Capitalidad lírica con Plácido Domingo

Oviedo

12 / 01 / 2026 - Jonathan MALLADA - Tiempo de lectura: 3 min

Gala-lirica-Placido-Jordi-Puertolas Ismael Jordi, Plácido Domingo, Sabina Puértolas y Óliver Díaz junto a la Oviedo Filarmonía © Auditorio de Oviedo
Gala-lirica-Placido-Jordi-Puertolas Sabina Puértolas y Plácido Domingo © Auditorio de Oviedo
Gala-lirica-Placido-Jordi-Puertolas Ismael Jordi y Plácido Domingo © Auditorio de Oviedo

Auditorio de Oviedo

Gala Lírica

Obras de Verdi, Giordano, Massenet, Bizet, Soutullo y Vert, Guerrero, Vives, Torroba, Giménez y Nieto, Arrieta, Sorozábal. Plácido Domingo, Sabina Puértolas, Ismael Jordi. Oviedo Filarmonía. Dirección: Óliver Díaz. 10 de enero de 2026.

Oviedo vivió el pasado sábado una velada inolvidable en forma de gala lírica organizada por la Fundación Municipal de Cultura gracias al talento de la soprano Sabina Puértolas, el tenor Ismael Jordi, el saber hacer de Oviedo Filarmonía y Óliver Díaz y, especialmente, a la presencia del ahora barítono Plácido Domingo, un emblema de la cultura española, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1991 que no desplegaba su talento en la capital asturiana desde hacía más de 40 años.

A poco más de una semana para cumplir los 85 años, Plácido Domingo desafió toda lógica cargando sobre sus corpulentas espaldas el peso de la velada, presentándose con un “Nemico della patria” (Giordano) que descubrió una voz cálida y redondeada, bien cincelada por su dilatada trayectoria sobre escenarios del mundo entero. En la primera mitad, Domingo se mostró apegado a la partitura, dosificando el fiato con inteligencia y reservando los agudos y las demostraciones de volumen para momentos puntuales, como en el aria “Perfidi!… Pietà, rispetto, amore” (Verdi). Sería en la segunda mitad del concierto, dedicada a la zarzuela, donde el barítono daría un paso al frente y, con las limitaciones propias de la edad, ofreciera una buena versión de “Mi aldea” (Guerrero) y “Amor, vida de mi vida” (Moreno Torroba), convenciendo merced a una imponente presencia escénica y una expresividad que desbordaría en su propina —en esta ocasión del repertorio de tenor—: “No puede ser” de La tabernera del puerto de Sorozábal. La sugerente declamación, la tensión que imprimió en los compases finales y la emoción que se desprendía de su timbre y gestualidad subyugaron por completo al público que terminaría en pie ovacionando al divo.

"Domingo se mostró apegado a la partitura, dosificando el 'fiato' con inteligencia y reservando los agudos y las demostraciones de volumen para momentos puntuales"

El artista madrileño estuvo flanqueado por dos intérpretes que rindieron a un nivel excepcional: la soprano aragonesa Sabina Puértolas y el tenor jerezano Ismael Jordi. La primera exhibió su carnoso y atractivo timbre en el aria “Mercè, dilette amiche” de I vespri siciliani (Verdi), solventando con pasmosa facilidad las coloraturas y manejando a voluntad el vibrato, condiciones que también demostró en la romanza “Me llaman la primorosa” de El barbero de Sevilla (Giménez y Nieto), con unas cadenzas impecables donde el virtuosismo y los recursos técnicos estuvieron, en todo momento, supeditados a la musicalidad. Su amplia tesitura quedaría evidenciada en la carcelera “Al pensar en el dueño de mis amores” de Las hijas del Zebedeo que regaló como propina, una página exquisita en la cual la soprano coqueteó con director y orquesta para delirio de los asistentes.

Por su parte, Ismael Jordi evocó sus mejores actuaciones con un “Pourquoi me réveiller” (del Werther de Jules Massenet) sobresaliente gracias a su manejo de los fraseos, siempre delicado y elegante, y a su volumen, sacando todo el partido posible de su esmaltado timbre que brillaría en el célebre “Por el humo se sabe dónde está el fuego” de Doña Francisquita (Vives). Sin embargo, sería en un pasional “Adiós, Granada mía” de la zarzuela Los emigrantes (Calleja y Barrera) —que el tenor jerezano interpretó fuera de programa— donde despertó los mayores aplausos gracias a su potencia y sentimiento.

Oviedo Filarmonía, bajo la batuta del maestro Óliver Díaz, ofreció una masterclass de acompañamiento a los cantantes sin renunciar al sonido que emanaba de su poderosa plantilla. Muy flexibles y maleables los tempi impuestos por Díaz, las secciones de la formación orquestal se mostraron compactas y bien ensambladas, contrastando acertadamente carácter y dinámicas y dejando páginas de gran belleza, como el Intermezzo de La leyenda del beso (Soutullo y Vert) o la obertura de la ópera Carmen (Bizet).   Jonathan MALLDA, corresponsal en Oviedo de ÓPERA ACTUAL

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