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La luz de Victoria iluminó La Zarzuela
El coliseo lírico madrileño acogió anoche un homenaje a la soprano barcelonesa en el centenario de su nacimiento
El Teatro de La Zarzuela rindió homenaje a Victoria de los Ángeles en una soberbia y sobria gala que contó con las voces de catorce grandes artistas hispanos que recordaron a la inmensa soprano barcelonesa, de la que se ha cumplido el centenario de su nacimiento.
El trajín en Casa Manolo lo delataba. Era tarde de zarzuela. Las croquetas, empanadillas y la tortilla volaban acompañando a las cañas. Ni un hueco en la barra y segunda y tercera fila esperando turno. Enfrente, el homenaje a Victoria de los Ángeles, grande entre las grandes, que el Teatro de la Zarzuela rendía en forma de gala al cumplirse el centenario de su nacimiento, ojo, que fue en noviembre de 2023, pero bienvenido sea en el nuevo año. Parecía que la primavera madrileña empezaba con timidez a dejarse ver.
La imagen del cartel con el rostro de la soprano mirando hacia abajo, en blanco y negro, no puede ser más bonita ni más elegante. Es su retrato, el de una artistaza en las antípodas de divismos, serena, humilde y grande. Ella, su imagen, sus vestidos, su luz, estuvieron presentes a lo largo de las casi tres horas de homenaje (una duración excesiva que hizo removerse en los asientos a más de uno y despistarse para consultar el reloj del móvil). La escena (una propuesta de Marc Busquets, director artístico de la Fundación Victoria de los Ángeles) jugó con la luz y los fondos monocromos, potentísimos en rojo, malva, negro, anaranjado. Arrancó con un cañón cenital que iluminaba el centro del escenario, y alrededor, tenores, mezzos, sopranos y barítonos junto a la maestra. Una grabación con sus palabras en la que contó por qué amaba Pelléas et Mélisande: “Me encanta su poesía”, decía de Maeterlinck. Fue la última ópera escenificada que interpretó en La Zarzuela, cuando era teatro de ópera, allá por 1980.
Abrió el homenaje, que se hacía en colaboración con la Fundación que lleva el nombre de la cantante española, la mezzo Nancy Fabiola Herrera, premio ÓPERA ACTUAL 2018, intérprete que tantas veces ha colaborado con la citada entidad que vela por el legado de Victoria, y lo hacía con el Cantar del alma de Mompou, basado en San Juan de la Cruz; le siguió de cerca otra mezzo, portuguesa de nacimiento y con una voz bellísima, Helena Resurreiçao cantando Als die alte Mutter mich noch lehrte singer, de Dvorák, dando paso a Turina, Poema en forma de canciones, en la garganta de un pletórico Airam Hernández, que se llevó los primeros bravos de una noche muy brava. Ofèlia Sala y Mercedes Gancedo, con Toldrá y Mompou, respectivamente, se hicieron dueñas de las tablas y cedieron el testigo al barítono Josep-Ramon Olivé y al tenor David Alegret, estupendos los dos.
Después, desde el patio de butacas llegó la voz de Montserrat Seró, a lo Gilda, que cantaba aquello de “aprende a sisar”, del maestro Chueca, para cerrar con otra explosión de bravos que tuvieron a José Bros, Premio ÓPERA ACTUAL 2012 (cuánto se le quiere en Madrid) como protagonista con “No me quiere” de La isla de las perlas, de Sorozábal. Le siguieron dos dúos muy aplaudidos, con Nancy Fabiola Herrera y David Menéndez uno, y Bros y la soprano Mariola Cantarero, Premio ÓPERA ACTUAL 2002, que cierra y abre el abanico como nadie, con el que acabó la primera parte en lo más alto. Al frente de la orquesta el maestro Pedro Pardo, que llevó a la Sinfónica Victoria de los Ángeles a muy buen puerto.
Durante toda la gala se sucedieron imágenes de la homenajeada. Victoria en París caminando entre los coches junto al Arco del Triunfo. Victoria en Nueva York. Victoria cámara al cuello en busca de una fotografía. La fotografía dedicada de Victoria a su tío Pepe o la carta en la que el maestro Frühbeck de Burgos recuerda cómo la conoció. Victoria, divertida y encantadora, cantando La tarántula. Victoria recogiendo ramos de flores. Victoria con su querida Alicia de Larrocha. Y el juego de las luces fue capaz de crear una escena fantástica y cálida.
Un 'Azulão' de estremecer
La segunda parte echó a andar con una de las mejores interpretaciones de la noche, un Azulão de María José Montiel de estremecer. Y así hasta más de veinte piezas, que se dice pronto, con cambios de vestuario, que fueron alternando gargantas y tesituras. Todos los intérpretes dieron lo mejor, cantaron con absoluta comodidad y disfrutaron. Lo hizo Miren Urbieta-Vega, fantástica, un sólido Alegret, y una estupenda Carmen Solís, a la que da gusto escuchar. Que Bros es imbatible cuando canta «No puede ser» de La tabernera del puerto de Sorozábal no es noticia, pero ahí queda. O que Nancy Fabiola Herrera interpreta la «Nana» de Montsalvatge apasionadamente, tampoco, pero ahí queda también. Todos lo dieron todo y Victoria, no me cabe duda, lo disfrutó desde su particular patio de butacas.
Al final, un chotis con los catorce artistas sobre el escenario, ellas, tirando de mantón, bailando divertidas y disfrutando. Y ellos, lo mismo. Una lástima que el público, que salió pitando, no se cuadrara delante de todos, uno por uno. Detrás de ese chotis pudo haber otro bis, quién sabe. Pero ya pasaban muy largo de las once de la noche y “estamos a martes”, escuché decir a alguien. Daban ganas de subir a las tablas con ellos y darles ese abrazo que Victoria les habría regalado a los catorce.– ÓA
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