Opinión
Desde el Teatro Real de Madrid
El director artístico del coliseo madrileño reflexiona en torno a 'Adriana Lecouvrerur' de Cilea, título inaugural de la temporada lírica. El 'verismo' afrancesado ante el mito de Adrienne Lecouvreur
La temporada 2024-25 comenzará con el estreno en el Teatro Real de Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea, una ópera muy popular pero que sorprendentemente nunca ha subido a su escenario. Adrianne Lecouvreur fue un personaje histórico, una famosísima actriz de la Comédie-Française –debutó en 1717– que llegó a actuar en su escenario en más de 1.500 representaciones a lo largo de 13 años, considerada como la mejor intérprete de Racine y de Corneille de su tiempo, parece que amante de Voltaire, y, seguro, amante del mariscal Mauricio de Sajonia.
No es extraño que Racine –que era “su” gran éxito– esté presente en la ópera de Cilea, y, de hecho, el desenlace se produce como consecuencia de la intensidad con que la actriz recita un monólogo de Fedra que su rival amorosa, la duquesa de Bouillon (que la ópera la asciende a princesa), se toma como una alusión personal y como un insulto. Adriana murió joven, según circuló en la época envenenada por la Bouillon, y esta es la trama argumental de la obra teatral de Eugène Scribe que Francesco Cilea acabará convirtiendo en una ópera.
Cien años después de su muerte, en circunstancias misteriosas, el mito de Adrienne Lecouvreur seguía en el apogeo de su gloria. Tenía, incluso, una sucesora que clamaba para sí misma la herencia de la antigua diva, cosechando triunfos igual de sonados con el mismo repertorio. Resultaba muy tentador unir ambas leyendas sobre el escenario mediante un texto que, por un lado, expusiera el morboso ménage a trois fatal entre Adrienne, Mauricio y la Bouillon; y por otro consagrara a la sucesora real de Adrienne en el escenario de la Comédie-Française desde su no menos sonado debut en 1938: la mismísima Rachel. En efecto, el texto literario de Scribe sobre la vida de la verdadera Lecouvreur interpretado por Rachel se estrenó en 1849 y se convirtió en un éxito descomunal. Hasta el punto de que las generaciones posteriores de actrices que ansiaron interpretar el papel se las tuvieron que ver, a partir de entonces, con dos mitos con los que lidiar: Adrienne Lecouvreur y Rachel.
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