Reportajes

Pedro Lavirgen en el Liceu: Una historia de amor

Pedro Lavirgen es toda una leyenda en la historia del Gran Teatre del Liceu donde cantó casi 100 funciones en 19 temporadas

01 / 06 / 2020 - Marcelo CERVELLÓ - Tiempo de lectura: 14 min

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Lavirgen El tenor de Bujalance Pedro Lavirgen

El último tercio del pasado siglo consagró en la ya para entonces centenaria historia del Gran Teatre del Liceu barcelonés a una pléyade de tenores españoles que, con un repertorio en buena parte coincidente, ilustrarían sus espectáculos con una asiduidad y unos resultados artísticos que aún hoy suscitan un nostálgico asombro. A los nombres de Alfredo Kraus, Jaime Aragall, Josep Carreras o Plácido Domingo hay que añadir, en efecto, el de Pedro Lavirgen, que cantó casi 100 funciones en 19 temporadas.

 

El debut liceísta de Pedro Lavirgen, el 19 de noviembre de 1964, se producía apenas unas semanas después de su triunfal presentación en el Teatro Bellas Artes de México con una Aida que uniría su nombre a los de Antonietta Stella y su admirado Robert Merrill. El tenor cordobés, Premio ÓPERA ACTUAL 2014, estaría presente en las temporadas del Liceu en 19 ciclos operísticos –18 en forma consecutiva– hasta sumar un total de 91 apariciones en escena amén de participar en varios conciertos de especial relevancia. Un recorrido triunfal que, siempre con el apoyo de un público que estuvo a su lado en todo momento, acabaría configurando toda una historia de amor.

La historia comenzaría, como ya se ha apuntado, el jueves 19 de noviembre de 1964, en la última función de una Carmen cantada en italiano que en sus tres primeras representaciones había protagonizado Fiorenza Cossotto y que el empresario Juan Antonio Pàmias decidió confiar a un nuevo reparto predominantemente español, con Inés Rivadaneyra en el papel principal y Mirna Lacambra como Micaëla. El éxito de la iniciativa se reflejaría en la designación del tenor de Bujalance para la Cavalleria rusticana del año siguiente, a la que añadiría en la cuarta función su primer Canio liceísta sustItuyendo a Nikola Nikolov, que había cantado los tres primeros Pagliacci. Una pomposa nota en el Noticiario del programa de mano subrayaba la participación del tenor en ambos títulos diciendo de él que “en legítimo deseo de superación y emulación artística, ha querido secundar la tradición de los afortunados intérpretes que en la misma velada han cantado las óperas de Mascagni y Leoncavallo”. En esta última, por cierto, coincidiría por única vez en el Liceu con Aldo Protti, que tantas veces estaría a su lado a lo largo de su carrera.

En diciembre de 1966 cantaría en el Liceu, ya en francés, cuatro funciones de Carmen con Grace Bumbry, a cuyo título añadiría en la misma temporada la ópera de Granados María del Carmen, en unas funciones dedicadas a la memoria del compositor en conmemoración del centenario de su nacimiento, y su participación en un acto de concierto en homenaje al ballet de Joan Magriñà, ocasión en la que ofrecería el aria de La forza del destino, premonición de las tres ocasiones en que interpretaría la obra de Verdi sobre esas mismas tablas.

La Aida de Verdi serviría para su presentación en la temporada 1967-68, siendo sustituido en la tercera representación, al hallarse indispuesto, por Luigi Ottolini y participando después, aun sin hallarse totalmente recuperado, en las cuatro funciones programadas con Michelangelo Veltri al podio de la Marina de Arrieta, una más de las óperas españolas que haría en la casa. En la tercera de ellas se rindió homenaje a los míticos protagonistas de la legendaria primera versión discográfica de la obra, con la presencia ante el público, a escena abierta, de Mercedes Capsir, Hipólito Lázaro y Marcos Redondo, ovacionados hasta el delirio por el enfervorizado público. Unos días antes el tenor había participado también en un concierto conmemorativo del trigésimo aniversario de la fundación de Radio Nacional de España.

Lavirgen Gulín Pedro Lavirgen y Ángeles Gulín tras una función de 'Aida' en el Liceu de Barcelona © GRan Teatre del Liceu
Lavirgen Caballé Pedro Lavirgen en la entrega de los Premios ÓPERA ACTUAL 2014 juntoa Montserrat Caballé y Pablo Heras-Casado © ÓPERA ACTUAL / Antoni BOFILL

