Reportajes
Estudio ÓA 280: Francesca Caccini, el cantar escondido
Una aproximación a la compositora italiana a 400 años del estreno de su ópera 'La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina'
Fue la primera mujer de la historia en componer una ópera. Innovadora y versátil a partes iguales, Francesca Caccini fue capaz de asimilar las enseñanzas de la vanguardia e integrarlas en el gusto del público cortesano para el que trabajaba. Junto a su ópera La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina, que en febrero celebró los 400 años de su estreno, constituyen el claro ejemplo de hasta qué punto el relato de una época ha llegado incompleto hasta hoy. La obra pudo verse en Madrid a finales del curso pasado.
Año 1607. En el Salón de los Espejos del Palacio Ducal de Mantua ocurre un hecho que cambiará la historia cultural de Occidente: un hombre, disfrazado con ropas poco comunes y con un arpa de atrezo en la mano, encara por primera vez a Caronte diciendo aquello de “Possente spirto”. El verbo de aquella favola in mvsica lo puso el poeta Striggio, pero la música germinal que Claudio Monteverdi inventó para la ocasión era el resultado de una transformación radical, una modernización del lenguaje de los afectos que provenía de 150 kilómetros más al sur, de los círculos intelectuales florentinos. En ese mismo 1607 y compartiendo núcleo de poder, ocurre algo inédito en aquellos días: la Gran Duquesa Cristina de Lorena, esposa de Fernando I de Medici, contrata como músico de corte a una reconocida cantante, La Cecchina.
Su nombre real era Francesca Caccini, hija del gran Giulio Caccini, quien marcó las pautas primigenias de los nuevos modos de componer —el llamado stile rappresentativo— y supo experimentar con los formatos más arriesgados del verso. La contratación de La Cecchina en la Corte –compositora, cantante, arpista, maestra, poeta– formaba parte de una política más ambiciosa por parte de los Medici enfocada a evitar la fuga de talento: pretendida por la corte francesa y por la del príncipe de Venafro, se le ofreció en Florencia un contrato que dictaba exclusividad, le aseguraba matrimonio con el cantante Giovanni Battista Signorin, un buen salario y una dote de cerca de mil escudos. Se trataba, indudablemente, de un fichaje estratégico, hasta el punto de convertirse pocos años más tarde, en 1620, en el músico mejor pagado de toda Florencia.
Aunque en calidad de cantante Francesca Caccini llevaba años siendo la protagonista del grupo de moda, el Concerto delle Donne, como compositora empezó a llamar la atención gracias a una pieza estrenada ese mismo carnaval con gran éxito, La stiava, en febrero de 1607. Era el final de una carrera muy larga, en la cual su dedicación a la música había estado determinada desde su nacimiento por la pertenencia a una saga musical que dictaba parte de la actualidad cultural de la ciudad, la familia Caccini. Educada de manera rigurosa en todas las artes, tocaba varios instrumentos, escribía bajo distintos idiomas —latín e italiano— y llevaba a la práctica del canto la emotividad que reclamaba su padre a través del afilado dardo de la palabra.
La relevancia de sus actuaciones para los Medici y su variedad de registros se reflejaron en piezas de todo tipo, desde entretenimientos cortesanos como Il passatempo (1614) hasta músicas de espiritualidad más marcada, como Il martiro di Sant’Agata (1622).
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