CRÍTICAS
INTERNACIONAL
‘Rigoletto’ y cuando el concepto vence al drama
Lausana
Opéra de Lausanne
Verdi: RIGOLETTO
Marie Lys, Lionel Lhote, Davide Tuscano, Vartan Gabrielian, Sophie Kidwell, Sulkhan Jaiani, Vincent Casagrande, Matthieu Justine, Kyu Choi, Anouk Molendijk, Solène Nancy, Léa Sirera. Dirección musical: Giulio Cilona. Dirección de escena: Richard Brunel. 24 de junio de 2026.
Había muchas razones para esperar con interés el Rigoletto con el que la Opéra de Lausanne clausura su temporada. La producción de Richard Brunel parte de una idea dramatúrgica especialmente sugestiva: trasladar la corte de Mantua al interior de una compañía de ballet, estableciendo un paralelismo natural entre las relaciones de poder del libreto de Piave y los mecanismos de dominación, dependencia y abuso presentes en determinados entornos artísticos.
El Duque deja de ser un aristócrata renacentista para convertirse en el director artístico de la compañía; Rigoletto, un antiguo maestro de baile lesionado y relegado a un papel secundario; y Gilda, una joven bailarina que descubre simultáneamente el amor, el deseo y la manipulación. El inteligente dispositivo escénico de Étienne Pluss, alternando salas de ensayo, camerinos, el apartamento de Rigoletto dentro del teatro y la representación de un espectáculo, permite que la transposición fluya con naturalidad durante los dos primeros actos. También resulta especialmente inspirada la presencia constante de la madre de Gilda, apenas evocada por Verdi y convertida aquí en un personaje silencioso interpretado por la legendaria Agnès Letestu. La sólida arquitectura conceptual termina resquebrajándose en el tercer acto, y no tanto por transformar el sacrificio de Gilda en un suicidio como en la pérdida de la lógica interna de la propuesta. Los personajes dejan progresivamente de actuar impulsados por una verdadera necesidad dramática para hacerlo al servicio del concepto escénico. La belleza de algunas imágenes no basta para compensar una resolución escénica que pierde fuerza cuando la partitura exige máxima intensidad dramática.
La gran triunfadora de la noche fue Marie Lys, soprano suiza que confirma su excelente evolución hacia el repertorio verdiano con una voz que ha ganado cuerpo en el centro sin perder luminosidad en el agudo, un timbre de extraordinaria belleza y un fraseo de altos vuelos. Dramáticamente se entrega por completo a la propuesta de Brunel, hasta el punto de haber aprendido a bailar sobre puntas durante meses. Su “Caro nome”, cantado sobre puntas, fue uno de los grandes momentos de la velada. Lionel Lhote compone un Rigoletto de gran autoridad escénica y absoluta entrega: su aproximación vocal se sitúa más cerca del desgarro verista de un Tonio de Pagliacci que de la nobleza del gran canto verdiano. La emisión, siempre generosa, privilegia el impacto dramático sobre el refinamiento del fraseo, sacrificando por momentos el legato y la elegancia de línea propios del personaje. Su intenso “Cortigiani, vil razza dannata”, construido desde la rabia más que desde el llanto, constituyó su mejor intervención, aunque con una emisión ocasionalmente forzada.
Más discutible resultó el Duca de Davide Tuscano, comprometido teatralmente, pero con un instrumento que no termina de responder a las exigencias del papel: centro atractivo, agudo estrangulado y escaso brillo en la zona superior. Superó con apuros “Ella mi fu rapita” y resolvió con prudencia “La donna è mobile”. Correctos Sophie Kidwell como Maddalena, Vartan Gabrielian como Sparafucile, el resto de comprimarios y el coro del teatro.
Desde el foso, Giulio Cilona firmó una magnífica dirección, creciendo progresivamente hasta ofrecer una lectura de gran teatralidad, fraseo cuidado y sólido sentido del estilo verdiano. Al frente de la Orchestre de Chambre de Lausanne obtuvo una respuesta de altísimo nivel, convirtiéndose en uno de los principales responsables del éxito musical de una producción tan inteligente en su planteamiento como irregular en su resolución. * Albert GARRIGA, corresponsal en Lausana de ÓPERA ACTUAL
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