CRÍTICAS
NACIONAL
'Mitridate' en el Real: el mayordomo y la loca familia
Madrid
Teatro Real
Mozart: MITRIDATE, RE DI PONTO
Nueva producción
Juan Francisco Gatell, Sara Blanch, Elsa Dreisig, Franco Fagioli, Marina Monzó, Juan Sancho, Franko Klisovic, José Luis Mosquera. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Claus Guth. 23 de marzo de 2025.
Mozart compuso su Mitridate, re di Ponto a los 14 años, para un teatro milanés, y aunque carezca del dramatismo y la teatralidad de obras posteriores, la obra es algo más que un fabuloso acopio de arias de concierto (ver previa en este enlace). Por eso vale la pena rescatarla para su puesta en escena, como hace el Teatro Real esta temporada; la ofreció en una producción nueva, realizada por la Oper Frankfut, el Gran Teatre del Liceu y el San Carlo napolitano, unidos para hacer posible este montaje de superlujo, extremadamente complejo y elaborado, con el que de vez en cuando el compositor salzburgués tiene que luchar para hacerse entender.
El dificilísimo papel protagonista le tocó, en la función del estreno, a Juan Francisco Gatell, un tenor solvente, de voz clara y luminosa, atractiva y bien regulada, pero que carece de la amplitud que exige un papel como este. Aunque la voz no corría lo suficiente, Gatell empezó bien, con una brillante aria de salida, pero pronto empezaron a verse unas limitaciones que no logró superar. Con su instrumento puede abordar muchos personajes del repertorio sin necesidad de enfrentarse a partituras tan intratables. En contraste, la soprano Sara Blanch se hizo cargo con comodidad de otro de los tremendos papeles de esta obra escrita a propósito por el joven Mozart —como era costumbre— para el lucimiento de los cantantes que la estrenaron; Aspasia (la antigua Monime de Racine) es el centro de la tragedia, y como tal se enfrenta a páginas de extraordinario lucimiento, con saltos, trinos, ornamentos inacabables, y a otras de un lirismo interior a lo Gluck, como en “Pallid’ombre”, que exige fraseo, línea de canto y pianísimos impecables. Preciosa actuación la de Sara Blanch, de las que se recuerdan.
Elsa Dreisig cantó muy bien su papel en travesti de Sifare, el príncipe leal y enamorado a la vez, que corre el riesgo de verse un poco difuminado entre pasiones más contundentemente expresadas. No le ayudó la puesta en escena ni el vestuario, pero con su delicadeza y sus finos cambios de color logró hacer escuchar esa voz tan propiamente mozartiana que es la de la bondad puesta a prueba. Por su parte, Marina Monzó encarnó a Ismene, un personaje metido con calzador en la ópera y que no aparecía en la obra original; por eso mismo, exige una actriz y una intérprete que le dé la grandeza que Mozart consiguió insuflarle y, en este caso, desde el primer momento la soprano valenciana estuvo a la altura del reto con una voz soberbia, bien timbrada, bien colocada, de color hermosísimo y de una maravillosa naturalidad acoplada a una gran presencia escénica.
Al lado de voces tan bellas, el contratenor Franco Fagioli hizo lo que pudo con el difícil papel de Farnace: ofreció hermosos momentos de alto virtuosismo, pero su instrumento cambia de color y tiene poca consistencia en algunos tramos de la tesitura y escasa expresividad. Bien el tenor Juan Sancho en su única aria, que resolvió con firmeza y autoridad, y flojo y afectado el Arbate del también contratenor Franko Klisovic. Fabuloso en sus intervenciones el actor José Luis Mosquera, que convirtió a su Mayordomo en el gran protagonista, mudo, de la función.
En cuanto a la puesta en escena, Claus Guth obsequió al público con otra de sus propuestas de plataforma giratoria; como siempre, de un lado se ofrece la acción, actualizada, y en el otro su lado oscuro y atormentado, en este caso en un escenario vacío ante una gran pared plagada de agujeros negros. En la faceta de la acción, Guth hace de la familia real de Ponto una pandilla de imbéciles degenerados que se mueven, y sobre todo, beben, en lo que parece el escaparate de una tienda de muebles de lujo. Así que tuvo más interés la otra, que ofrecía bailes psicodélicos con personajes desdoblados y amenazantes hombres de negro, algo que habría hecho las delicias de los escenógrafos televisivos de los años 70. Resaltó especialmente el brutal color naranja butano con el que resultó castigada la pobre Aspasia. Aunque Mozart no trabajó con el texto original de Racine sino con un libreto muy adaptado, es evidente que le interesó —porque ahí está el núcleo de su fascinación por la opera seria— la intensidad contenida de los personajes de la tragedia francesa, que apuran hasta el final el significado y las consecuencias de sus pasiones. Poco de todo eso queda en el desparrame de Guth.
Excelente la Orquesta Titular del Teatro Real, con solistas muy destacados, como el trompa convertido en actor, un poco involuntariamente por lo que parecía. Precioso el color orquestal, los ataques y la consistencia del sonido conseguidas por la dirección de Ivor Bolton, que fue, como siempre, profesional, cumplidora y previsible, sin exageraciones en los tempi aunque sí a veces, en las dinámicas, en perjuicio de algún cantante. Grandes ovaciones finales de un público entregado, que aplaudió todas y cada una de las arias de la velada. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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