CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Una 'Traviata' bella y sin alma en el Teatro Colón
Buenos Aires
Teatro Colón
Verdi: LA TRAVIATA
Nueva producción
La Traviata sigue siendo una de esas obras que no se agotan. Lo que cambia no es la partitura, sino la mirada: cómo se la habita, qué tipo de mujer se dibuja en Violetta Valéry y cuánto de su mundo resuena en el nuestro. Esta nueva producción del Teatro Colón, con dirección escénica de Emilio Sagi, traslada la acción a un París de los años sesenta y construye un relato que, más que describir el derrumbe de una cortesana, se organiza en torno a su integridad. Todo —la luz, el espacio, los movimientos— parece pensado para ella, para que su vida se despliegue con las melodías más diáfanas que Verdi haya escrito para una heroína.
Los ambientes creados por Daniel Bianco son amplios, de arquitectura y mobiliario típicamente parisinos: techos con molduras, proporciones elegantes y un aire atemporal. Predomina una paleta acotada al blanco, negro y rojo; con pocos elementos se significa mucho. El resultado es refinado y de una gran claridad visual. En el segundo acto se incorpora un vitral inspirado en la cúpula del foyer del Colón: una cita hermosa y, a la vez, un homenaje al escenógrafo argentino Enrique Quique Bordolini, de destacada trayectoria internacional y colaborador habitual de Sagi, fallecido el año pasado. Esa luz filtrada, más que un detalle visual, instalo una atmósfera emocional que atravesó todo el acto. El vestuario de Renata Schussheim es de lo mejor de la propuesta: trajes bellísimos, de corte impecable, con referencias a grandes diseñadores como Balenciaga y Dior. Se reconoce el oficio técnico del teatro y una lectura inteligente del contexto. La primera fiesta, en blanco y negro, impone elegancia y distancia; la de Flora, en cambio, explota en rojos, con otro pulso, más vital y más violento. Allí apareció también un buen momento teatral: cuando Alfredo, enfurecido, lanza dinero sobre Violetta. No hubo caricatura en ese gesto, sino dolor y furia, una exaltación de sentimientos que faltó en buena parte de la función.
La dirección de Sagi se sostuvo sobre el orden, la claridad y una noción muy precisa del ritmo interno. Antes de que empezara la ópera, el público ya ve el escenario abierto, con los personajes en movimiento; al final, una gasa se despliega delante del elenco y deja sola a Violetta muerta frente al público. La historia se extiende así antes y después de sí misma, como si el tiempo de su vida y el de su recuerdo se superpusieran.
En el plano vocal, la función tuvo contrastes. Antes del inicio se anunció que Hrachuhi Bassenz padecía un cuadro alérgico, aunque de inmediato surgió la pregunta: habiendo otras sopranos que podían cubrirla (Zuzana Marková y Laura Pisani están previstas en otras fechas para cumplir ese rol) y si se siente bien para cantar ¿por qué anunciarlo? Su interpretación, en todo caso, fue insuficiente para las exigencias del rol: la voz no proyectó, el registro medio y grave se escucharon débiles, y la orquesta la cubrió casi toda la noche, incluso intentando respetarla al máximo. Lo mismo ocurrió con el tenor, que en los dúos se contenía para encontrar un nivel donde ambas líneas pudieran sostenerse. En escena, Bassenz se mostró rígida; aun así, tuvo algunos momentos de belleza vocal: “Ah, fors’è lui” le permitió cantar con cierta libertad, con buena expresividad en el registro agudo y un vibrato que, en los pasajes líricos, resultó efectivo.
Liparit Avetisyan fue un Alfredo correcto, de buena línea y fraseo, que debió controlarse mucho para no tapar a su compañera. El barítono Vladimir Stoyanov aportó profundidad a su personaje en un muy buen momento vocal, firme y bien construido. María Luisa Merino Ronda cumplió con solvencia como Flora: se mostró como la encarnación de la frivolidad, con un aire tan Balenciaga en su tocado y vestido, y una proyección clara en su voz que se integró a los números de conjunto.
El Coro Estable, bajo la preparación de Miguel Martínez, tuvo un muy buen desempeño, especialmente en la escena de la fiesta, donde se le exigió una participación escénica activa: las mujeres caracterizadas como gitanas, con una coreografía simple y vistosa de abanicos, y los hombres como toreros.
Desde el podio, Renato Palumbo dirigió con rigor y belleza. Hubo algo magnético en su manera de respirar la música junto a la orquesta: claridad, flexibilidad y una tensión justa en el desarrollo del arco dramático que tanto necesita esta ópera. Con planos perfectamente equilibrados, logró que cada detalle instrumental se oyera sin perder el pulso. La lectura orquestal devolvió a la obra su arquitectura emocional, incluso cuando lo que ocurría en el escenario no alcanzaba para sostenerla.
Sagi y su equipo, como se ha dicho, construyeron una puesta en escena a medida de Violetta: para su cuerpo, su voz y su conciencia. Pero sin una intérprete en condiciones, lo que pudo verse es la estructura de un drama —hermosa, precisa, ordenada— que, por momentos, se quedó sin alma. * Virginia CHACÓN DORR, corresponsal en Buenos Aires de ÓPERA ACTUAL





