Historia de la Ópera / Zarzuela

ÓA 284. Historia de la zarzuela XIV. Divos con Ñ (II)

Al grupo de pioneros reseñados en el capítulo anterior se suma este otro puñado de extraordinarios cantantes imprescindibles en la historia del género hispano

01 / 11 / 2025 - Verónica MAYNÉS - Tiempo de lectura: 6 min

Historia de la zarzuela

A la implantación, desarrollo, éxito y supervivencia de la zarzuela contribuyeron muchos de los extraordinarios cantantes que hoy se consideran imprescindibles en su historia. Junto a un catálogo interminable, con nombres también fundamentales, estos intérpretes se inscriben con letras de oro en la tradición del género lírico español. Al grupo de pioneros ya reseñados se suma este otro puñado de divos con Ñ.

Tal y como se detallaba en el capítulo anterior, la guerra por seducir al público entre la ópera italiana y los de la zarzuela y la tonadilla escénica, fue una constante en el siglo XVIII. La condición de los intérpretes pasó de ser básicamente de un oficio de aficionados a cantantes profesionales, gracias a la creación de centros de estudio y al movimiento de maestros de canto que permitían cierta especialización. La primera generación de estrellas españolas de la lírica estuvo ligada al mundo del sainete y la tonadilla, con María Antonia Vallejo Fernández, La Caramba, y el compositor, maestro de canto y tenor Manuel del Pópulo Vicente García como primeros divos hispanos. A los citados en el capítulo anterior –Francisco Salas, Teresa Istúriz, Joaquín López Becerra, Luisa Santamaría, Josefa Mora, Tirso de Obregón y Amalia Ramírez– se unen otros grandes nombres que contribuyeron, con su arte, a ennoblecer el género.

Lucrecia Arana (Haro, 1867-Madrid, 1927) fue una cantante excepcional. Conquistó al público con sus dotes expresivas teatrales y musicales, siendo una de las preferidas del patio de butacas. Poseía una voz de gran extensión y apabullante fortaleza sonora y afrontaba con el mismo magisterio jotas, operetas y zarzuelas, siendo contratada por varios coliseos españoles y con especial predilección en Barcelona y Madrid, en cuyo Teatro de La Zarzuela estuvo cantando doce años consecutivos alcanzando un éxito sin parangón. La lista de obras estrenadas e interpretadas es innumerable: su portentosa memoria le permitió dominar más de 100 títulos, entre los que se encuentran Para hombres solos, Tannhauser el estanquero, El domador de leones, Botín de guerra, Gigantes y cabezudos, El gaitero y La viejecita; solamente de esta última zarzuela realizó 140 interpretaciones en Madrid. Cuando estaba en plenitud de facultades dejó los escenarios para casarse con el escultor Mariano Benlliure, cantando a partir de entonces solo esporádicamente y en funciones benéficas. La última interpretación la realizó en 1907, con La rabalera de Amadeu Vives.

Isabel Bru (Valencia, 1874-Madrid, 1931). Su fama queda testimoniada en el retrato que Joaquín Sorolla pintó de la diva en 1904, mostrándola como una triunfadora lujosamente engalanada y en la cima de su carrera. De familia musical, Isabel cantaba desde niña como miembro de coro. Se ganó la popularidad a los 12 años, cuando sustituyó con gran fortuna a la primera tiple en Cádiz, alcanzando fama con ese primer triunfo a tan temprana edad. Un año después fue contratada para La tempestad de Ruperto Chapí, compositor que la prefirió entre otras tiples-contraltos, escribiendo para sus cualidades vocales El tambor de granaderos, Quo vadis?, El puñao de rosas, La puñalada, La bruja, El señor corregidor, El alma del pueblo y Los bárbaros del norte. Estas son solo algunas de las composiciones que se le dedicaron. Bru se hizo famosa con la zarzuela grande, pero pronto llegaron propuestas del género chico, primero por parte del Teatro Eslava y después del Apolo. Chapí la convenció para que aceptase las ofertas y la Bru se convirtió en una de las musas más aclamadas del género, manteniéndose en la cartelera del Apolo durante más de dos décadas y siendo la artista de referencia en dicho estilo.

José Mesejo (Madrid, 1841-1911) y su hijo Emilio (Alcalá la Real, 1864-Burgos, 1931), fueron también artistas destacados del ámbito de la zarzuela. Con 15 años el padre ya dirigía una compañía teatral y en 1860 cantó en el Teatro Novedades para, poco después, fundar otra compañía con la que itineró por diferentes ciudades españolas. Sus éxitos se debieron sobre todo al género chico, manteniéndose en activo durante medio siglo como una pieza clave en las más memorables temporadas del Teatro Apolo. En Madrid triunfó junto a su hijo en La Gran Vía, en 1886, y en 1902 compartió cartel con Isabel Bru en El tirador de palomas de Amadeu Vives. Entre sus actuaciones más logradas se incluyen títulos imperecederos como Agua, azucarillos y aguardiente, La revoltosa y El género ínfimo, sin olvidar La verbena de la Paloma, cuyos aplausos también compartió con su hijo Emilio. Este último nació casi entre bambalinas, siendo más apto para el teatro que para el canto; de ahí que sus dotes cómicas le otorgaran un puesto de honor en el género chico, teniendo una legión de seguidores en el Apolo. Pero Emilio Mesejo también interpretó roles serios, como ocurrió en La verbena de la Paloma. Según crónicas de la época, “lo matiza a maravilla y lo dice con verdadero gusto; y la verdad, nos sorprendió a todos ver tan buen actor al que hasta la fecha nos resultaba más artista de circo que de teatro”.

Joaquina Pino (Granada, 1868-Madrid, 1948) fue la cantante estrella del Apolo durante más de 25 años. Inició su andadura en la zarzuela y el género chico, ganándose la admiración del público a partir de 1892, cuando interpretó Un pretexto y El plato del día.

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