Dos títulos de Verdi ocuparon al tenor en la temporada 1968-69: Don Carlo y su primer Trovatore en la casa, volviendo a su emblemática Carmen en la siguiente, en que fue también el Lázaro de La Dolores para volver a su Verdi más temperamental en el curso 1970-71 con una Aida que le vio al lado de una Ángeles Gulín que alcanzó con él un triunfo clamoroso pese a tener que superar en una de las noches una indisposición que le hizo solicitar la comprensión de la audiencia. La primera de las apariciones de Lavirgen en el papel de Alvaro de La forza del destino tuvo lugar en noviembre de 1971, ocasión en la que se alternó con Carlo Bergonzi, incorporando además en esa misma temporada el papel de Canio en tres funciones, aunque en esta ocasión no se asiera a la “tradición de los afortunados artistas” y cedió la Cavalleria a otro notable tenor español, Evelio Esteve. No sería esa su última aparición en el curso 1971-72, pues haría también cuatro funciones de Doña Francisquita y participaría en la Gala Lírica en homenaje a la gestión del empresario Pàmias, ocasión en la que supo ganarse una estruendosa ovación con el Improvviso de Andrea Chénier, probablemente la más prolongada de una velada que fue pródiga en ellas y solo inferior a la que un público conmocionado dedicó al legendario Giacomo Lauri-Volpi por un “Nessun dorma” que ha pasado ya a la historia.

Cuatro representaciones de Turandot con Ingrid Bjoner constituyeron toda la aportación de Lavirgen a la temporada 1972-73, todas ellas en el mes de enero, resultando más interesante la aportación del tenor andaluz a una auténtica rareza como L’amore dei tre re de Italo Montemezzi en el mes de noviembre y ya en la temporada siguiente, un ofrecimiento un tanto insólito de la empresa que Lavirgen aceptaría encantado al serle vivamente ponderado el potencial dramático de la obra por su maestro de canto, el ex tenor asturiano Miguel Barrosa. Completó sus actuaciones liceístas en esa misma temporada con su segundo Trovatore en el coliseo barcelonés.

Cabe recordar aquí, por cierto, la anécdota de que la función no fue transmitida por radio en su primera representación como era la costumbre al coincidir con el atentado terrorista que costó la vida al almirante Carrero Blanco. De la función del día 23 de diciembre, segunda de las programadas, queda el testimonio de dos fragmentos incluidos en la selección de tomas en directo publicada por Fonoruz, Grandes momentos, en vibrantes interpretaciones del esforzado tenor. Acompañó al mismo en aquellas funciones la muy interesante Leonora de la soprano norteamericana Carol Neblett.

Una gran temporada 1974-75

© ÓPERA ACTUAL / Antoni BOFILL

Pedro Lavirgen recibiendo el Premio ÓPERA ACTUAL 2014 por su excelente carrera internacional

Muy activa fue la presencia del tenor cordobés en el ciclo liceísta correspondiente al período 1974-75, donde supo distinguirse en tres representaciones de La forza del destino. Para las cuatro funciones de Carmen que se dieron esa temporada la empresa confió el papel de Don José a cuatro tenores distintos y tras las prestaciones de Richard Tucker, Gilbert Py y Plácido Domingo le llegó el turno a Lavirgen, nuevamente emparejado con la vocalmente suculenta Carmen de Grace Bumbry. Aquel primero de enero de 1975 inauguraba un año que para el tenor fue especialmente  agitado, con dos obras más en la temporada liceísta. Fue la primera  Macbeth, de la que comentaría en una entrevista radiofónica que si bien el papel de Macduff no daba mucho de sí, la “pepita de oro” que representaba “Ah, la paterna mano” era suficiente para dar la carne necesaria a la intervención del tenor y podía proporcionarle un éxito como el que efectivamente tuvo. No será inoportuno recordar aquí que a partir de la segunda función de la serie asumiría el papel de Banquo un joven Juan Pons, aun inconsciente de que su futuro estaba en el registro baritonal y que con esta primera responsabilidad en un papel importante iniciaba de hecho una carrera que le llevaría a los teatros más importantes del mundo. En la primera función Pons había aparecido en el muy modesto cometido de Un Sicario que cedería a Rafael Campos al pasar al elenco principal.

Pedro Lavirgen volvió al escenario liceísta en una nueva edición de La Dolores, que entonces compartiría con el propio Pons, Mirna Lacambra y Vicente Sardinero.

Tres representaciones de Lucia di Lammermoor entre diciembre y enero fueron, en cambio, toda su contribución a la temporada 1975-76. Recientes sus funciones de Carmen en el Covent Garden y el Comunale de  Bolonia y aprestándose ya para su debut en La Scala con Aida, el momento vocal no parecía el más propicio para afrontar un título de las características de la obra donizettiana, pero sus recursos de tenor para todas las fiestas le permitieron obtener con él unos resultados de positiva dignidad.

