Zemlinsky hiere sin piedad

Lausana

04 / 05 / 2026 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 min

La nueva producción de 'La Nariz' de Jean Liermier © Opéra Lausanne / Carole PARODI
La nueva producción de 'La Nariz' de Jean Liermier © Opéra Lausanne / Carole PARODI
La nueva producción de 'La Nariz' de Jean Liermier © Opéra Lausanne / Carole PARODI

Opéra de Lausanne

Zemlinsky: DER ZWERG

Nueva producción

Adrian Dwyer, Mathias Vidal, Tamara Bounazou, Linsey Coppens, Christian Immler, Andrea Cueva Monar, Céline Soudain, Anouk Molendijk. Dirección musical: Sora Elisabeth Lee. Dirección de escena: Jean Liermier. 26 de abril de 2026.

La Opéra de Lausanne apostó por una opción arriesgada con Der Zwerg de Alexander von Zemlinsky, presentada en la versión de cámara de 2014 de Jan-Benjamin Homolka, y el resultado no pudo ser más convincente. Lejos de empobrecer la partitura, la reducción para dieciocho músicos acentuó sus cromatismos y tensiones internas, permitiendo una lectura de gran transparencia que, bajo la dirección de Sora Elisabeth Lee, alcanzó una intensidad expresiva notable. Frente a la densidad de la versión sinfónica, aquí la escritura aparece más descarnada, más directa. Basada en el relato The Birthday of the Infanta de Oscar Wilde, la ópera condensa la tragedia de un joven deforme que, ignorante de su apariencia, se enamora de la Infanta que lo ha recibido como un regalo exótico, un objeto de diversión. El descubrimiento de su imagen en el espejo precipita un desenlace devastador, en el que la ilusión amorosa, instigada como juego por la Infanta, se transforma en humillación irreparable.

La lectura escénica de Jean Liermier resultó particularmente incisiva; ambientada en un jardín de invierno de estética fin de siècle, el escenario —colorido y saturado de flores— construye un espacio de apariencia lúdica que pronto revela su reverso inquietante. En ese contraste entre lo ornamental y lo cruel, donde lo grotesco y lo trágico conviven sin filtro, se articula buena parte de la eficacia dramática del montaje. La inclusión del propio Zemlinsky en escena subraya además la dimensión autobiográfica de la obra, inevitablemente vinculada a su relación con Alma Mahler, proyectando sobre el protagonista una herida íntima que atraviesa toda la función. El resultado fue un espectáculo de gran coherencia dramática, especialmente punzante en la escena del espejo y en el final, cuando la muerte del Enano contrasta con la indiferente continuación de la danza cortesana, en una imagen de devastadora frialdad.

"La gran triunfadora fue Linsey Coppens como Ghita: su voz, de timbre aterciopelado y carnoso, proyectó con amplitud y musicalidad un personaje clave"

El tenor titular Adrian Dwyer, indispuesto, asumió el rol en escena sin cantar, mientras Mathias Vidal interpretaba la parte vocal desde el proscenio, y la compenetración entre ambos fue notable; Dwyer ofreció una implicación escénica de gran intensidad, sosteniendo con credibilidad el arco emocional del personaje. Vidal, por su parte, afrontó con notable solvencia un papel de extrema exigencia en condiciones particularmente comprometidas, resolviendo con seguridad la línea vocal, pese a algunos desajustes en el registro agudo atribuibles a unos comprensibles nervios. En todo caso, la gran triunfadora de la velada fue Linsey Coppens como Ghita: su voz, de timbre aterciopelado y carnoso, proyectó con amplitud y musicalidad un personaje clave en la arquitectura dramática; es ella quien introduce la única mirada compasiva en un entorno dominado por la frivolidad y la crueldad. Coppens dotó al rol de una sensibilidad que terminó por erigirse en verdadero eje emocional de la función.

Por su parte, Tamara Bounazou compuso una Infanta de gran presencia escénica y marcada intencionalidad, sosteniendo con convicción un personaje tan central como incómodo en su frialdad. Su timbre cristalino se proyectó con eficacia, si bien algunos agudos, de emisión más metálica y puntualmente abiertos, rompieron por momentos la línea de canto. Con todo, su prestación resultó globalmente convincente, tanto por su implicación dramática como por la coherencia de su construcción del personaje.

Sólido también el Don Estoban de Christian Immler, de autoridad bien medida y fraseo cuidado, así como el conjunto de las camareras —Andrea Cueva Monar, Céline Soudain y Anouk Molendijk—, precisas en lo vocal y perfectamente integradas en el dispositivo escénico, aportando cohesión y relieve al entramado cortesano.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Lausana de ÓPERA ACTUAL

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