Entrada triunfal de Sara Blanch en la ONP

París

30 / 01 / 2026 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 3 min

verdi paris Sara Blanch como Oscar © ONP / Benjamin GIRETTE
verdi paris La producción de 'Un ballo in maschera' de Gilbert Deflo © ONP / Benjamin GIRETTE
verdi paris Matthew Polenzani (Riccardo) y Anna Netrebko (Amelia) © ONP / Benjamin GIRETTE

Opéra national de Paris

Verdi: UN BALLO IN MASCHERA

Matthew Polenzani, Anna Netrebko, Etienne Dupuis, Sara Blanch, Elisabeth DeShong, Christian Rodrigue Moungoungou, Blake Denson, Andres Cascante, Ju In Yoon, Se-Jin Hwang. Dirección musical: Speranza Scappucci. Dirección de escena: Gilbert Deflo. Opéra Bastille, 27 de enero de 2026.

La Opéra national de Paris sacó de su baúl de recuerdos la adusta escenografía y el negro vestuario de William Orlandi para reponer la producción no menos ruda que Gilbert Deflo estrenó en 2007 y que la casa había ya repuesto hace siete años. Por tercera vez, el color negro invadió el escenario de La Bastille; cierto es que la trama atraviesa momentos de explícita negrura, pero también los hay, y no pocos, en los que la situación hubiese merecido mayor claridad. En definitiva, la continuidad del color en lugar del posible contraste, añadida a un dinamismo dramático mínimo demandado a los actores —con la excepción del brillante Oscar interpretado por la catalana Sara Blanch—, decantó sobre las voces y la orquesta toda posibilidad de dar a la noche, al menos por momentos, alguna esperanza de luz y de color.

Decepcionaron las voces masculinas por diversas razones. Matthew Polenzani (Riccardo) y Etienne Dupuis (Renato) abrieron el baile mediante un diálogo apenas audible, del todo incomprensible. Parecían aterrorizados en el escenario y, por supuesto, la primera aria de Renato “Alla vita che l’arride” pasó sin pena ni gloria. Ambos poseen voces de calidad, masculinas, sólidas aunque sin demasiado timbre, pero les faltó interés, intensidad dramática (que nada tiene que ver con el volumen acústico) y ganas de vestir interiormente sus personajes.

La Amelia de Anna Netrebko aportó seguridad de dicción, claridad y la belleza de su timbre, aspectos que indujeron una contradicción con la aparente debilidad psicológica de la mujer frente a su marido (y a su amante) pedida por el compositor. Ello, añadido a las timideces aludidas de ambos protagonistas, no contribuyó a ilustrar las dudas y las certezas, la fragilidad del personaje verdiano. Vocalmente perfecta, la soprano rusa buscó de vez en cuando las notas iniciales de sus frases: un par de veces no las encontró. Elisabeth DeShong fue una Ulrica de gran calidad, sin mayor problema, de voz profunda y segura, sin cambios notables de timbre según la altura de la nota, dramáticamente firme.

"Brilló la joven soprano Sara Blanch por su prestación vocal, firme y segura, ligera, flexible, con un timbre de clarísima transparencia"

La interpretación de Oscar a cargo de Sara Blanch, Premio ÓPERA ACTUAL 2016, en su primera (y seguro que no será la última) visita a la Ópera de París, introdujo un bienvenido dinamismo en el ambiente mórbido y pesado de la velada. Vestida de blanco y de vivos andares voluntariamente exagerados, brilló la joven soprano española por su prestación vocal, firme y segura, ligera, flexible, con un timbre de clarísima transparencia; se notó su autoridad en particular durante los concertantes en los que participó. Completaron el reparto a un buen nivel Christian Rodrige Moungoungou (Samuel), Blake Denson (Tom), Andres Cascante (Silvano), Ju In Yoon (Giudice) y Se–Jin Hwang (Servitore).

Speranza Scappucci al frente de la orquesta pareció más interesada por la partitura y por sus músicos que por lo que estaba sucediendo en el escenario; perdió al coro un par de veces, los cantantes (Anna Netrebko y Sara Blanch) le marcaron el tempo desde el escenario en más de una ocasión y se las vio y se las deseó para controlar los momentos de mayor furia musical en el foso y en el escenario. Muy atenta a los efectos espectaculares, dejó a los cantantes alargar cuanto quisieron los calderones que daban paso al aplauso. Subráyese también que la directora consiguió hacer resplandecer con luz propia la escena final, crucial, del desagradable libreto. En estas condiciones, el Coro, bien preparado por Alessandro Di Stefano, fue un eficaz contrapunto, fue un instrumento moderador, intermediario, entre los solistas y el foso.  * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en París de ÓPERA ACTUAL

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