Reportajes
'El potosí submarino': recuperación de patrimonio en el Teatro de La Zarzuela
La obra vuelve a la vida del 19 al 30 de noviembre con dos repartos, el primero de ellos encabezado por Manel Esteve, Carolina Moncada, Alejandro del Cerro y María Rey-Joly
Madrid
Arrieta: EL POTOSÍ SUBMARINO
Nueva producción del Teatro de la Zarzuela
NOV / 19, 20, 21, 22, 23, 26, 27, 28, 29, 30
Misisipí: Manel Esteve / Enric Martínez-Castignani. Celia: Carolina Moncada / Nuria García Arrés. Cardona: Alejandro Del Cerro / Enrique Ferrer. Perlina: María Rey-Joly / Irene Palazón. Coralina: Mercedes Gancedo / Laura Brasó. Príncipe Escamón: Juan Sancho / José Luis Sola. Pale-Ale: Rafa Castejón. Caracolina: Marina Fita. Maître: Luis Tausía. Dirección musical: Ivan López Reynoso. Dirección de escena y vestuario: Rafael R. Villalobos.
Entre tesoros, personajes de arrabal y tecnologías subacuáticas transcurre El Potosí submarino, la zarzuela cómica-fantástica de Emilio Arrieta que lleva a un nuevo nivel el delirio aventurero del último tercio del siglo XIX. Arrieta propondrá al público dejarse llevar por un exotismo distinto del que se extendía por el resto de Europa. Ni países lejanos ni culturas orientales: la patria incierta es el futuro. La obra vuelve a la vida en el madrileño Teatro de La Zarzuela, donde se representará del 19 al 30 de noviembre con dos repartos, el primero de ellos encabezado por Manel Esteve, Carolina Moncada, Alejandro del Cerro y María Rey-Joly, con dirección musical de Iván López Reynoso y en un montaje de Rafael R. Villalobos.
Si un jovencísimo Isaac Albéniz, que andaba de gira por París en 1867, hubiera podido pasarse por la Exposición Universal de aquel año, habría visto muchas e inesperadas maravillas: el primer libro de bolsillo de la historia —Los miserables, de Victor Hugo—, un globo Mongolfier que ascendía y descendía con pasajeros, un fotógrafo haciendo las primeras vistas aéreas de la ciudad y un acuario central de tamaño gigantesco. Y sentado frente a la inmensa pecera, cada tarde de aquel verano, habría visto a un hombre bastante bajito, con barba, que anotaba los cientos y cientos de especies distintas que se paseaban frente a sus ojos para luego volcarlas en su obra, Veinte mil leguas de viaje submarino. En realidad Julio Verne parecía capitalizar en su novela esa necesidad de lo exótico propia del público francés, pero lo cierto es que buena parte de Europa se había abonado a las historias donde la peripecia fantástica animaba la palabra. La obra de Verne se publica en España con mucha celeridad, a través del Establecimiento tipográfico Tomás Rey y Compañía, traducida por Vicente Guimerá. Es un año antes del estreno de El potosí submarino en diciembre de 1870, y precisamente la celeridad en publicarla habla del espacio de interés que había generado la temática fantástica remozada con disfraz tecnológico y vehiculada a través del asombro. Verne era la versión aristócrata del espíritu aventurero español.
Pero más allá de la tendencia cultural general, aquel principio de la década de los setenta del siglo XIX certifica las dificultades que atravesaba el género lírico. Los esfuerzos andaban encaminados a encontrar nuevas fórmulas de mercado que permitieran superar el desgaste del público que apreciaba entonces, la inestabilidad política tras el derrocamiento de Isabel II y la muerte de alguno de los fundadores del género, como Joaquín Gaztambide, desaparecido nueve meses antes del estreno del Potosí. Y si el público madrileño parecía empeñado en buscar producciones de gran despliegue escénico, repletas de coros y números bailables, es precisamente Emilio Arrieta quien mejor puede proponer nuevas perspectivas de composición. El músico navarro parte con la ventaja de la síntesis oportuna: conoce bien el espíritu melódico italiano pero crea romanzas alejado de su necesidad de trascendencia; identifica la simpatía del público hacia la caricatura y los giros regionalistas pero sabe usarlos rodeado de un espíritu refinado; y además tiene un pasado suficiente como para reconocer los disfraces del éxito, como ya había demostrado con El dominó azul (1853) y Marina (1855).
