Reportajes
El personaje de ÓA 288: Aida
La tragedia de Aida, que se debate entre el amor y su deber como princesa etíope, es un reto para sus intérpretes
La tragedia de Aida, que se debate entre el amor y su deber como princesa etíope, es un reto para sus intérpretes. Precisa una soprano lírica ancha o de una lírico-spinto para expresar debidamente no solo sus momentos de canto expansivo, sino también los intimistas e introspectivos, esos que le exigen una fluida y ligada línea de canto, plena de lirismo.
Lo admirable de la ópera verdiana en la que es protagonista la joven que le da título es la habilidad para combinar lo antiguo con lo moderno, hasta el punto de que podría afirmarse que es, a la vez, una ópera reaccionaria y progresista. Una obra que tiene un planteamiento clásico, similar al de cualquier partitura de los años de galeras. En Aida se aúna todo: tradición, números cerrados, exotismo, espectáculo, lenguaje musical de gran modernidad y un tratamiento poético de situaciones y personajes de alquitarado refinamiento. Se advierte ese toque de exquisitez, por ejemplo, en el empleo del contrapunto, que resplandece ya en el mismo Preludio, en el que se dan cita dos de los grandes temas de la partitura: el femenino, ascendente y alado, relativo al personaje de Aida, y el masculino, descendente y severo, rígido, con entradas en canon, que alude a los sacerdotes. Uno y otro determinan el destino de Radamès y se combinan en el clímax de este fragmento.
Pero lo más importante de Aida es la pintura humana, la delicadeza en la descripción de cada personaje; los momentos de íntima poesía, el lirismo intenso que acaba por impregnar al cuadro masivo. Y son muchos los pasajes que nos los proporcionan. Entre ellos las intervenciones de Aida, que es un papel que han cantado muchas veces las sopranos dramáticas, pero no es verdaderamente para una voz de este tipo, ya que la princesa etíope lo que precisa es una lírica ancha o una lírico-spinto. Tiene muchos momentos de recogimiento, de reflexión, de introspección, en los que se exige una fluida y ligada línea de canto y en los que el lirismo de un corazón sufriente, que duda entre el deber y el amor, pasa a primer plano.
Un buen ejemplo de los requerimientos de esta parte se encuentra en la escena y romanza “Ritorna vincitor”, sin duda una piedra de toque para calibrar los resortes expresivos de una voz y para definir su temple y, también, fortaleza. En esta aria, Aida comienza repitiendo las últimas palabras proferidas por su rival, Amneris: “Ritorna vincitor!”, aunque en ella no tienen el aire de un canto vigoroso y entusiasta que envuelve la exclamación de la hija del faraón y la subsiguiente y mimética del coro, sino que más bien adquieren el aire de un grito; un grito de terror: los egipcios, al mando de Radamès, el hombre al que ama, van a enfrentarse, en una cruenta batalla, a sus hermanos etíopes, al ejército que tiene por caudillo a su padre, Amonasro…
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