En la temporada siguiente volvería a cantar en enero Il Trovatore, su tercero en la casa y tan aplaudido como los anteriores, inaugurando el ciclo 1977-78 con una obra también insólita en su repretorio, I due Foscari, con Francesco Molinari Pradelli empuñando la batuta y junto a Rita Orlandi Malaspina y Vicente Sardinero, este último en una de sus mejores actuaciones en el Liceu. La presencia del tenor en el Liceu se acrecentó con una nueva Aida al lado de Fiorenza Cossotto, su Azucena del Trovatore de la temporada anterior, y en el borrascoso contexto de unas muy publicitadas diferencias de criterio con un crítico barcelonés, y con su no prevista irrupción en una Adriana Lecouvreur que había abandonado Jaime Aragall después de la primera representación. Convocado con urgencia, Lavirgen llegaba desde Madrid el mismo día de la segunda y con la obra, que solo había cantado en una ocasión –con Magda Olivero en Hartford, nueve años antes–, prácticamente olvidada. Capeó el temporal como pudo y salvó la situación, aun al precio de evitar toda referencia al “ruso Mencikoff” y a alguna indecisión en la letra.

La de 1978-79 fue la temporada que acogió su tercera Forza del destino, esta vez alternando con Josep Carreras y en compañía de la inextinguible Montserrat Caballé. Haría solo la primera de las tres funciones programadas cediendo las otras dos a su ilustre colega barcelonés. En el curso siguiente, y como en el caso de Lucia, aunque esta vez en sentido contrario, exploraba con Otello los límites de su repertorio. La prueba fue afrontada –y resuelta– con inusitada gallardía. Entre los meses de diciembre y enero siguientes volvía con Turandot y esta vez optó por el sobreagudo del oppure en “Ti voglio tutt’ardente d’amor” al que en 1973 había renunciado. Con la primera Principessa di Gelo de la Caballé coincidía con el primer Pong liceísta del sensacional Piero de Palma, muy activo en el Gran teatre de esos añorados años.

Las prestaciones de Lavirgen en el Liceu desde entonces fueron espaciándose progresivamente. En el curso 1980-81 participaría únicamente en dos funciones de Pagliacci alternando con Giuseppe Venditelli, para concluir su etapa en el Liceu con Il tabarro al lado de Giuseppe Taddei en el curso 1981-82. Ya mucho más tarde, en noviembre de 1988, haría dos funciones del Don Carlo inaugural a las órdenes de Thomas Fulton. No se presentó la ocasión como una despedida, pero lo fue. Quedaban atrás muchas noches de triunfo y por delante otras tantas de añoranza de este gran tenor español. Pero en todas las historias de amor ocurre lo mismo.  ÓA

 

Por una discografía de Lavirgen

CD dedicado a Pedro Lavirgen en la colección "Los mitos de la ópera" del sello Bongiovanni

En una época en que predominaban las exclusivas en los grandes sellos discográficos en lo relativo a los tenores titulares, el papel de las figuras menos carismáticas aunque no necesariamente inferiores en méritos acababa siendo poco menos que testimonial. Esto cortaría las alas a la carrera discográfica de Pedro Lavirgen, que en puridad solo pudo aparecer en los registros operísticos de El retablo de Maese Pedro (EMI), que uniría su presencia a las de Teresa Tourné y Renato Cesari bajo las órdenes de Pedro de Freitas Branco, y Maruxa (Columbia – BMG Ariola), con Caballé y Sardinero, dirigidos por Enrique García Asensio. El circuito no oficial, en cambio, ampliaría las perspectivas con el reflejo de su Amore dei tre re liceísta (Arkadia), su Aida de París con Jessye Norman y Fiorenza Cossotto (Opera D’Oro) e I vespri siciliani del Teatro Colón, con Martina Arroyo, Sherrill Milnes y Bonaldo Giaiotti (GDS).

En el campo del recital, por el contrario, abundan testimonios del arte del tenor, con muestras como el recital publicado por Bongiovanni, el jocosamente titulado Viva Lavirgen de Westminster, el confeccionado por EMEC con arias de ópera y algún otro hit por añadidura, y sobre todo la interesante recopilación en dos cedés editada por Fonoruz con el auspicio de las instituciones andaluzas de fragmentos de actuaciones en vivo, con un sonido excelente y cotas tan interesantes como las de sus debuts en el Metropolitan de Nueva York o en La Scala de Milán.

Más significativa es su aportación a la discografía de zarzuela, con su recital de romanzas para Hispavox o sus grabaciones de obras completas con las emblemáticas versiones de Doña Francisquita y Luisa Fernanda acompañado por Teresa Tourné y con direcciones respectivas de Pablo Sorozábal y Federico Moreno Torroba. Mientras el gran compositor y director donostiarra le asistiría también en La eterna canción, Bohemios y La Dolorosa, Benito Lauret lo haría con La linda tapada y Rafael Frühbeck de Burgos con Me llaman la primorosa que protagonizaba Ángeles Gulín. En cualquier caso, en sus grabaciones discográficas por encima de la cantidad de las muestras estará siempre la calidad de lo ofrecido.  * M. C.