Bajo del mar
El libretista Rafael García Santisteban, un asiduo del mundo lírico, fue el encargado de estructurar esta fábula marina en verso entre la parodia y la maravilla. La idea de El potosí submarino era situar en el centro de la trama un remedo de la sociedad y, al llevarla al extremo del absurdo, desarrollar la sátira en torno a la codicia del ciudadano medio, su indefensión frente al progreso científico y la pertinaz mirada melancólica al pasado colonial español. El argumento se centra en las aventuras de un joven ambicioso que se embarca en una expedición submarina en busca de un mítico tesoro oculto bajo el mar: las legendarias minas de plata de Potosí, uno de los mayores símbolos de la perdida riqueza colonial de Occidente. Las situaciones absurdas iniciales se van haciendo cada vez más extravagantes y fantasiosas a medida que se abandona la superficie para entrar en el reino submarino del Príncipe Escamon, repleto de seres fantásticos que ridiculizan los comportamientos humanos.
El propio dramatis personae de la obra anticipa el punto de vista irreverente de García Santisteban; tras el detalle de los personajes principales aparecen “accionistas, anfibias, perlinas, coralinas, caracolinas, velocipedistas, anfibios, ranas, cocodrilos, langostas, guardia real y pescados de varias clases”. Un absurdo e hilarante delirio escénico. El verbo afilado del libretista madrileño acaba por construir una sátira a varios niveles en la cual aparecen buena parte de los desánimos sociales del último tercio del siglo XIX: lo dicho, la obsesión por la riqueza, la búsqueda descarnada de ascensores sociales, la dependencia tecnológica y la añoranza del pasado colonial. La sutileza alcanza también al dibujo de sus personajes, con una reinvención de los tipos sociales clásicos de la commedia dell’arte de Goldoni que consigue redibujar sus arquetipos como el del burgués codicioso o el enamorado ingenuo.
Música actuática
Diez días después del estreno de la zarzuela en el madrileño Teatro de los Bufos Arderius, medios musicales como El entreacto seguían haciéndose eco de las reacciones del público: “En el Teatro de los Bufos siguen las representaciones del Potosí submarino, atrayendo a los aficionados al género. El dúo del acto tercero que la Srta. Álvarez y Rossell cantan con mucha gracia, se repite todas las noches y las velocipedistas repiten sus rápidas carreras dos y tres veces”. Parte importante del éxito de algunos de los números del Potosí —como la escena del tercer acto en el Veloz Club al que alude la crítica— radica en la madurez creadora de Arrieta, que encuentra en este mundo fantasioso un vehículo magnífico de reivindicación de sus presupuestos estéticos.
Las romanzas y dúos siguen alimentándose del mundo italiano, pero desde la óptica de un bel canto tardío que es capaz de articular largas líneas líricas sin renunciar a la servidumbre de lo popular y a sus ritmos armónicos sencillos. El apartado más refinado de la partitura está en el acompañamiento orquestal, repleto de efectos escénicos y atmósferas sonoras que proponen una nueva forma de exotismo. La música, en su afán por describir con viveza el mundo submarino, se llena de escalas descendentes, arpegios ondulantes y paletas de color orquestal sorprendentes. Más allá de las escenas en la corte acuática, es en las romanzas amorosas donde Arrieta despliega más talento, contraponiendo un lenguaje lírico más recargado a la sencillez pegadiza de los números corales y festivos.
Julio Verne contaba en su libro cómo los escualos y los pulpos hacían cortejo a su Nautilus. El Potosí no se queda atrás. Como dice uno de sus personajes, el Doctor Misisipi, “Julio Verne con sus novelas / me ha hecho un favor especial, / y aplico las ciencias físicas / a mi uso particular”. Cómo no sonreír…– ÓA





