Opinión

Música y palabras ÓA 286: 'La novia vendida', en el Real según Gustavo Gimeno y Laurent Pelly

La ópera checa por excelencia regresa al escenario del Teatro Real más de un siglo después de su estreno madrileño, y lo hace en una nueva producción de Laurent Pelly

01 / 03 / 2026 - José María MARCO. Actualizada al 09/04 - Tiempo de lectura: 3 min

La novia vendida Artistas y representantes del Teatro Real en la presentación de 'La novia vendida' © Teatro Real / Javier DEL REAL
La novia vendida Gustavo Gimeno y Laurent Pelly © Teatro Real / Javier DEL REAL
La novia vendida Una ensayo en el Teatro Real de 'La novia vendida' © Teatro Real / Javier DEL REAL

Madrid

Teatro Real

Smetana: LA NOVIA VENDIDA

ABR / 14, 16, 17, 19, 20, 23, 24, 28, 29, 30

Mařenka: Svetlana Aksenova / Natalia Tanasii. Jeník: Pavel Černoch / Sean Panikkar. Kecal: Günther Groissböck / Martin Winkler. Vašek: Mikeldi Atxalandabaso / Moisés Marín. Krušina: Manel Esteve. Ludmila: María Rey-Joly. Micha: Toni Marsol. Háta: Monica Bacelli. Esmeralda: Rocío Pérez. Comediante principal: Jaroslav Březina. Indio: Ihor Voievodin. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección del coro: José Luis Basso. Dirección musical: Gustavo Gimeno. Dirección de escena: Laurent Pelly.

El 6 de marzo de 1924 se estrenaba en el Teatro Real la ópera más conocida de Smetana, La novia vendida. Toda una rareza en el repertorio internacional, la ópera checa por excelencia regresa más de un siglo después para ofrecerse en diez funciones con dos repartos en los que se alternan Svetlana Aksenova y Natalia Tanasii, Pavel Cernoch y Sean Pannikar, Mikeldi Atxalandabaso y Moisés Marín y Günther Groissböck y Martin Winkler, entre otros. La dirección musical es del titular de la casa, Gustavo Gimeno, con una puesta en escena de Laurent Pelly, quien también firma el vestuario, en contrpoducción con la Opéra National de Lyon, Oper Köln y Théatre Royal de La Monnaie-De Munt.

En 1866 se estrenó en Praga La novia vendida, una comedia inspirada en Mozart que se convertiría en la primera ópera nacional checa, haciendo historia. Un siglo antes, en 1786 se representaba también en Praga Las bodas de Fígaro, y un año después, Mozart estrenaba en el Teatro Estatal de la ciudad su inmortal Don Giovanni. El genio salzburgués apreciaba la sensibilidad musical de los habitantes de la capital checa, y estos sencillamente le adoraban. La vida musical de Praga dejó luego de ser tan brillante como en esa época dorada, pero el recuerdo de Mozart no se apagó nunca y Don Giovanni volvió a estrenarse allí en 1825, pero traducido al checo. La música había colaborado en el arranque de la incipiente reivindicación, tan propiamente romántica, de la identidad nacional. Se recordaba la era de la independencia política, hasta principios del siglo XVI, y la pervivencia de unas tradiciones propias después de la incorporación al Sacro Imperio Germánico y más tarde al de los Habsburgo. El recuerdo y la nostalgia dejaron paso a la política con la Revolución de 1848, que fracasó y dispersó al movimiento patriótico checo, y luego en 1866, con la guerra entre Prusia y Austria.

La música, política y revolución

El arte era parte esencial de este movimiento de autodescubrimiento y reinvención. La música, con su inigualable poder de evocación y de emocionar, estaba destinada a ser uno de los principales cauces por donde discurriera esta tendencia política. Bedřich (Federico) Smetana (1824-1894) se había criado en una familia de empresarios con aficiones musicales y desde pequeño vivió de cerca, en los diversos pueblos y ciudades donde vivió, las costumbres y los gustos musicales de sus compatriotas bohemios.

También sintió el tirón de exaltación nacional, que le llevó a admirar a Berlioz (quien visitó Praga en 1846) por su exuberancia musical y su compromiso con la gloria de la nación francesa. Muy lógicamente, se acercaría a los grupos políticos patrióticos, en los que militaba Karel Sabina, el futuro libretista de La novia vendida. Y, como es natural, quiso reflejar en su obra musical el genio del pueblo checo. Ahí están sus polkas, que aspiran –y consiguen– hacer lo que Chopin hizo de la mazurka y la polonesa: una expresión del alma checa, sus paisajes, sus costumbres y sus emociones, como dice su biógrafo Brian Large.

"Como estaba sucediendo en muchos otros países, en particular en España, la relación de la música con las virtudes patrióticas se centró pronto en la ópera"

Como estaba sucediendo en muchos otros países, en particular en España, la relación de la música con las virtudes patrióticas se centró pronto en la ópera. Siguiendo el modelo alemán establecido tras el Freischütz de Weber (1821), la ópera checa debía escribirla un compositor checo, con un tema sacado de la historia del país, basado en material musical propio, y en lengua checa. Es lo que se propuso hacer Smetana cuando en 1862 empezó a trabajar en La novia vendida. Los problemas de la empresa eran grandes. Nadie había escrito nunca una ópera checa, ni existía el menor modelo para algo parecido. También había algunas ambigüedades características: Smetana, germanoparlante, no dominaba del todo el idioma; el checo estaba excluido de la administración estatal y de la enseñanza, y los primeros borradores de la obra fueron escritos en alemán, la lengua del Imperio. El propio libretista tenía fama de haber estado al servicio de la policía imperial, lo que le condenó al aislamiento en su propia ciudad. El modelo wagneriano, por otra parte, no servía de mucho, por la complejidad de su lenguaje, poco susceptible de movilizar al gran público. La salida, falsa, consistía en volver a la imitación de las formas operísticas italianas.

Smetana y Sabina encontraron otra solución. El libretista inventó una historia que podría pasar por un cuento fácil de insertar en la tradición popular checa –como en cualquier otra, dicho sea de paso–, mientras Smetana se inspiraba en el gusto musical de su pueblo. Nunca le había gustado tomar prestadas melodías populares y La novia vendida no iba a ser la excepción: apenas hay una cita, de paso, y el peso de lo popular recae en la reinvención rítmica y melódica, y en los coros y las danzas (una polka, una skočná y una furiant), dos elementos muy presentes que le dan a la obra toda su vivacidad y su carácter, que arrancan desde la irresistible obertura. Un himno a la cerveza termina de aclarar el asunto.

En su primera versión, estrenada en 1866, La novia vendida se desarrollaba en dos actos y, lejos de cualquier tentación wagneriana, en números cerrados con partes habladas, como la zarzuela. Fue el estreno en San Petersburgo (otra ambigüedad a propósito de la nacionalidad de la obra) lo que llevó a Smetana a tratar los diálogos como recitativos con orquesta, reestructurándola en sus definitivos tres actos. El éxito se debe, sin duda alguna, a su invención melódica, a los bailes, la ligereza y al buen humor que caracteriza la obra. Se le ha tildado, con justicia tratándose de un gran mozartiano como Smetana, de unas Bodas de Fígaro pastoriles. Más que una exaltación nacionalista, siempre sobreactuada, constituye una evocación patriótica comprensible dentro y fuera de la nación checa, una invitación amable y sonriente a revivir por un rato una forma de ingenuidad de la que ninguna comunidad humana puede prescindir del todo. Una obra maestra de la música y de la historia intelectual y sentimental de Europa.– ÓA

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