CRÍTICAS
NACIONAL
Jessica Pratt conquista en el homenaje a Kraus con un 'bel canto' de altura absoluta
Las Palmas de Gran Canaria
Auditorio Alfredo Kraus
Concierto de JESSICA PRATT
XXIII homenaje a Alfredo Kraus
Obras de Salieri, Mozart, Offenbach, Suppè, Bellini, Rossini, Donizetti y Bernstein. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Dirección: Karel Mark Chichon. 24 de noviembre de 2025.
El XXIII Homenaje a Alfredo Kraus volvió a llenar el Auditorio grancanario con la sensación de estar ante un acontecimiento que no solo celebra la memoria, sino que confirma un estándar. Y en esta edición, la protagonista absoluta fue Jessica Pratt, que firmó una de esas noches en las que la técnica, la musicalidad y la inteligencia interpretativa se alinean sin fisuras. Desde el primer minuto quedó claro que venía a demostrar por qué su nombre es hoy un punto de referencia en el bel canto. El recorrido del programa permitía un retrato completo de una soprano drammatico d’agilità, y Pratt dominó cada estilo con una seguridad poco frecuente. En Mozart, con el aria de Aspasia de Mitridate, re di Ponto, «Al destin, che la minaccia…», desplegó una precisión diamantina: agilidad limpia, ataques afilados y un control respiratorio que sostenía las frases sin tensión. Donde otras sopranos muestran prudencia, ella mostró autoridad.
El cambio de registro hacia la ironía virtuosa del aria de Olympia en Les contes d’Hoffmann, «Les oiseaux dans la charmille…», le permitió demostrar su cualidad más mediática: la coloratura perfecta, staccati exactos, trinos impecables y un fraseo que nunca perdió la línea, aunque la escena exija actuar con el aire deshumanizado de un autómata. Fue sin duda un derroche de técnica pura.
Pero el verdadero territorio de Pratt es Bellini, y la noche lo confirmó. En la escena final de Amina de La Sonnambula, con «Ah! non credea mirarti… Ah! non giunge…», el legato se volvió seda, apoyado en un fiato que parecía inagotable. El pasaje de lo elegíaco a lo triunfal fue ejemplar: sin afectación, sin empalago, solo belleza controlada. Y más adelante, en la gran escena de Elvira de I Puritani, «O rendetemi la speme… Qui la voce… Vien diletto…», mostró el arma que la distingue: sobreagudos impecables que no suenan como acrobacia, sino como consecuencia natural del discurso musical. Fue una demostración de poder técnico sin perder un gramo de lirismo.
Donizetti también ofreció terreno fértil. En la cavatina de Linda de Linda di Chamounix, «Ah! tardai troppo… O luce di quest’anima…», la agilidad luminosa surgió con la naturalidad de quien respira bel canto. Y en la célebre escena de Lucia, «Ardon gl’incensi… Spargi d’amaro pianto…», la locura se convirtió en un espacio suspendido: afinación cristalina, filados que parecían flotar y una línea impecable incluso en los pasajes de mayor exigencia.
La orquesta, por su parte, sostuvo la velada con solvencia, con unas cuerdas tan pulidas como siempre y un viento metal firme y bien equilibrado, especialmente destacado en la obertura de Guillaume Tell. El maestro Karel Mark Chichón aportó su energía característica, en algún momento rozando un ímpetu más generoso de lo necesario, pero siempre con una convicción que sostuvo el andamiaje del programa y favoreció el despliegue vocal de la solista. Esa base sonora, vigorosa y tensa, fue el marco idóneo para que Pratt brillara con absoluta libertad. El público lo entendió desde el principio y lo confirmó al final: la ovación fue la única respuesta posible.
Como cierre, Pratt ofreció un bis que desató la locura en la sala: «Glitter and Be Gay» de Candide, ejecutado con una mezcla explosiva de virtuosismo, humor y desparpajo. No fue solo un homenaje; fue una declaración de lo que significa el bel canto cuando se canta con esta maestría. * Agustín AROCHA, corresponsal en Las Palmas de Gran Canaria de ÓPERA ACTUAL
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