Reportajes

Histeria de la ópera I: Los genios también son humanos

01 / 11 / 2020 - Verónica MAYNÉS - Tiempo de lectura: 5 min

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Si es un melómano de esos que tienen un santuario con imágenes de su compositor favorito para rendirles culto tres veces al día, está de suerte. En esta nueva sección comprobará con alivio que sus ídolos también son humanos porque, reconózcalo, esos genios agudizan su sensación de ser un vulgar mortal. El cotilleo a todos los niveles triunfa porque las miserias, secretos, vergüenzas y manías ajenas, hacen que uno se sienta mejor. Bienvenidos a la Histeria de la Ópera.

Para iniciar este fascinante e histérico viaje, nada mejor que hablar de eso mismo, de los viajes. En tiempos del padre de la ópera, Claudio Monteverdi (Cremona, 1567-Venecia, 1643), el transporte era lento y dificultoso, por no decir peligroso. En 1613, tras ser despedido de su cargo en la corte de Mantua por Francesco IV Gonzaga, Monteverdi viaja a Venecia para realizar las duras pruebas como maestro di cappella de la basílica de San Marco, que superará con éxito. El músico se traslada de Mantua a Venecia con sus hijos, la sirvienta y los pocos bienes que el mísero sueldo de los Gonzaga le permitía. Pero en la localidad de Sanguinetto su coche de caballos fue asaltado por unos ladrones y Monteverdi perdió todas sus pertenencias, excepto su único abrigo. El compositor suplicó que no le quitaran el gabán, que acababa de comprar con los cincuenta ducados que los procuradores de la Serenissima le habían dado para los gastos del viaje. Hasta tal punto llegaba la tacañería de los Gonzaga. Lo bien que debió sentirse el divino Claudio al saber que en Venecia tendría un jugoso sueldo, que disfrutaría de un apartamento gratuito y del estipendio en vino también libre de pago.

© Wikipedia

Antonio Vivaldi se excusaba en su salud para para no oficiar de sacerdote

En la misma ciudad, el compositor operístico y de música instrumental Antonio Vivaldi (Venecia, 1678-Viena, 1741), tras ser ordenado sacerdote, juró que no podía hacer misa debido a su asma. La famosa strettezza di petto por él argumentada no le impidió, en todo caso, moverse libremente por Europa, con la excepción de Ferrara, donde en 1737 se le vetó la entrada por sus escándalos. Il prete rosso –que de prete tenía solo la sotana–, vivía con la cantante Anna Girò, intérprete de muchas de sus óperas, y su encantadora hermana Paulina, un trío que debía ser muy rítmico en todos los sentidos… Vivaldi eludía sus obligaciones religiosas excusándose en su naturaleza enfermiza, para no recorrer a pie las calles venecianas así lo mataran. Usaba la góndola hasta para ir a la esquina, mérito a tener en cuenta en una ciudad donde no existe la línea recta. El problema llegó el año en que la laguna se heló completamente y los desplazamientos eran a pie o surcando los canales con patines de cuchilla. De ahí vendrá su cruda descripción del invierno en Las cuatro estaciones

Siguiendo con los operistas italianos, Antonio Tozzi (Bolonia, ca. 1736-1812), que trabajó tanto en Madrid como en Barcelona, se lleva la palma por lo rocambolesco de sus ajetreados viajecitos. Lo de la passione italiana no es un tópico,  y si no que se lo pregunten a la condesa Von Törring-Seefeld, quien disfrutó de los múltiples talentos de Tozzi cuando el compositor se instaló como Hofkapellmeister en Múnich. Ambos formaron un tórrido duetto con fuoco, que provocó el fin del matrimonio de la condesa. Ante el presto con passione que Tozzi le tocaba en cuanto podía, una noche ella le dijo a su noble marido que iba a la botica a por rapé, y el conde todavía la espera… Tozzi le dedicó un Concerto per corno, pero no debió gustarle demasiado al conde porque emitió una orden de búsqueda y captura contra el maestro. Gran conocedor del arte de la fuga, Tozzi se escondió en un convento que más tarde abandonó para huir a Italia. Después se le vio en Barcelona, donde estrenó óperas y dirigió el Teatre de la Santa Creu hasta que las tropas napoleónicas llegaron a la ciudad condal y Tozzi huyó a Madrid, acabando sus días en Bolonia.

Wagner, revolucionario

Dignos de recordar fueron los viajes y huidas de Richard Wagner (Leipzig, 1813 – Venecia, 1883), aunque su tendencia a la exageración y el autobombo son legendarias. Las deudas le obligaron a no pocas escapadas, pues gastaba más de lo que ganaba, y vivía cual dueño del anillo del nibelungo. Una de sus turbulentas travesías inspiró supuestamente el nacimiento de El holandés errante. En 1839, Wagner vivió un accidentado viaje por mar desde Riga hasta Londres que le hizo temer por su vida, y de ahí surgieron los primeros compases de la leyenda del buque fantasma. Después se descubrieron unos escritos en los que reconocía que la historia fue tomada de una obra de Heinrich Heine. Más peliculera fue su participación en las barricadas de Dresde en 1849, donde repartió cuartillas revolucionarias que soliviantaron a la población, y distribuyó bombas entre los simpatizantes de la insurrección. Tras la derrota de la revolución, Wagner huyó de la ciudad, escondiéndose en casa del que sería su futuro suegro, Franz Liszt. En ese momento comenzaría su prolongado exilio, que se extendería hasta 1860.

El compositor Enric Granados, cuyo último viaje acabó en tragedia

Más dramático y triste fue el último viaje de Enric Granados (Lleida, 1867-Canal de la Mancha, 1916). En 1915, pese a su miedo a hacer una travesía tan larga por no saber nadar, Granados acepta viajar a Nueva York con su mujer, Amparo, para asistir al estreno de su ópera Goyescas en la Metropolitan Opera. El éxito es enorme, y el presidente Thomas Woodrow Wilson propone al músico un concierto privado en la Casa Blanca. Granados cambió los billetes de barco para alargar su estancia, lo que suponía embarcar en una nave holandesa y realizar después un transbordo al Sussex, un barco con bandera francesa. El embajador español le avisó del peligro de viajar en un navío galo; Granados quiso cambiar los billetes pero no había plazas, y el miedo por la situación aceleró su prisa por volver a España. El 24 de marzo de 1916, cuando hacía poco más de una hora y media que Granados y su esposa habían embarcado en el Sussex, un submarino alemán torpedeó el barco dañándolo gravemente. Los botes salvavidas se agotaron y los Granados, a pesar de que el capitán aconsejaba no abandonar el barco –que al final nunca se hundió–, según la leyenda se lanzaron al mar invadidos por el pánico. Amparo sabía nadar, pero Enric no era capaz de sostenerse a flote; aun así, el músico se acercó como pudo a su mujer para morir abrazados hundiéndose para siempre en las frías aguas del canal de La Mancha.– ÓA