una percusión de notable eficacia y unas cuerdas perfectamente conjuntadas, al igual que el Coro que volvió a tener una excelente prestación. * Fernando SANS RIVIÈRE, director de ÓPERA ACTUAL
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